Alicante
Sábado, 3 de noviembre de 1979
Llegué a Alicante sana y salva. Me costó deshacerme del motorista, que se empeñaba en saber de mí: «¿Cómo te llamas, chica?»
, «¿Dónde vives, bonita?», «A ver si volvemos a coincidir, guapa».
No respondí a sus preguntas. Le dije que tenía prisa y que agradecía que me hubiese llevado hasta allí.
Él se señaló la mejilla con el dedo índice, invitándome a que le diera un beso.
No se lo di, por supuesto, y eché a correr.
—¡Niñata! ¡Desagradecida!
Ese último adjetivo ya era una constante en mi vida. Y lo oía cada vez que no hacía lo que los demás querían que hiciera.
Me detuve en la primera cabina que encontré.
Me encerré dentro. Hallé un silencio y un aislamiento que mi alma agradeció.
Lo había conseguido. Yo solita. Estaba allí.
Era libre. Ni santa ni ingrata. Yo me llamé valiente.
Sentía mi poder. Tan mío. No había rastro de vulnerabilidad.
Saqué de la cartera una moneda que introduje en la ranura. Marqué el 091.
—Policía al habla.
Y yo me derrumbé como nunca en mi vida. Entre lágrimas, di la dirección del chalet y denuncié los delitos que allí se estaban cometiendo.
No me identifiqué. No expliqué que era una de las víctimas.
Tenía miedo. Me daba vergüenza. Yo solo quería que ayudaran al resto de las luciérnagas antes de alejarme de Angie y de Quin. Y de mis padres.
—Ahora mismo mandamos un coche patrulla al lugar que nos ha indicado. No se preocupe.
—Gracias, gracias —dije entre hipidos.
—¿Dónde se encuentra usted? Deje que vayamos a recogerla.
Llevé la mano al pulsador para colgar. Tenía restos de esmalte fucsia en las uñas. Hacía semanas que Angie no me las pintaba. De pronto, la eché de menos y una profunda melancolía arrasó cada partícula de mis entrañas.
—Señorita, ¿sigue ahí?
Hundí la punta de los dedos y la voz del policía fue sustituida por un pitido.
Me apoyé contra el teléfono y aguardé hasta recomponerme. Después, llamé a mis padres y a Estrella. Fingí que todo iba bien. Les aseguré que estaba a punto de conseguir mis sueños y que no sabrían de mí durante un tiempo. Les pedí que no me buscaran. Que no se preocuparan.
Al colgar, la llantina volvió a reventar en mi pecho, anegando cada rincón de mi ser.
Me sequé las lágrimas con los puños del jersey y salí de la cabina.
Debía seguir con el plan. Poner tierra de por medio.
Me aterrorizaba permanecer a pocos kilómetros de Angie y de Quin.
Que su poder me alcanzara. Tenía dinero de sobra para viajar adonde y como quisiera.
Podía irme a Madrid, pero, si la pareja huía o quedaba libre, sería la primera ciudad donde me buscarían.
Me convenía desaparecer y no dejar ningún rastro.
Eso implicaba evitar autobuses, trenes y aviones.
Tuve una idea: muchos guiris europeos venían a España de vacaciones y regresaban a su lugar de origen en coche.
Anonimato absoluto.
Tras horas de búsqueda, di con unos en una gasolinera.
Viajaban en furgoneta. Era una pareja belga que tenía más o menos mi edad.
Chica y chico. En el pasado, la presencia femenina me tranquilizaba.
Pero ya no. Les ofrecí hacerme cargo de los gastos del viaje, con la condición de que pasasen por la frontera vasca en vez de la catalana.
El idioma se interponía entre nosotros y no me quedaba muy claro si no me comprendían o no les interesaba.
Subí la oferta. Me comprometí a pagar la gasolina hasta Bélgica, aunque les aseguré que yo me bajaría antes de cruzar a Francia.
Lo debatieron delante de mí. Yo no entendí ni una palabra.
Antes de que tomaran una decisión, les dije que también me haría cargo de la comida. Alargué la mano con un billete para que se lo gastaran en la gasolinera. Tenía los brazos agotados y me dolía el hombro del golpe.
—Okay, yes.
El intenso júbilo que sentí estuvo a punto de dejarme fuera de combate. Habían dicho que sí. No podía creerlo.
Después de llenar el depósito y dos bolsas con comida, nos montamos en la furgoneta cámper Peugeot J7. Era azul, como el cielo y el mar de la Costa Blanca, como los ojos de Angie y de Quin.
Me acomodé en la parte trasera sin tener ni idea de qué me tenía reservado el destino.
Desde que salí de Villajoyosa, la vida no había dejado de mostrarme la peor cara del ser humano.
Me habían engañado, acusado de ladrona, robado, echado a la calle, secuestrado, violado…
Y, pese a todo, optaba por confiar en unos desconocidos. No tenía alternativa.
La furgoneta se puso en marcha y, en mitad de aquel caos, de aquel drama, sentí una chispa de felicidad mientras miraba a través de la ventanilla y le decía adiós al horror.