La última luciérnaga El Bacarot
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El Bacarot

Cuarta semana de octubre de 1979

Dejé de oír a esa luciérnaga por el chalet. Había corrido la misma suerte que yo e intuí que estaría encerrada en su dormitorio. La pobre permanecería allí hasta nueva orden.

La tercera, sin embargo, seguía gozando de todos los privilegios. Era la única que disfrutaba de la mejor versión de Quin y de Angie.

Yo no podía quejarme porque, desde el segundo aborto del chalet, me dejaban salir por las noches.

Cenaba sola en el comedor y luego paseaba por el jardín para tomar un poco de aire fresco.

Angie observaba mis movimientos. Creo que comprobaba si podía fiarse de mí.

Yo sabía que me vigilaba, porque oía cómo chasqueaba las uñas de los dedos pulgar y meñique mientras fumaba.

Había conocido a la Angie cariñosa, a la insensible y, ahora, a la controladora. Su nueva actitud me daba miedo porque no sabía por dónde podía salir.

Mi instinto hizo bien en desconfiar, pero no me sirvió de nada.

—Al dormitorio —ordenó cuando lo creyó conveniente.

Apenas me hablaba. Quin tampoco. Estaban enfadados porque mi útero había fracasado, o porque sabían que me quería largar de allí.

—Hasta mañana —me despedí sin atreverme a mirarla.

Retiré las mantas y me metí debajo. Tenía frío.

Tiritaba. Octubre ya estaba a punto de acabar y a esas horas las temperaturas bajaban hasta los doce grados.

Me subí la sábana a la altura de la barbilla y cerré los ojos.

Tenía sueño, y eso que apenas gastaba energía.

Yo no lo sabía, pero dormitaba durante buena parte del día porque estaba atravesando una depresión.

Estaba confusa, asustada y muy alejada del camino que me había propuesto tomar.

Me sentía muy vulnerable, a merced de Quin y de Angie, y no podía hablarlo con nadie.

¿Qué quedaba de mí y de mis sueños? ¿Qué podía hacer para recuperar mi vida?

Unas voces me despertaron de golpe. La pareja discutía en el pasillo, cerca de mi dormitorio. No sé qué le estaba pidiendo Angie a Quin, pero él se negaba.

—De ninguna manera. ¿Por qué quieres eso? No lo entiendo.

—Vamos, Quin, conoces el motivo. No te hagas el tonto.

—Pues buscamos a otro.

—¿A quién? ¿Eh? ¿Dime?

Me levanté y pegué la oreja a la puerta para seguir la conversación.

—Dame unos días, Angie.

—No podemos esperar más. Ya han pasado dos semanas. Lo he hablado con Sandemetrio y tiene que ser lo antes posible.

—¿Os reunís a mis espaldas o qué?

—¡No! ¡Jamás! Lo he llamado esta tarde. Si queremos que parezca real, no podemos demorarlo.

—¡Estás loca!

—¿Loca? El loco eres tú. ¿Acaso quieres que nos arruinemos? Esas parejas han adelantado un dineral. Todavía no saben que la cosa no ha salido como esperábamos. O actuamos o lo perdemos.

—No me lo puedes pedir a mí.

—¿Por qué no, cariño? Esas golfas te conocen. Será mucho más sencillo contigo.

Yo me estremecí. ¿Hablaba de nosotras?

—No entiendes nada, Angie. Nada en absoluto.

—¿A qué te refieres?

—Somos tú y yo. Nadie más. Sabes que no he estado con otra mujer en toda mi vida. No quiero que nada cambie entre nosotros.

—Ay, amor, ven aquí. ¡Eres un romántico!

—Somos un solo cuerpo. ¿Recuerdas?

—Y siempre será así. Esto es un mero trámite para no echar a perder el negocio. Es un sacrificio por tu parte, y lo reconozco, pero te prometo que te compensaré con creces.

El sonido de las voces fue sustituido por besos y gemidos.

—Te deseo. Te deseo muchísimo, Angie. —Quin jadeaba.

—Y yo a ti, cariño. Y te lo demostraré en un rato. Pero antes pasa por su dormitorio. Ya estás preparado. Hum, vaya que si lo estás. Apenas tardarás unos minutos.

—No, por favor.

—No es negociable. Ven, anda, que te acompaño.

Yo me retiré de la puerta. Miré cada rincón del dormitorio. Tenía que esconderme en algún sitio, pero no sabía dónde.

—Querida —dijo, abriendo—, tenemos una sorpresa para ti.

La pareja se coló y cerró. La mirada de Angie, tan azul y directa, intimidaba. Hasta hacía muy poco había confiado en los ojos claros. Los entornó, dándoles un aire siniestro.

Quin estaba detrás, con la cabeza hundida entre los hombros.

—¿Qué pasa? ¿Qué queréis de mí? —Me alejé de ellos lo más que pude, hasta que me topé con la pared.

—Ya no tendrás que pasar por la clínica. Él se encargará de todo. —Mientras me hablaba, condujo la mano hasta Quin y le acarició la entrepierna—. Vamos, desnúdate, querida. Braguitas incluidas.

—No, no. ¡No!

—No nos lo pongas más difícil. Será rápido.

—No-no-no-no-no. No quiero. —Me arrinconé contra la mesilla y la cama.

—¡Nos debes un puto bebé! —Angie se acercó hasta mí. Me señaló con el dedo—. ¡Lo pares y te largas! Esos padres han pagado mucho dinero. ¿Te ha quedado claro?

—No tiene sentido —susurré. Estaba atemorizada—. Tarde o temprano se darán cuenta de que… de que el niño no es de ellos.

—Tú no te preocupes de eso. ¡Desnúdate!

—No podéis obligarme. ¡Estáis enfermos!

Me agarró de la ropa para arrancármela y yo le lancé manotazos para quitármela de encima. En el forcejeo, Angie me arañó la cara. Supe que haría todo lo necesario para salirse con la suya, que su violencia no conocía límites.

Quin intervino. Entre los dos les fue más fácil inmovilizarme y tumbarme sobre el colchón. Él se puso sobre mí. Me tapó la boca con una mano para que no gritara e intentó embestirme con torpeza. Cuando consiguió penetrarme, lo hizo con tanta fuerza que yo sentí como si me atravesara con un puñal.

Mientras me violaba, Angie estaba a unos pasos de la cama.

La muy cabrona no apartó la mirada ni un solo momento.

Distinguí un brillo lascivo en sus ojos y una sonrisa torcida atravesándole el rostro.

Hacía tiempo que sabía que disfrutaba acariciando mi cuerpo desnudo. Al parecer, también viéndome sufrir.

Quin, el príncipe que me rescató de las calles de Alicante, se corrió rápido. La pareja no demoró más la estancia en mi dormitorio y me dejó allí tirada como un despojo.

No tardé en oírlos gemir como bestias. La serenata iba acompañada por los chirridos del somier y el ruido del cabecero de la cama chocando con la pared.

*

20:00

Aia vivía en uno de los pisos de protección oficial del paseo Federico García Lorca y, de camino al portal, vio que habían encendido por fin las luces y abierto el mercado de Navidad, instalado en el paseo de Francia.

Se acercó y recorrió los puestos. Necesitaba un respiro, alejarse del comecome y de la búsqueda de pistas para la investigación.

El olor a aceites esenciales, a churros y al anís de las rosquillas azucaradas alcanzó sus fosas nasales, pero no movió ni un ápice de su espíritu adormilado.

El apuñalamiento, los robos y la muerte del chico habían empañado la inauguración de las fiestas: las calles estaban iluminadas y llenas de color, pero el ambiente era discreto y silencioso, sin música ni parafernalia.

Aia se sorprendió a sí misma pensando que, pese al bullicio y a la alegría de los demás, apenas sentía ganas de celebrar.

Las caras sonrientes, los niños alborotados y las primeras bolsas con regalos no lograban distraerla del peso de los crueles acontecimientos del fin de semana.

Entró en casa y se asomó al balcón que daba al río.

El cauce era ancho y la marea estaba alta.

La luz ambarina de las farolas se proyectaba como una lengua de fuego alargada.

Al otro lado, las fachadas de piedra de arenisca, preciosas y señoriales, y la aguja de la catedral del Buen Pastor surgiendo entre los tejados de pizarra.

A mano derecha, el puente de María Cristina.

Contempló la iluminación navideña que se concentraba en esa zona con la esperanza de que los trineos arrancaran en su estómago y recorrieran todo su organismo, pero no sucedió.

Consultó la pantalla del teléfono y se acodó en la barandilla.

Wasaps de su pa­dre, de su madre, de Tessa y de Adrián.

Desde el encontronazo en el pub, no había vuelto a saber de él.

Al final qué vas a hacer?

Leyó el mensaje del ertzaina varias veces antes de contestar.

Aún no lo sé. Mañana tengo matrona

Tenía ganas de acudir a la consulta, de observar la reacción de su cuerpo al ver todas las opciones sobre la mesa.

Ser testigo de cómo se habían hecho añicos los padres de Marco Aizpurua ante semejante pérdida había desencadenado un miedo atroz que había engrosado la lista de los contras.

Se consideraba una mujer alegre y positiva, pero el pánico a que le ocurriera algo así a su criatura le había calado hondo.

Adrián estaba en línea y el doble tic azul le indicó que había leído el mensaje. Aia esperó durante un rato una respuesta que no llegó.

Echó un vistazo al resto de wasaps. Su padre se había enterado del suceso de las olas en el paseo Nuevo y se preocupaba por ella, y también le preguntaba cómo llevaba lo de trabajar con su hermano.

Su madre quería saber a qué hora tenía la matrona para acompañarla y Tessa le preguntaba qué tal iba todo.

Aia no tenía gran cosa que decir ni ganas de inventar excusas o mantener conversaciones vacuas, pero eran las personas que más la querían y se merecían una respuesta.

Envió tres escuetos audios para responder a sus preguntas, procurando sonar lo más convincente posible.

Después, cenó un par de sándwiches y se recostó en el sofá para que sus amigos del Central Perk le hicieran olvidar lo que las luces navideñas no habían conseguido.

Vio cinco capítulos seguidos y se metió en la cama a las doce. De haber sabido la madrugada que le esperaba, lo habría hecho mucho antes.