La última luciérnaga El Bacarot
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El Bacarot

Sábado, 3 de noviembre de 1979

Por las mañanas me traían el desayuno, al mediodía la comida y, por las noches, tras una nueva violación, la cena.

Y así durante seis eternos días. Pensaba mucho en Sandemetrio y en Lefèvre, en si estarían al tanto de lo depravada que era la pareja.

Yo quería creer que no, pero todo indicaba que eran cómplices.

Dos miserables cómplices. Ninguno estaba dispuesto a perder ni una peseta. Faltaría más.

Mi situación era crítica. Quin me violaría hasta dejarme embarazada y después, tras el nacimiento de mi hijo, lo entregarían. ¿Qué harían conmigo entonces? ¿Me eliminarían o me mantendrían como esclava procreativa? Lo único que tenía claro era que nunca me dejarían libre.

Si no quería pudrirme en aquella habitación, tendría que ingeniármelas yo solita para escapar. Porque, por mucho que me doliera, nadie iba a venir a rescatarme.

Media hora a pie hasta la carretera; esa parte me la conocía. La cuestión era salir del chalet. La ventana de mi dormitorio estaba protegida por una reja de rombos: imposible. Tenía que ser por la puerta.

El séptimo día, a media mañana, oí a la pareja hablar en el jardín. Después, el motor del Chrysler se alejó de la parcela. Me mantuve muy quieta para averiguar si alguno de los dos seguía en la casa. Como no oí nada, decidí arriesgarme.

Me vestí a toda prisa con un vaquero acampanado y un jersey fino de cuello semicisne.

Me até el cabello en una coleta alta. Cogí carrerilla y me lancé de costado contra la puerta.

El golpe me ardió en el hombro y la madera no cedió ni un ápice.

Recorrí la estancia con la mirada. De un manotazo tiré todo lo que había sobre la mesilla.

La agarré y corrí con ella hacia la puerta.

La base rebotó y me impactó sobre el pecho, pero conseguí que una de las patas se incrustara.

Si semejante ruido no había atraído a nadie, significaba que la casa estaba vacía.

No sabía por cuánto tiempo. Repetí la operación una y otra vez.

Me dolía todo el cuerpo, pero no más que cuando Quin me violaba.

Yo gritaba con cada embestida. Me imaginaba que arremetía contra la pareja. Quería derribarlos, hacerlos picadillo.

El agujero que conseguí abrir en la puerta me miró. Era como un ojo de cíclope. Apoyé la mesilla en el suelo y me subí. Intenté entrar por la abertura, pero los hombros aún no me cabían. Seguí hincando las patas en la superficie, astillando la madera, hasta que el boquete se ensanchó.

Cogí una chaqueta, un par de mudas y mi cartera.

Tenía cuatro monedas y poco más. El carnet de identidad se lo habían quedado mis captores.

Metí todo en la bolsa de viaje que eché por el orificio y detrás fui yo.

Me lancé de cabeza. Las aristas me arañaron.

Caí a plomo contra el suelo con la sensación de que acababa de ser testigo de mi propio nacimiento.

Bajé por las escaleras como un gamo y vi de soslayo que el despacho estaba abierto.

El corazón escalaba por mi cuerpo; el muy traidor quería huir de mí antes de que me descubrieran.

Entré y abrí cajones y armarios. Revolví el interior.

Había mucha documentación. Entre el papeleo di con varios carnets.

Eran de otras chicas. No me detuve en ellos.

Para salvarlas, primero tendría que salvarme yo.

Encontré el mío y lo guardé en la bolsa a toda prisa.

La única vez que había entrado en ese despacho, el escritorio estaba lleno de fajos de billetes.

¿Dónde los esconderían? No había caja fuerte ni ningún recipiente de buen tamaño en el que meter tal cantidad de dinero.

Podía regresar a la primera planta e intentar entrar en el dormitorio de la pareja, pero era arriesgado.

Dubitativa, arrastré los pies hasta la puerta.

La moqueta me acarició la suela de las deportivas.

El recuerdo fue un fogonazo: yo tropezando en esa alfombra.

Retiré los sillones hacia un lado. Lo intenté con el escritorio, pero el peso del mueble y el tapiz del suelo impedían que pudiera arrastrarlo.

Me apoyé en uno de los cantos para elevar alguna de las patas.

El muy condenado era macizo, inamovible.

Me concentré en las agresiones, en Quin y en Angie, en la rabia que pululaba por mis venas y se ensanchaba a punto de reventarlas. Empujé.

Con otro nuevo alarido conseguí volcarlo de medio lado y eso me permitió apartar la alfombra.

Las esquinas de una tabla del parqué estaban desgastadas.

Me arrodillé y hurgué en ella. Tenía mucha holgura y no me costó alzarla.

Abrí tanto los ojos al ver lo que había ahí debajo que las pestañas me rozaron los párpados superiores.

Los billetes. Eran los billetes.

Levanté las tablas de alrededor. El suelo estaba minado de fajos. Guardé todos en la bolsa. Catorce en total. Avancé hasta la puerta de la entrada y salí del chalet con la sensación de que no lo lograría. De que en cualquier momento la pareja me interceptaría y mi miserable vida empeoraría aún más.

Corrí por el jardín mientras los rayos del sol me señalaban.

Tenía que alejarme del terreno y también del camino que las rodadas del Chrysler mantenían allanado.

Pensé en lo ingenua que era, en las pocas posibilidades que tenía.

Si no me descubrían ahí, lo harían en la carretera.

Apreté los dientes y galopé sin dejar de mirar en todas las direcciones.

Llegué empapada en sudor al asfalto. Me oculté en un árbol solitario enraizado en la cuneta.

Apoyé las manos sobre las rodillas y jadeé.

Estaba agotada y tenía la boca tan seca que me costó despegar la lengua del paladar.

No llevaba agua ni comida en la bolsa, aunque sí cientos de miles de pesetas que pesaban como un ancla.

Oí un motor a lo lejos. Al asomarme vi que era un camión.

Salí de mi escondite y elevé el dedo pulgar.

Un hombre me miró a través de la ventanilla de la cabina y pasó de largo.

Lo maldije en voz alta de regreso a mi guarida.

Oí un nuevo vehículo y me puse en guardia.

Lo observé; era rojo. Me pegué al tronco.

¿Y si eran ellos? ¿Y si me habían descubierto?

Improvisé a toda prisa un plan de huida.

Si paraban a mi lado, correría campo a través, nunca en paralelo a la carretera, para que no pudieran seguirme con el coche.

«Por favor, que no tenga el techo negro. Que no sean ellos».

No me atreví a moverme ni un milímetro para no ponerme en riesgo.

Lo hice mientras el vehículo se alejaba de mí.

Lo contemplé. No tenía el techo negro y ni siquiera era un Chrysler.

Respiré aliviada, aunque algo decepcionada.

Había perdido una oportunidad de escapar.

El sonido de una moto me devolvió la esperanza.

Me lancé a la carretera y esta vez moví los brazos para que no me ignorara.

Un hombre a lomos de una Derbi se detuvo a mi lado.

Era alto y delgado y tendría unos diez años más que yo.

—Chica, ¿qué haces en medio de la nada?

—¿Podrías llevarme? —pregunté, nerviosa.

—¿Adónde?

—¿Adónde vas?

—A Alicante.

—¿Podrías llevarme? —insistí sin dejar de vigilar el horizonte.

—¿Estás bien, chica? —preguntó, mirándome de arriba abajo—. Tienes mala cara.

—Es cansancio. Llevo un buen rato andando. —Forcé una sonrisa—. Muy valiente me creía cuando me dispuse a ir a pie hasta Alicante.

Él me estudió durante un rato.

—Venga, sube —dijo por fin.

Me coloqué tras él en el sillón corrido.

En los últimos días había desarrollado una fobia que acababa de descubrir: la del contacto físico con otra persona.

Sentí asco al notar mi zona pélvica contra su coxis.

Casi temblé y a punto estuve de bajarme de la moto.

Él aceleró antes de avanzar, me tomó de las manos y me obligó a rodearlo de la cintura.

—Así estarás más segura —me guiñó un ojo, seductor.

Quise partirle el cuello con un movimiento rápido. Pero, lejos de hacerlo, hinqué la cabeza en su hombro y me pegué a su espalda.

Postura de invisibilidad.

Tomaba precauciones, por si nos cruzábamos con Quin y Angie.

*

20:30

—Cabronazo, ¿te parece bonito plantarme durante todo el fin de semana?

Ella lo esperaba en la cocina con los brazos en jarras. Llevaba un escotado camisón largo de raso y una bata a juego. La melena sedosa y cobriza se bamboleaba sobre su cintura. Los labios gruesos, las cejas arqueadas, los ojos oscuros, misteriosos. Era jodidamente hermosa y ella lo sabía.

—Hoy no, Nuria, por favor. —Apretó la mandíbula y se detuvo en seco.

—Ayer te presentaste como un puto fantoche con aquel chándal horrible y lo dejé pasar. —Se acercó y lo agarró de la pechera—. De qué vas, ¿eh?

—Déjame —pidió él, sin ganas.

—Gilipollas… —Su aliento olía a agua de manantial. Era bella y aterradora como una lamia—. Dilo.

Martín negó en silencio. Había sido un día duro y se sentía un mal ertzaina, un mal hermano. Tenía el cupo cubierto, como para cargar con más mierdas.

—¡Que lo digas! —gritó ella. Lo empujó hasta la pared y lo acorraló. Le lamió los labios con la lengua sin quitarle los ojos de encima. Le desabrochó el pantalón y le acarició el miembro—. ¿A qué esperas? ¡¿Eh?!

La excitación respondió en segundos. A menudo estaba agotado y hastiado, pero el poder que ejercía sobre él dominaba toda su voluntad.

—Soy un gilipollas —susurró con un leve jadeo.

—¡Más alto! —exigió ella, moviendo la mano de arriba abajo.

—¡Soy un puto gilipollas!

Nuria lo besó con tal intensidad que le clavó los dientes en los labios. Le recorrió la boca con la lengua como una serpiente dispuesta a matar.

Martín temió irse en segundos. Ella lo conocía mejor que nadie. Sus recovecos y secretos. No podía correrse tan rápido.

Se anticipó antes de que sucediera: sacó todo el arsenal de su cuerpo y lo agarró de los hombros para voltearlo.

Martín rozó el papel pintado en tonos pastel con la nariz mientras Nuria le engrilletaba las muñecas detrás de la espalda.

Todavía le dolían de la última vez que se lo había hecho.

Le bajó los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos.

Y después lo hizo arrodillarse con la cazadora, la camisa y los zapatos aún puestos.

Aquel look pijo a medio quitar y las esposas lo inmovilizaban, lo humillaban, lo volvían loco.

De un empujón, lo tiró al suelo. Él arqueó la espalda de la molestia al impactar contra los grilletes y sus propios brazos. Los hombros, las manos… Todo protestó excepto sus ganas, que crecieron hasta doler.

Ella se desató el cinturón de la bata y esta se deslizó suave como los pétalos de un gran magnolio. Se sentó a horcajadas sobre él y le abrió la camisa; algunos botones saltaron por los aires.

Martín rogó que no lo postergara más. Que se hundiera en su cuerpo, que se agitara sobre él. Pero no emitió ni palabra. A ella le gustaba desobedecer sus deseos. Castigarlo. Era su única manera de disfrutar.

Le agarró el miembro y lo guio hasta su pubis. Se acomodó despacio y, después, apoyó las manos en el pecho de Martín para ejercer más presión sobre los grilletes, los brazos y las muñecas, moviéndose lentamente a su gusto.

El oficial Oiasso llevaba tiempo queriendo dejar todo aquello, dejarla, pero no sabía cómo. Sin Nuria, no valía nada. Sus exigencias lo hacían avanzar. Era quien era gracias a ella.

Mientras un dolor insoportable y un crujido amenazaron con partirlo por la mitad, el inmenso placer que tan bien conocía se abrió paso y lo recorrió de los pies a la cabeza, elevándolo hasta lo más alto.

¿Cómo renunciar a eso? Solo ella sabía qué teclas tocar. Jamás llegaría a romperlo del todo.