Donostia-San Sebastián
Lunes, 4 de diciembre de 2023
02:30
María no se había tomado bien que Brianna se acobardara en el último momento y abortara el plan de entrar en el local forzando la cerradura.
Por eso la madrugada siguiente volvió de nuevo a la carga.
Esta vez no salió tan tarde del apartamento: dos y media de la madrugada de un lunes.
¿Quién iba a andar por la calle a esas horas?
Brianna se había pasado todo el día refugiada en su dormitorio, evitando a María. Desde la cama la había oído caminar de aquí para allá. Su ansiedad y temperamento la hacían insoportable, peligrosa como una granada de mano.
Tomó el camino más directo y no se cruzó con nadie. Oyó a lo lejos el ruido de algún motor y poco más. Todo iba según lo planeado.
Hacía un frío húmedo de esos que se cuelan hasta los huesos y te obligan a alzar los hombros hasta las orejas.
Qué ganas tenía de largarse de allí. Si lograba entrar en el local, ¿qué querría María que hiciera después?
Sus niveles de exigencia y saña aumentaban cada día que pasaba.
Era su saco de boxeo. Estaba harta de los golpes.
Del dolor que le ocasionaba. La estaba rompiendo.
Echaba de menos el calor de Nacho. Él la quería como era, con sus defectos y virtudes, y adoraba su cuerpo. Cuando la abrazaba, se sentía la mujer más bella y perfecta de la tierra. ¿Y si en realidad lo era? ¿Quién lo decidía?
Cerca del local escribió un mensaje a toda velocidad.
Te quiero, amor, y no te puedes imaginar lo mucho que te añoro
Guardó el teléfono y se detuvo delante de la puerta.
Había sacado las llaves de la anilla para que no chocaran entre sí y las tenía dentro del bolsillo derecho del abrigo.
Las iría probando una a una. Introdujo la primera, pero se negó a entrar.
Probó con otras tres y ocurrió exactamente lo mismo.
Buscó las más pequeñas y consiguió que una se colara hasta el fondo de la cerradura, pero no giró.
Era aquí donde tenía que ejercer presión e insistir.
Sacó el martillo y pegó varios golpecitos mientras intentaba forzarla.
Qué fácil parecía en los vídeos explicativos y qué difícil era en realidad.
Y más con guantes, frío, oscuridad y nervios.
No tenía alma de ladrona, a quién quería engañar. Era un títere manejado por María. Punto.
Decidió recurrir al taladro y acabar cuanto antes. Era el método más invasivo, pero lo había encendido en casa y no hacía tanto ruido como esperaba.
Se puso en el lugar de los vecinos; si ella estuviese despierta y lo oyera, no le daría ninguna vuelta. ¿Qué paranoico saldría de entre las sábanas para averiguar de qué se trataba? Además, detectar de dónde proviene un sonido cuando estás adormilado no es tan sencillo.
Apoyó la broca en la cerradura y pulsó el botón. El chirrido metálico se le metió hasta el tímpano y le puso las palpitaciones a mil. Aquello era un escándalo.
—Joder —dijo entre dientes.
Presionó fuerte para hacerlo lo más rápido posible. Nacho le habría tirado del brazo para llevársela de allí, pero se hallaba a cientos de kilómetros de Donostia. Brianna estaba sola y pringada hasta las cejas.
La cara, la cabeza y las axilas empezaron a sudarle sin control. Sintió el estrés y la ansiedad por todo el cuerpo. Quiso llorar. Gritar. Correr como una velocista. No merecía estar pasando por eso. Era una buena persona. La mujer más bella y con el corazón más grande de la tierra.
Hundió con rabia el taladro hasta el fondo, lo detuvo, lo sacó y metió un destornillador en el agujero. Giró y se oyó un clac.
La puerta se abrió.
¿En serio lo había logrado? No podía creerlo. ¿Ella?
Bella, buena y habilidosa.
—¡Ey! ¡¿Qué haces?!
Brianna no sabía de dónde provenía aquella voz masculina. Se giró sobre sí misma, pero la calle seguía desierta. ¿Habían sido imaginaciones suyas? El sudor se le había colado en los ojos y le escocían a rabiar.
Empujó la puerta y se le cortó la respiración. Enfocó con la linterna del teléfono móvil.
Las sospechas de María eran ciertas: su tío estaba ahí dentro.
—¡Ey! —insistió la voz—. ¡Acabo de llamar a la Ertzaintza!
Aún noqueada, se volvió despacio y elevó el rostro. Una cabecita asomaba de una de las ventanas. Mierda. Oyó unos neumáticos.
«Bri, tú estás muy limpita, no lo pongas en juego por María».
Esta vez, la frase provenía de su cabeza. Nacho tenía razón.
Salió pitando de allí lo más rápido que pudo.