La última luciérnaga Donostia-San Sebastián
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Donostia-San Sebastián

Domingo, 18 de noviembre de 1979

El siguiente domingo, aprovechando que Juantxo tenía el turno de mañana en el hospital, madrugué para comprar El Caso. Bajé a la calle ataviada con mi uniforme favorito: abrigo y paraguas.

Por primera vez en dos semanas, llovía de verdad.

Ni rastro de aquellas gotas volátiles, casi invisibles, que calaban poco a poco.

Estas eran gordas y redondas y empapaban al instante, salpicando al estrellarse contra los capós de los coches y los transeúntes, resbalando sobre las ventanas y encharcando las aceras.

Llevaba dos semanas en la ciudad y, durante ese tiempo, Juantxo y yo apenas habíamos hablado del futuro.

Vivíamos el día a día con calma, sin presiones.

A él no le importaba el qué dirán y yo lo agradecía.

Respetaba mi sueño de ser actriz y no me forzaba a nada.

Creo que el temor a que me marchara lo empujaba a callar y a disfrutar cada instante a mi lado como si fuera el último.

Sus padres conocían el romance que habíamos vivido en Alicante y no tardó en presentármelos.

Eran algo fríos, pero modernos. De momento aceptaban la situación, o al menos eso fue lo que percibí.

En lo que sí mostraron interés fue en saber si pensaba buscar trabajo.

Salí airosa diciéndoles que había ahorrado en Alicante y que podía permitirme un tiempo de descanso.

Aun así, los tranquilicé asegurándoles que ayudaría a su hijo con los gastos y que, llegado el momento, solicitaría un puesto en la recién inaugurada discoteca Bataplán, ubicada en el edificio del balneario de La Perla, frente a la playa de la Concha.

Con mi experiencia en la Costa Blanca, no me sería difícil conseguirlo.

No era ni mucho menos lo que tenía en mente.

Debía pasar desa­per­ci­bi­da hasta que se calmaran las aguas. Ser invisible.

La hermana de Juantxo, por otro lado, no cuestionó nada. Se mostró conmigo cálida como el sol. Conectamos enseguida, como si nos conociéramos de toda la vida.

Llegué unos minutos antes de que abrieran el kiosco y esperé frente a la persiana bajada. Los nervios me devoraban por dentro. ¿Habría salido a la luz todo el tema de la clínica?

Le arrebaté el semanario al kiosquero y me despedí con un breve «eskerrik asko».

Ojeé la portada. Angie y Quin no aparecían en ella.

Rebusqué entre las páginas mientras sostenía el paraguas entre el hombro y el cuello, pero la inquietud no me permitía ver nada.

Tragué saliva. Tenía el estómago revuelto.

Decidí subir a casa y mirarlo con más detenimiento.

Me senté en el sofá, recogí las piernas y me concentré en el contenido. Leí cada suceso, pero no hallé ni rastro de los hermanos. Empecé de nuevo por si se me había escapado algún detalle. Nada.

Tiré El Caso de mala gana al suelo. ¿Y si no volvía a saber nada?

Me conformaba con cualquier tipo de información, por mínima que fuera.

Me sobrevino una arcada que me obligó a correr hasta el retrete.

Vomité arrodillada. La noticia de la semana pasada no me hizo devolver, pero la falta de novedades sí.

Me quedé un rato en el cuarto de baño, hasta que cesó el malestar. Después, cogí el semanario del suelo y me recosté en la cama.

Barajé la posibilidad de llamar a la policía alicantina, pero el anonimato era mi búnker.

Allí estaba a salvo. Yo me había arriesgado al escapar y, al denunciar, había rescatado a las otras luciérnagas.

Eran ellas las que tenían que contar toda la verdad y no yo.

Debía confiar en mis excompañeras de prisión.

No podía aparecer ahora.

Angie y Quin estaban en la cárcel por mi culpa. Les había robado un millón cuatrocientas mil pesetas. ¿Qué harían conmigo si me tuvieran al alcance de la mano?

No estaba preparada para enfrentarme a ellos, me aterrorizaba.

Tampoco a mis padres. De enterarse de todo, ¿sentirían la misma vergüenza que yo?

Juantxo ignoraba el tormento que estaba viviendo, pero era el único que conocía a la Carmen de antes y a la de después. A la castaña y a la rubia. Del peinado de Ornella Muti al de Brigitte Bardot. Sabía más de mí que nadie de mi entorno y eso me hacía sentir un poco menos farsante.

Mi chico me equilibraba. Al igual que la ciudad de San Sebastián.

Aguantaría ahí. De momento no corría peligro. Estaba a cientos de kilómetros de los hermanos depravados y tenía el nombre y los apellidos más comunes de España.

María del Carmen Rodríguez García.

¿Cuántas como yo habría en todo el país?

Me levanté de la cama y corrí de nuevo a vomitar en el retrete.

*

09:00

La sorpresa fue mayúscula cuando el equipo recibió la noticia de que el local pertenecía a Cecilia Martínez de Gomar.

¿La mujer de la UCI era la víctima y el verdugo?

¿O los dos eran víctimas? ¿Tenía algo que ver con el caso de Marco Aizpurua, el chico que había acabado ahogado, o su intento de robo simplemente había sido una casualidad?

¿Y quién había atravesado el bombín de la cerradura con un taladro antes de huir?

—La hora aproximada de la muerte que el forense nos ha adelantado coincide más o menos con el apuñalamiento de Cecilia —explicó el oficial.

Los cuatro miembros del equipo estaban en la sala de reuniones esperando como agua de mayo dos órdenes judiciales que habían tramitado.

—Falleció entre la tarde y la noche del viernes —murmuró Aia—. La fecha del encendido de este año no se nos va a olvidar en mucho tiempo.

Julio se crujió los nudillos y preguntó:

—¿El testigo no vio nada más?

—El hombre estaba bebiendo un vaso de agua en la cocina cuando oyó el ruido del taladro.

Descorrió la cortina de la ventana y vio al tipo.

Lo ha descrito como corpulento y vestido de oscuro.

Abrigo deportivo con capucha y poco más.

Tras darle cuatro voces, salió corriendo de manera muy torpe y atropellada, según explicó.

—En busca de las cámaras perdidas —protestó Maitane Agosto—. Otra vez.

Se levantó para estirar las piernas. Era alta, tenía buen tono muscular y un esqueleto fuerte.

Julio la contempló. Ella sabía que envidiaba su genética.

Solía decirle que era mesomorfa y que debía explotarlo, que tenía facilidad para ganar músculo y que era un desperdicio no trabajarlo.

Su compañero estaba obsesionado con los gimnasios, las pesas, la alimentación…

Maitane pasaba de rutinas marciales y le aburrían sobremanera los ejercicios de repetición.

Se mantenía ágil corriendo tres veces por semana y acudiendo a clases de pilates.

—Id yendo a Santander —ordenó la subcomisaria, irrumpiendo en la sala y dirigiéndose a Aia y a Martín—. He hablado con la Policía Nacional para coordinar el registro de la vivienda de Cecilia. La luz verde tardará en llegar. Espero que el juez colabore y no os haga estar allí hasta la noche.

Los Verano se miraron. Seguir el rastro del individuo del taladro, a fin de cuentas, tampoco estaba tan mal.

—¿Qué pasa con el permiso para tomar la necrorreseña, la huella dactilar de la víctima del local? —quiso saber el oficial.

—Aún estamos a la espera.