La última luciérnaga Donostia-San Sebastián
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Donostia-San Sebastián

Domingo, 11 de noviembre de 1979

Durante los primeros días juntos en San Sebastián, Juantxo y yo nos buscábamos a todas horas, pero con una sed distinta.

La de él movida por el deseo y la mía por la obsesión de volver a sentir, de lapidar los malos recuerdos.

Me entregaba desnuda a él dispuesta a empezar de cero.

Me obligaba a confiar, pero mis terminaciones nerviosas seguían bloqueadas, casi muertas, y por eso todas y cada una de las veces acababa fingiendo el orgasmo.

Lo quería por cómo me amaba. Por lo mucho que me cuidaba.

Llegué a pensar que, con aquello, sumado a los momentos placenteros vividos en Alicante, tendría combustible suficiente para ser feliz. Que con sentirme segura me bastaría.

—¿En qué piensas? —me preguntó.

Estábamos en la cama, tapados hasta la barbilla y con las piernas entrelazadas. Era temprano por la mañana y hacía frío. Por las rendijas de la persiana se colaba esa luz cenicienta a la que San Sebastián me tenía acostumbrada.

—Nada importante —susurré.

—Todo lo que ronde esa preciosa cabecita rubia es importante para mí. —A Juantxo mi cambio de imagen le había gustado mucho y no dejaba de enredar los dedos entre mi pelo.

Clavó el codo en la almohada para apoyar la mejilla en la mano y mirarme.

Su serenidad era de esas capaces de apaciguar una nación en guerra. El azul de sus ojos tenía un brillo hermoso bajo aquella luz grisácea. Qué bien le sentaba el cielo de su tierra.

Le recorrí la cara con la punta de los dedos. Quería cada centímetro de su paz para mí.

—¿No vas a contestarme? —preguntó con una sonrisa en los labios.

Y yo lo callé con un beso. Un beso profundo e intenso que nos ardió a los dos.

Claro que me conformaba con fingir, pero no pensaba rendirme. Mi intención era seguir escarbando en la aridez hasta de­sen­te­rrar­me.

Media hora después, colmada de amor, aunque de nuevo sin señales de actividad en mis terminaciones nerviosas, me senté a la mesa para desayunar.

Observé a Juantxo mientras tostaba el pan. El reciente orgasmo lo hacía flotar por la cocina. Lo envidié.

—Hoy, que no tengo que trabajar, nos tomamos el día con calma. —Dejó el plato con las rebanadas sobre la mesa y me besó el cuello—. Comemos tranquilamente, damos un paseo, vamos al cine… ¿Qué te parece?

—Que eres perfecto.

Esas tres palabras se escaparon de mi boca como balas traicioneras. El impacto le causó tal felicidad que esta vez agradecí que mi bendita espontaneidad obrara sin mi consentimiento.

El embeleso nos llevó al tonteo y este, de vuelta a la cama. Salimos de entre las sábanas cerca del mediodía. A mí no se me olvidaba que era domingo y que la crónica de sucesos me esperaba. Tenía que espabilarme antes de que cerraran los kioscos.

Una semana entera sin tener noticias de Angie y de Quin era mucho como para demorarlo un día más. Lo último que había sabido de ellos era que, tras la persecución policial, los habían detenido.

Me duché a toda prisa y aproveché mientras Juantxo hacía lo mismo para ponerme un abrigo, coger un paraguas y bajar a la calle.

Me crucé con familias y cuadrillas sonrientes que brotaban por todas las esquinas.

El barrio estaba más animado de lo habitual a causa de la Behobia - San Sebastián, una popular carrera que se celebraba todos los años desde 1919.

El tintineo de los pintxos emplatados y de las copas salía por la puerta de los bares, y las conversaciones de la gente sonaban más cantarinas.

Avancé hasta el negocio y le di al kiosquero cuatro duros a cambio de El Caso.

Miré la portada. La pareja de hermanos volvía a protagonizarla. Me alejé hasta una calle menos concurrida y devoré el titular de un vistazo.

Provincia de Alicante

Angie y Quin ya han entrado en prisión

Las tres chicas secuestradas en el chalet de El Bacarot por los hermanos eran esclavas procreativas.

Él se encargaba de violarlas para dejarlas embarazadas y así vender los bebés al mejor postor.

(Pág. 15)

Rebusqué entre las hojas hasta alcanzar la página 15.

La noticia, firmada por una tal Olivia del Páramo, relataba que los dos hermanos tenían montado un oscuro tinglado que ellos mismos llamaban Proyecto Luciérnagas.

Violaciones, embarazos y mucho dinero de por medio.

Seguía sin hablarse del Hospital General de Dios, de la fecundación in vitro, de Sandemetrio ni de Lefèvre.

¿Sabrían los periodistas de la existencia de todo esto?

Pensé en las chicas. La policía les habría tomado declaración y ellas lo habrían contado todo. Tal vez los investigadores guardaban la información hasta que saliera el juicio. El famoso secreto de sumario que había leído en alguna otra noticia.

Doblé el periódico y lo metí en el bolsillo interior del abrigo.

Me apoyé en el paraguas y respiré hondamente para tranquilizarme.

La humedad del ambiente me puso la piel de gallina.

No me acostumbraba a ella. Qué poco toleraba el frío del norte.

Me cerré el último botón y tragué saliva.

Al menos la lectura no me había revuelto el estómago.

Había esquivado los rostros de Angie y de Quin para evitar pasar un mal rato, aunque, por desgracia, poco podía hacer al respecto, porque los tenía grabados en los recuerdos.

También sus olores. Detalle que a veces añoraba, por mucho que lo detestase.

Al igual que me la jugaba mi espontaneidad, también mi subconsciente.

Los hermanos se habían encargado de demolerme por completo, para luego moldear una versión de mí misma que a ratos no reconocía.

*

04:00

He conseguido entrar en el local. Tenías razón

Mi tío estaba ahí dentro, muerto. Lo siento mucho

No sé qué ha podido pasar. Un vecino me ha sorprendido y he tenido que salir pitando de allí porque ha llamado a la policía

Volveré al apartamento en cuanto la ciudad despierte para perderme entre el ir y venir de la gente

No me contestes. Voy a apagar el teléfono

Nos vemos luego

Deambular toda la madrugada por Donostia e intentar pasar desapercibida le había permitido a Brianna, además de desahogarse a gusto, darle mil vueltas a la cabeza.

La aparición del cadáver de su tío la había terminado de desconcertar.

Le había escrito a María aquel breve mensaje y no tenía ni idea de cómo se habría tomado la noticia.

Supuso que mal, aunque ya no sabía qué pensar. Le daba pánico reencontrarse con ella.

Brianna llevaba desde el viernes teorizando sobre el acuchillamiento. Lo más probable era que lo hubiera cometido su tío tras perder los papeles, pero el hallazgo del cuerpo en el local lo cambiaba todo.

¿La había apuñalado él? Y, si había sido así, ¿quién había acabado con él justo después? ¿O había sido la misma persona la que había atacado a ambos?

Fuera quien fuese, a su tío lo habían atado de pies y manos y torturado allí, quizá hasta acabar con él.

Brianna no había visto demasiado desde el umbral de la puerta, pero sí lo suficiente para estar segura de que estaba muerto.

La postura violenta, el olor, la tez, los ojos…

La mirada aterrada y, a la vez, aterradora.

Una imagen de pesadilla que tardaría en olvidar.

Cuando el cielo comenzó a clarear y las calles de la ciudad empezaron a cobrar vida, puso rumbo al apartamento de la calle Prim.

María estaba sentada en el sofá y se levantó al oírla entrar. Tenía los ojos azules hinchados de haber llorado. Nunca la había visto así. Triste, consternada. ¿La había juzgado mal y en el fondo sí tenía sentimientos? Llevaba tiempo dudándolo.

—No puede ser —dijo a modo de saludo—. Estás mintiendo. Eres una embustera. —No elevó el tono al escupir todo aquello; no le convenía alertar a los vecinos, pero se le acercó con la energía de un huracán, dispuesta a llevarse todo por delante.

—Lo siento. —Brianna tiritaba de frío y de miedo—. No me esperaba algo así.

María la zarandeó de los hombros con las manos, flacas y cuidadas, que solo servían para eso.

—¿Cómo te atreves a…? ¿Está muerto? Es imposible. ¿Lo has comprobado bien, estúpida?

—Te lo juro. Estaba sentado, maniatado. Tenía el rostro abotargado…

La otra le hincó los dedos en los brazos y la sacudió más fuerte.

—Y olía… mal —prosiguió Brianna—. A descomposición.

María la empujó con tanto ímpetu que se cayó al suelo de culo.

—¿Por qué has tenido que decir eso? ¿Por qué? ¿Para hacerme daño? —preguntó a la par que se rascaba con nerviosismo el cabello rubio.

A Brianna el sobrepeso y el tembleque le dificultaron levantarse. Cuando lo consiguió, cogió una manta del sofá, se la puso sobre los hombros y se sentó.

—Porque dudabas —dijo cabizbaja—. Yo ya no sé qué más hacer. Llevo horas a la intemperie. Noqueada por lo que he visto y… asustada.

María comenzó a dar vueltas por la estancia.

—Ha tenido que ser ella. ¿Quién si no? —caviló en voz alta.

—Si fue ella, ¿quién la apuñaló, entonces? Nada tiene sentido.

Detuvo de golpe la caminata nerviosa y le lanzó una mirada exterminadora. El azul resaltaba entre aquel marco enrojecido como si en sus ojos estuvieran ardiendo toneladas de cobre.