La última luciérnaga Donostia-San Sebastián
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Donostia-San Sebastián

Domingo, 4 de noviembre de 1979

Como tenía el frigorífico medio vacío, Juantxo preparó un menú modesto para cenar: patatas fritas, sopa de fideos y pan tostado en la sartén. Una mezcla extraña que a mí me supo a gloria. Con él todo iba a ir bien.

Me habló de su trabajo como celador. Le gustaba atender a los enfermos. Mantener conversaciones con ellos mientras los trasladaba de aquí para allá por el hospital. Su bondad me hacía sentir aún más miserable.

Yo le conté alguna anécdota que viví en la discoteca y omití lo demás. Para él, mi tiempo en Alicante había sido una bonita experiencia. Sol, música, risas… Del trabajo a casa, de casa a la playa y vuelta a empezar.

Mientras narraba historias sobre guiris borrachos, él me miraba embelesado.

Su enamoramiento seguía intacto. Su forma de ser también.

Nos acostamos pronto y nos colmamos de besos y caricias.

No intentamos un segundo asalto. Yo estaba cansada y él tenía que madrugar para cubrir el turno de mañana.

Se durmió abrazado a mí. Yo aguardé hasta que noté que su sueño era profundo.

Solo entonces me deshice de sus brazos y hui a mi esquina de la cama.

Me abrumaba el calor humano. La carne palpitante.

Me desperté temprano, pero Juantxo ya no estaba a mi lado. Encontré una nota sobre la almohada.

«Ya estoy contando las horas para volver a casa. Descansa, txiki».

Más adelante me explicó que txiki era «pequeña» en euskera. Algo así como Carmencita en mi diccionario particular.

Sobre la encimera me había dejado unas llaves —por si quería salir del piso—, mermelada, zumo y una sartén con dos rebanadas de pan que tosté en el fuego.

Me fui con el desayuno al salón. A través de la ventana vi que el día había amanecido del mismo gris que la víspera.

Encendí la televisión para que me hiciera compañía y me senté en el sofá de terciopelo granate.

No era muy cómodo, pero me encantaba porque el color me recordaba a las butacas de los cines.

Al terminar, hice la cama, recogí la cocina y barrí toda la casa.

Comprobé que los catorce fajos de billetes siguieran en la bolsa de viaje.

Me dio un vuelco al verlos, como si su sola presencia me señalara, me acusara.

Juantxo no podía descubrirlos. Conté el dinero.

Cada taco contenía cien mil pesetas. No podía creerlo, me había llevado casi millón y medio.

Dejé solo un fajo en su sitio. El resto lo envolví en papel film y lo guardé tras el zócalo del mueble del fregadero.

Remoloneé durante horas por el piso hasta que decidí salir.

No podía vencerme el miedo. Había alcanzado la libertad y tenía que agarrarme a ella.

Cogí el abrigo, el paraguas, una bolsa y algo de dinero, y me arrojé a las calles de San Sebastián de aquel lunes.

El ruido que encontré nada tenía que ver con el de Alicante.

Oía el motor de los coches, los pasos sobre la acera mojada, las conversaciones —en euskera y en castellano—, los ladridos de los perros…

y, sin embargo, todo me resultaba contenido, casi relajado.

La gente vestía tonos sobrios y apagados, otoñales.

El frío húmedo de aquel noviembre se me coló hasta la médula y me hizo tiritar más que ningún invierno de mi tierra.

Lo primero que hice fue entrar en la primera peluquería que encontré y pedir que me cortaran y tiñeran el pelo a lo Brigitte Bardot.

Un cambio de imagen que, además de apetecerme, creí necesario.

Me vi tan diferente frente al espejo que no supe si me gustaba.

Lo que sí me convenció fue que a partir de ahora sería una chica rubia. Punto.

Recorrí el barrio de Gros para familiarizarme con él. Compré fruta y verdura fresca y abrí y cerré el paraguas más de una decena de veces. No me quedaba claro si caían gotas o no. Yo no las sentía, pero la cara se me humedecía. ¿Qué tipo de lluvia invisible era aquella?

Me acerqué a la costa. Allí olía fuerte, a sal, y el monte Ulía, cubierto de un follaje oscuro y denso, se alzaba a mi derecha.

La playa del barrio era pequeña; estaba abierta al mar Cantábrico y rodeada por un dique de rocas.

Según me había contado Juantxo, no se recomendaba el baño.

El severo oleaje lo hacía peligroso y también la contaminación por vertidos de aguas residuales.

Me había dicho ilusionado que en verano nos bañaríamos en las otras dos playas de la ciudad, que casi siempre lucían bandera verde, y que subiríamos en funicular al parque de atracciones de Igueldo.

Desanduve mis pasos y, cuando estaba a punto de regresar a casa, me llamó la atención la portada de un semanario de sucesos.

En ella salían Angie y Quin. Le di al kiosquero veinte pesetas a cambio de un ejemplar de El Caso que metí en una de las bolsas.

Ni siquiera leí el titular. En la calle no podía reaccionar, y menos derrumbarme.

Las cerraduras del portal y de la entrada de casa se me resistieron a causa de lo que me temblaban las manos. Dejé la compra sobre la mesa de la cocina y me refugié en mi cine privado con el periódico. Me senté en una esquina del sofá y lo desdoblé. Era de la víspera.

PROVINCIA DE ALICANTE

Espectacular captura de dos secuestradores

Violaban y mantenían retenidas a tres chicas en un chalet del pueblo de El Bacarot.

Ayer por la tarde la pareja intentó huir en un vehículo, pero dos coches patrulla les dieron caza.

(pág. 10)

El titular iba acompañado por la imagen del Chrysler semivolcado en una cuneta y por las fotografías de ellos. Debajo figuraban sus nombres reales.

María de los Ángeles y José Joaquín,

más conocidos como Angie y Quin.

Saber cómo se llamaban en realidad y volver a verles la cara me revolvió tanto el estómago que tuve que correr al cuarto de baño para no vomitar en el suelo. Eché todo el desayuno por el retrete y me quedé arrodillada frente a él mientras asimilaba la información.

En el chalet había tres luciérnagas y no dos, como yo siempre creí. ¿Fuimos las únicas? ¿Hubo otras?

Me enjuagué la boca y regresé para seguir leyendo. Encontré la noticia desarrollada en la página 10.

MARÍA DE LOS ÁNGELES Y JOSÉ JOAQUÍN, LA PAREJA DE HERMANOS…

La nueva revelación me llevó de vuelta al retrete. Al tener el estómago vacío, tras varias arcadas agónicas, eché un líquido espumoso y amarillento.

Quin y Angie eran familia carnal. Los había visto besarse. Los había oído follar. Antes de la primera violación, lo oí a él decirle a ella que no había estado con ninguna otra mujer. Ella era la única. Su hermana. ¿Desde cuándo llevaban manteniendo una relación incestuosa?

Me tambaleé de camino al sofá. Me ardía la garganta a causa de la bilis. En el semanario de sucesos no había mucha más información al respecto. Nada de Sandemetrio y Lefèvre, del Hospital General de Dios, de la fecundación in vitro. De mi llamada anónima.

Nada.

*

03:50

¿Ella también tendría ese aspecto lamentable? Aia lo pensó al entrar en el coche de su hermano. El pobre daba pena. Se ató el cinturón y lo observó con curiosidad descarada, como cuando eran niños.

Él esquivó su mirada y se incorporó a la carretera.

—Vaya fin de semana —bufó, hastiado—. Con lo tranquilo que estaba yo en la comisaría de Zarautz.

—¿Se sabe algo más?

—El cadáver pertenece a un varón y ha aparecido atado de pies y manos. Y poco más, porque no lleva la documentación encima.

—Joder.

Sus compañeros habían cortado la calle y Martín tuvo que identificarse para acceder. Aparcaron en doble fila entre varios coches patrulla. Al bajarse del vehículo sus músculos le recordaron lo mucho que Nuria lo «quería». Apretó los dientes.

Dentro del local, Javier Fernández, el forense, examinaba el cadáver. Le había cubierto las manos con bolsas de papel para proteger posibles pruebas y solo se las retiraría en la sala de autopsia.

Los hermanos se quedaron a una distancia prudencial para no contaminar el lugar de los hechos.

La víctima estaba sentada en una silla. Tenía las muñecas y los tobillos apretados con varias vueltas de cuerda.

A la altura de las axilas, el cordel le rodeaba el torso y se hincaba entre las costillas del hombre, fijado a una fría columna del local.

Una postura grotesca y antinatural en la que cada vuelta parecía estrangularlo y deformarlo.

El olor los golpeó. Un hedor ácido, agrio, que se les metió en la nariz y la garganta.

El rostro de la víctima estaba hinchado y amoratado.

La piel como cartón mojado. La boca semiabierta.

Los ojos opacos. Era un señor mayor. ¿Setenta? ¿Ochenta años, quizá?

A Aia se le aceleró el pulso. Se le encogió el estómago.

Todo en ella gritaba que se alejara, que no mirase.

Prefería mil veces su puesto como irrati a esta visión.

Dos muertos en menos de veinte horas. Menuda «suerte» encontrarse en mitad de la cuchillada del viernes.

La agresión había desatado un efecto dominó impredecible y atroz.

¿Aún estaba a tiempo de bajarse del barco?

—¿Qué tenemos, Javi? —preguntó Martín.

—¿A partir de qué hora se puede decir buenos días? —contestó el forense.

—Buena madrugada, Javi —repuso el oficial—. ¿Qué tenemos?

—Pues un abuelo que lleva unas cuarenta y ocho horas muerto. Si os fijáis, la rigidez está prácticamente resuelta por completo.

—Dime más.

El médico volvió la cabeza. Tenía un rostro armonioso y angelical que enmascaraba su mala leche.

—Presenta livideces en los tobillos y en las manos.

Cuando lo desnude en la mesa de examen veré dónde más aparecen, pero, si no me equivoco, murió aquí sentado.

—Elevó la mano enguantada para detener la batería de preguntas que estaban a punto de caerle—.

A primera vista no hay signos de violencia.

Tiene lesiones en las muñecas de tipo abrasión, supongo que de haber intentado liberarse de las ataduras, y el estado del torso revela que el hombre ha luchado hasta el límite para soltarse.

—¿De qué crees que ha…?

—Aún no sé la causa de la muerte. Dame tiempo.

Conocía a Javi de sobra para saber que a esas alturas ya tendría sus teorías, no le cabía duda. Vaya coco tenía el tío, pero también era meticuloso y prudente. Hasta no estar seguro al cien por cien, se las reservaría.

Los hermanos echaron una ojeada al local.

Era viejo y solo tenía un sofá, una mesita y una silla.

No había nada más, ni mostrador, ni barra ni cocina.

Si en algún momento fue una tienda, llevaba décadas cerrada.

Las paredes blancas amarilleaban por culpa del paso de los años, pero el yeso se mantenía firme y sin humedades.

Entraron al cuarto de baño y les llamó la atención que estuviera limpio y surtido de productos de higiene personal.

¿Viviría alguien ahí? ¿Tal vez la víctima?

El teléfono del oficial sonó con estridencia. ¿O solo se lo pareció a él? Se lo llevó a la oreja y la conversación fue breve.

—Uno de los ertzainas que halló el cadáver está fuera —informó a Aia.

Esta siguió a su hermano hasta la calle y llenó los pulmones con una honda bocanada de aire. La temperatura le refrigeró las vías respiratorias, pero no eliminó el mal olor apuntalado en su cavidad nasal.

—Un vecino llamó a emergencias para avisar de que estaban intentando forzar la puerta —explicó el agente uniformado—.

Cuando llegamos no había nadie, pero el local estaba abierto.

Desde la calle distinguimos el cuerpo. Entré yo solo para contaminar lo menos posible y salí en cuanto comprobé que el hombre estaba muerto.

—Señaló una de las ventanas del primer piso del bloque de enfrente.

Una cabeza asomaba—. El testigo está ansioso por hablar con vosotros.