La última luciérnaga El Bacarot
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El Bacarot

Tercera semana de octubre de 1979

Nadie me bañaba ni me hidrataba. Tras el aborto era una muñeca defectuosa. Para ellos solo era un útero. Sin cabeza ni extremidades. Una decepción.

Quin me traía la comida a la habitación. Me obligaba a estar allí encerrada. «Tienes que descansar», insistía. Pero yo sabía que la pareja me mantenía en esas condiciones por puro desinterés. Ya no les servía, o, al menos, hasta que mi aparato reproductor se regenerara.

Los embarazos de las otras dos luciérnagas seguían adelante.

Y era en ellas en las que invertían la energía.

La música y las carcajadas sonaban al otro lado de mi prisión.

Echaba de menos la complicidad que tenía con Angie.

Cuando la añoraba, me culpaba por ello. Sus caricias hacía tiempo que me incomodaban, ¿y entonces? ¿Qué me pasaba? ¿Qué diablos pretendía?

Yo no era consciente de la tela de araña en la que había caído. Las hormonas y el secuestro me habían agotado tanto psicológica y emocionalmente que mi cabeza no daba para más. No discernía entre el bien y el mal ni comprendía cuán maquiavélico era el trato que recibía ni lo que me pedían.

Siete días después del aborto, Angie entró en la habitación con el desayuno. Lo dejó sobre la cama. Yo me levanté de un salto y la abracé. No lo pensé. Simplemente lo hice.

Noté cómo se le tensaban los músculos.

—¿Qué haces? —preguntó, incómoda. Se zafó de mí como el que se deshace de una apestada.

Aquello me cayó como un jarro de agua fría.

—Me siento muy sola. —Bajé el rostro—. Me gustaría que pasáramos más tiempo juntas, como antes.

Mendigaba un poco de amor. Buscaba en ella un simple gesto que me demostrara que entre nosotras había un vínculo real y bonito. Que no me estaban explotando.

—No me agobies, Carmen —dijo, molesta—. Tengo mucha tarea con las otras chicas.

—Necesito salir de aquí. Tomar el aire.

Angie puso los brazos en jarras.

—¿No oíste a Sandemetrio decir que debías descansar? Pues eso es lo que estás haciendo. Aguanta aquí y no seas niña.

—Tengo muchas dudas y Quin apenas me habla. ¿Cuándo estaré preparada para recibir un nuevo embrión? ¿Será de los mismos padres?

—Ay, cuánta pregunta. Yo no soy médico. Ya nos irán informando desde la clínica. Tú no tengas tanta prisa. —Resopló—. Y, sobre los padres, no lo sé. Si no es de unos, ya será de otros. ¿A ti qué más te da?

—Estoy muy cansada —reconocí, echándome a llorar—. Y triste.

—Anda, vete a la cama y duerme un poco —soltó, agobiada—. Ya verás cómo se te pasa.

Ya no veía nada en mí. Ni siquiera me veía.

—No dejo de darle vueltas a que igual no valgo para esto. Quizá lo mejor sea que me marche.

A Angie se le contrajo el rostro de tal manera que se me cortó la llantina de cuajo.

—¡¿Estás loca o qué te pasa?!

—Os devolveré todo lo que os debo —dije para tranquilizarla.

—¡Ni en cien años podrías saldar tu deuda!

¿Eres consciente del gasto que nos has generado?

¡Las clínicas privadas cuestan un dineral!

¡No me jodas, Carmen! ¡No me jodas! —El tintineo frenético de una campanilla interrumpió sus gritos.

Miró hacia la puerta—. Ya hablaremos en otro momento.

—Antes de cerrar de un portazo, dijo—: Solo un nuevo embarazo podrá cubrir tu deuda.

Ya no es posible abandonar el barco. Que se te meta en esa cabecita.

Yo me cubrí la cara con las manos, pero el repentino trajín en el chalet no me permitió lamerme las heridas. Algo gordo pasaba ahí fuera. Me arrimé a la puerta y oí a una de las luciérnagas gimotear. Angie le ordenó a Quin que pusiera el motor en marcha. Que había que ir a la clínica.

Un portazo y, después, silencio.

Tardaron horas en regresar, cuando ya estaba anocheciendo. Oí a la luciérnaga. No dejaba de disculparse.

—Vete a tu dormitorio y descansa —ordenó Angie—. Ya has oído a Sandemetrio.

Reconocí su frialdad. Su tono desprovisto de empatía y de cariño era el que, desde hacía una semana, utilizaba para dirigirse a mí.

No cabía duda: esa luciérnaga también había perdido su luz.

*

18:00

Los hermanos se habían quedado tocados tras hablar con los padres de Marco.

Aquel crío había muerto de la manera más tonta y todo por un puto bolso.

Sin el operativo policial, el robo habría pasado inadvertido, o al menos los agentes no habrían arrinconado al chaval, forzándolo a arriesgarse a huir entre las rocas.

De no haber sido por el apuñalamiento del viernes, el chico habría huido, el encendido navideño habría continuado al segundo intento y seguramente alguien habría denunciado el robo, pero no se habría perdido ninguna vida.

Las preguntas ahora eran si el chico fallecido era responsable también del primer robo y si fue él quien acuchilló a Cecilia.

Los Verano habían conseguido grabaciones del viernes y, aunque no se lo veía con una nitidez perfecta, parecía el mismo individuo.

Eran las seis de la tarde. Aia miró a su hermano.

Estaba de pie junto a la pizarra. El resto del grupo y la subcomisaria Garo también lo observaban.

Qué cansado parecía. Qué ojeroso estaba.

No llevaba la vida del jefe de la UCI, pero cualquiera lo diría.

Pensó que, si no fuera por las horas que metía en el gimnasio de su casa, su cuerpo se mostraría igual de lánguido que el del médico.

—Cecilia Martínez de Gomar, nacida en Zaragoza y empadronada en Santander —leyó Julio mientras él lo anotaba en la pizarra—. La búsqueda de los familiares de Cecilia sigue sin dar resultados. Que el fin de semana se haya metido de por medio no ayuda en absoluto.

—Si mañana seguimos en las mismas —dijo Eloísa, mirando al oficial Oiasso—, te desplazas hasta Santander para hablar con sus vecinos.

—¿Creéis que los padres de Marco Aizpurua han dado coartada a su hijo para limpiar su nombre? —quiso saber la agente Maitane Agosto.

—Podría ser —opinó Aia—. Ya habéis visto que el chico parece el mismo de las grabaciones.

—Tal vez saben más de lo que cuentan. O incluso tienen que ver con el ataque.

—Yo no descarto nada —reconoció Martín—. ¿Qué habéis averiguado sobre la táser?

—Hemos estado en Baiona y, gracias a un colega gendarme, el dueño de la armería nos ha atendido hoy domingo pese a que tenía el establecimiento cerrado —explicó ella—.

El hombre nos ha dicho que es un modelo antiguo.

Se fabricaba hace tres décadas y se vendía única y exclusivamente en Andorra.

Es una pistola eléctrica de esas que se utilizan a corta distancia.

Las típicas que tienen los electrodos en la boca del cañón y dan las descargas de manera directa.

—Vamos, una táser más vieja que la pana —repuso Julio. El ertzaina no era muy alto, estaba calvo y era ancho como un toro. Ejercicios de fuerza durante más de una década y obsesión por los gimnasios y la alimentación.

—Puede que la víctima la comprara de segunda mano —apuntó Eloísa Garo—. O que la adquiriera en Andorra en los noventa y la tenga desde entonces.

—Es mucho tiempo —repuso Aia—. ¿Treinta años con un arma? ¿Por qué seguiría llevándola encima?

—Si conseguimos saber más sobre su pasado, es muy probable que averigüemos quién es su agresor o, al menos, el inductor del apuñalamiento.

—Si tiramos por la sospecha de los treinta años, encajaría que fuera un encargo. —Julio se crujió los nudillos—. El crío que se ahogó ayer solo tenía dieciocho. Y el que huyó el viernes, si es que no es el mismo, es de edad similar.