La última luciérnaga En la carretera
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En la carretera

Sábado, 3 de noviembre de 1979

Léopold, el chico belga, condujo hasta que anocheció.

Estacionó en una explanada y allí preparamos la parte trasera de la furgoneta para descansar.

Ella me dejó un saco de dormir que extendió en el suelo y yo coloqué mi bolsa de viaje a modo de almohada.

Renée era una chica alegre, de esas que no dejan de sonreír.

Sus dientes eran pequeños y blancos, casi de niña.

Su novio cayó en un sueño profundo en cuanto se tumbó, pero ella tenía ganas de hablar.

Me señalaba objetos, que a mí me costaba identificar a causa de la penumbra, para que yo le dijera cómo se pronunciaban en castellano.

Yo hacía lo que me pedía pese a que se me caían los ojos.

De haber sabido de dónde venía y las calamidades por las que había tenido que pasar, ella misma se habría encargado de arroparme y cantarme una nana para que durmiera y olvidara.

No sé cuál fue la última palabra que mencioné, pero me quedé frita en algún momento de la noche.

Me desperté sobresaltada. Renée me miraba desde su saco de dormir.

—Buenos días. —Su acento atrofiaba mi idioma natal haciéndolo casi inentendible.

—Good morning —contesté yo. Los billetes me habían dejado dolorida la zona occipital.

La pareja hablaba neerlandés, francés, alemán e inglés. Yo solo castellano y valenciano, y chapurreaba cuatro palabras en inglés. Esto hacía que la comunicación fuera casi nula. Una ventaja, teniendo en cuenta que huía. Que estaba deprimida. Que guardaba muchos secretos.

El resto del viaje fue acompañado de las risas de Renée y de algún juego, pero poco más.

Llegamos a San Sebastián a media tarde. Conseguí entenderles que ellos preferían no hacer parada en el País Vasco porque les aterrorizaba.

Ese año, 1979, fue muy duro. Las noticias de muertos y heridos no dejaban de sucederse.

En apenas tres meses, solo en la capital guipuzcoana, habían matado a tiros a cinco personas: la policía, a un joven de dieciocho años durante una manifestación; ETA, a un policía nacional y al gobernador militar; el Batallón Vasco Español, a un concejal de Herri Batasuna; y la Guardia Civil,

por error, a un inspector de la Policía Nacional que vigilaba de paisano.

Este historial de violencia precipitó la separación de nuestros caminos.

Les di dinero suficiente para que llegaran hasta Bélgica y me dejé abrazar por Renée a modo de despedida.

Que me estrechara contra su cuerpo me causó un rechazo que me entristeció.

La pareja me había demostrado que era de fiar —y hecho uno de los favores más grandes que me han regalado en toda mi vida—, pero yo no estaba preparada para corresponder. El trauma no me lo permitía.

—Adiós, Lola.

Durante horas había sido Lola. Qué pena que esta también cargara con las heridas y cicatrices de Carmen.

—Bye —susurré, lanzándoles un beso desde la acera mientras la furgoneta azul, mi pedacito de cielo y de mar, se alejaba.

Arranqué a andar por aquella ciudad desconocida. Las personas caminaban tranquilas y, a diferencia de lo que algunos imaginábamos desde otras zonas de España, no iban armadas.

Pregunté a una mujer dónde quedaba la costa y gracias a sus indicaciones llegué enseguida. Perdí la mirada en el horizonte. San Sebastián me había recibido vestida de riguroso gris y creí estar protagonizando un melodrama en blanco y negro.

Entré en varias tiendas y me compré mudas, pantalones, jerséis, un par de botas, un abrigo y un paraguas.

Me colé en un bar de la Parte Vieja, pagué por un refresco y una tapa —aunque el camarero me dijo que ellos las llamaban «pintxos»—, y me senté a una mesa.

Había una televisión encendida en la que estaban emitiendo una serie española.

Fui al servicio, donde aproveché para cambiarme de ropa y lavarme un poco.

Me miré en el espejo. Mi cara era un poema: ojeras, palidez, cansancio, vergüenza, melancolía…

Al menos apenas quedaba rastro del arañazo de Angie.

Me solté el pelo. Lo tenía sucio y enredado. Volví a recogerlo.

Antes de salir del bar le pedí al camarero que me dijera qué dirección tomar para llegar al barrio de Gros. Me explicó que no quedaba lejos, que San Sebastián era una ciudad pequeña. Parecía sencillo.

Cargué con la bolsa y encontré sin problemas la calle Secundino Esnaola. Pese a que era domingo y la mayoría de los establecimientos por los que pasé estaban cerrados, me bastó para descubrir que a la calle no le faltaba de nada. Incluso tenía un cine llamado Trueba. Eso sí que fue una sorpresa.

Me detuve delante del portal y pulsé el interfono.

—¿Me abre, por favor? —dije sin presentarme.

Subí hasta el piso y toqué el timbre.

Me puse muy nerviosa al oír pasos al otro lado. ¿Y si había sido una mala idea?

—Hola, Juantxo.

El azul y la luz volvieron a mí.

—¿Carmen?

Juantxo y yo nos besamos en el rellano y a mí no me quedó más remedio que echar mano de los recuerdos con él en Alicante.

El contacto con otro hombre amenazaba con hacerme huir escaleras abajo.

Agradecí que Quin no me hubiera puesto la boca encima mientras me violaba, pero su presencia y su olor ahí estaban. Me invadían. Me ahogaban.

Me obligué a saborear sus labios, su lengua. Tan de Juantxo. Quería borrar todo lo demás.

Él tiró de mí y me metió en el piso. Cerró la puerta.

—¡Estás aquí! —Se llevó las manos a la cabeza—. No me lo puedo creer.

—Sé que tengo un aspecto lamentable —me disculpé—. El viaje ha sido largo.

—No seas tonta. Estás preciosa.

Volvió a mí y me recorrió la cara y la cabeza con los labios. Yo hinqué la frente en su hombro y me eché a llorar.

—¿Estás bien? —preguntó, apretándome contra su pecho.

Se me cortó la respiración. Necesitaba que corriera el oxígeno entre nosotros, pero no me alejé. Resistí.

—Sí, es solo que soy muy feliz.

—Yo también, Carmen. —Dio un paso atrás para observarme. Me secó las lágrimas y me cogió de las manos—. Gracias por venir. No sabes cuánto he pensado en ti durante estos dos meses. Abría el buzón a diario con la esperanza de encontrar una carta tuya.

—Tenía que haberte escrito, pero he estado trabajando mucho.

—Ven, anda. —Me condujo hasta la cocina. Era pequeña y tenía pocos muebles y electrodomésticos, como si aún estuviera a medias. Nos sentamos a una mesa redonda cubierta por un mantel de cuadros verdes—. Tendrás hambre. ¿Quieres merendar algo?

—No, gracias, comí un pintxo nada más llegar.

Nos tomamos las manos sobre el mantel.

—Madre mía, qué ganas tenía de verte. Aún no puedo creer que estés aquí.

—He ahorrado durante este tiempo. Lo suficiente para estar una temporada aquí y ayudarte con los gastos.

—Eso no hace falta, Carmen. —Meneó la cabeza.

—Claro que sí. Es lo justo.

—Pero ¿y… y lo de Madrid?

—Puede esperar. Ahora prefiero —lo miré a los ojos— estar contigo.

Me desprecié por no ser del todo sincera con él. Juantxo merecía otra cosa. Yo ya no estaba a la altura y temí no volver a estarlo.

—No deseo nada tanto en esta vida como que te quedes.

Se levantó y se acercó a mí. Yo elevé el rostro y dejé que me acariciara la mejilla. Notó el arañazo y me preguntó por él. Le dije que había sido por una caída tonta.

Me enseñó la casa sin soltarme de la mano. Sus padres lo habían ayudado económicamente y por eso había podido permitirse una con habitaciones exteriores. Estaba ilusionado con su piso, conmigo. Al mostrarme el aseo le pedí que me dejara darme un baño.

Colocó sobre el retrete gel, champú y un par de toallas antes de dejarme a solas. Lo agradecí tanto… Angie se habría quedado a mi lado, enjabonándome. No quería una réplica de todo lo vivido. Solo experiencias nuevas con Juantxo.

Llené la bañera con agua ardiendo y me lavé a fondo para arrancarme las huellas del matrimonio. Permanecí en remojo hasta que me quedé fría.

Me rodeé con la toalla a la altura de las axilas y lo busqué por la casa. Necesitaba refugiarme en su cuerpo.

Lo encontré en la cocina, de espaldas, preparando la cena. Llevaba un jersey negro y unos pantalones marrones de pana que le quedaban muy bien. Quería volver a sentirme viva. Enamorada. Tenía las emociones paralizadas. Aún en shock.

Lo abracé por detrás y apoyé la mejilla entre sus omoplatos.

Él apagó el fuego y se giró.

Nuestras bocas se buscaron con apetito. Esta vez sus labios me recordaron únicamente a los besos del rellano. Así sí. Quise más. Comencé a desnudarlo de camino al dormitorio. Él me quitó la toalla. Sentí más pudor que la primera vez que me mostré delante de Víctor. Antes de perder la virginidad.

Juantxo era el hombre que más había mimado mi cuerpo. Que más placer me había dado. Tenía que entregarme a él sin temor para que borrara toda la vileza a la que me habían sometido. De alguna manera, buscaba la sanación.

Nos revolcamos sobre el colchón como si peleáramos. Ese cuerpo a cuerpo mitigaba mi lucha interior. Difuminaba la asquerosa presencia de Quin. La vigilancia de Angie. Juantxo me acarició y me penetró, ajeno a mi guerra. No sentí placer, aunque lo fingí. Tampoco miedo. Él pararía si así se lo pedía.

Nos quedamos abrazados y en silencio.

Pensé que esa sería la mayor tortura por la que tendría que pasar con él. Nada más. No habría más sufrimiento que aquel.

Era tolerable. Mejoraría.

Y todo a cambio de la satisfacción que dejaba el consentimiento. A cambio de la dicha que me invadía tras sentirme querida.

*

03:30

El teléfono vibró sobre la mesilla y Martín se incorporó de un salto. Su sistema nervioso estaba en alerta, al límite, y, en su cabe­za, aquel leve sonido había tronado como una puta motosierra. Así no podía continuar.

—Oiasso. ¿Qué ha pasado? —preguntó con voz ronca.

—(…).

—Hostias.

—(…).

—Yo me encargo de avisarla y de recogerla. Llama a los Verano y diles que nos vemos allí.

—(…).

Se levantó emitiendo un quejido. Le dolía el tronco superior, como si lo hubieran follado con los brazos capturados tras la espalda, con unas esposas puestas. El recuerdo lo excitó y se maldijo por ello.

Miró la cama. Nuria dormía a pierna suelta y no se despertaría hasta la mañana.

El descanso era sagrado y cada noche se tomaba una pastilla para conciliar el sueño.

Su cabello cobrizo serpenteaba sobre la almohada y el colchón.

Quiso tumbarse a su lado y olerlo. La quería, pero también la odiaba.

¿Cuándo empezó a sentir aquella emoción tan fea?

Años atrás solo era amor y pasión. Admiración y deseo.

Lo había castigado por trabajar durante el fin de semana, por aparecer vestido con el chándal que su madre le prestó la tarde que el oleaje lo lamió de arriba abajo.

«Ojalá lo hubieras hecho por no haber podido evitar la muerte del chaval», se machacó con tristeza.

Subió las sábanas con cuidado para que no se colara el frío en la cama.

Eran de algodón egipcio, de mil hilos. Carísimas.

Nuria era hija única, caprichosa y consentida, y compraba o pedía que le regalaran todo lo que se le antojaba.

Sus padres y ella compartían profesión y trabajaban juntos en la notaría familiar, ubicada en el centro de Donostia.

El negocio iba viento en popa y habían invertido en varios locales de la ciudad.

Mientras calentaba un café y tostaba dos rebanadas de pan, llamó a su hermana: «Siento las horas. Ha aparecido un cadáver en un local de la calle Nueva. Te paso a buscar en veinte minutos», explicó, escueto.

Después, devoró el desayuno. Por la noche, tras el sexo, se había duchado, tomado un ibuprofeno y acostado sin cenar. Eso fue lo único que su cuerpo le pidió. Descanso y desconexión.

Consultó el reloj: las tres y media de la madrugada. Qué poco duraba la alegría en casa del pobre.

Metió la vajilla en la fregadera y vio de refilón sobre la encimera la camisa que llevaba la víspera. Nuria le había cosido los botones que, con su arrebato, hizo saltar por los aires.

«Ni en sueños voy a ponérmela», se dijo.

Pasaba de encorsetar sus pobres músculos molidos bajo aquella ropa. Eligió de su armario una sudadera, unos vaqueros holgados y unas deportivas. Aquella transgresión le saldría cara. ¿Más aún?

Tiró las esposas a la basura con la intención de mandarle un mensaje a Nuria.

Al abrir la tapa se dio de bruces con el chándal de Jacinto.

La muy cabrona lo había hecho jirones. Al parecer, no era el único en lanzar indirectas a través del cubo de la porquería.

Todo aquello resumía a la perfección la relación que llevaban.

Pese al cabreo, Martín se asomó al dormitorio para observarla antes de marcharse. Su corazón se craqueló un poquito más.

Abandonó el hogar cerrando con delicadeza la puerta.