La última luciérnaga El Bacarot
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El Bacarot

Segunda semana de octubre de 1979

Se establecieron los dichosos horarios. Y fueron una decepción, porque yo perdí libertad y a cambio no gané ni un ápice de intimidad.

Desayunaba, comía, cenaba y daba una vuelta por el terreno cuando el matrimonio me lo dictaba.

El resto de la jornada lo pasaba encerrada en mi dormitorio. Bajo llave.

Ya tenía ganas de parir, y eso que el embarazo aún no había hecho más que empezar.

Me arrimaba a la puerta y pegaba el oído a la madera para escuchar a las otras luciérnagas.

Sus voces sonaban alegres, cantarinas. Yo me preguntaba si Angie las bañaría e hidrataría a diario como a mí.

Si se excitaría con ellas como conmigo. La que en el pasado consideré una diosa no disimulaba.

Se agitaba en cuanto sus manos entraban en contacto con mi cuerpo.

Una delgada línea separaba el enjabonado del toqueteo.

Yo lo distinguía cuando la cruzaba, pero nunca me atreví a frenarla.

Una madrugada me despertó un intenso dolor pélvico que se extendía hacia la zona lumbar.

El embrión llevaba dos semanas en mi útero y era la primera vez que sentía algo así.

Me encogí sobre mí misma, buscando una postura que mitigara las molestias, pero no funcionó.

El corazón me latía deprisa. Lo notaba palpitar en el estómago, en las sienes…

No sabía qué me pasaba. De repente, noté humedad en las braguitas, como las llamaba Angie.

Encendí la luz y pasé los dedos por el tejido.

El rojo brillaba en las yemas. Me dirigí a duras penas hasta la puerta cerrada con llave.

Me costaba andar a causa de los pinchazos.

¿Me estaba bajando la regla? ¿Mi cuerpo había rechazado la fecundación?

—Angie, Angie. —Me arrodillé y me agarré el vientre. Me costaba proyectar la voz—. Quin.

Al otro lado de la puerta, el silencio era absoluto.

Recordé que el matrimonio me había dejado una campanilla en la mesa de noche por si necesitaba que alguno de los dos acudiera.

La localicé. La poca distancia que me separaba de ella se me antojó kilométrica.

Avancé a cuatro patas, me erguí como pude para cogerla y allí, recostada contra una pata de la cama, la agité durante cinco largos minutos.

Angie abrió la puerta. Tenía la melena oscura alborotada y llevaba una bata negra de estampado oriental. No sé si yo deliraba por el dolor o por la necesidad de que me atendieran, pero el caso es que la vi más hermosa que nunca.

—¡Querida! ¡Querida! —Clavó las rodillas en el suelo, junto a mí.

Dejé de agarrarme el vientre con una mano para señalar la entrepierna. Los zafiros de Angie se movieron en esa dirección.

—¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado? —preguntó Quin, cruzando el umbral—. ¿Por qué está sangrando?

A causa de la campanilla, me pitaban los oídos.

—Hay que llevarla a la clínica. Llama a Sandemetrio y dile que nos espere allí.

De camino me quedé dormida en el coche. Los dolores habían cesado y mi cuerpo se desplomó hasta alcanzar la paz.

Quin y Angie me sacaron del vehículo. Sandemetrio y Lefèvre aguardaban en la puerta con una silla de ruedas.

Yo estaba tan atontada a causa del agotamiento que me enteré a medias.

Análisis de sangre, examen pélvico, ecografía, susurros…

—Ha sido un aborto espontáneo muy temprano —explicó el ginecólogo.

—¿Y qué hacemos con ella? —quiso saber Quin.

—La expulsión ha sido completa, no será necesario el raspado. Llévenla a casa.

Intercambiaron alguna frase más que no logré oír. Solo el final de la conversación.

—No es tan sencillo. Por un lado, la paciente necesita entre uno y dos meses para recuperarse. Y por otro, la madre intencional tiene que querer someterse a otra laparoscopia. La decisión no está solo en nuestras manos.

—Pero… —murmuró Quin.

—Buscaremos una solución —zanjó Angie—. Mañana hablamos, Sandemetrio.

*

14:00

Los padres de Marco Aizpurua reconocieron el cuerpo y entraron en estado de shock.

Durante la noche le dieron la importancia justa a que su hijo no volviera a casa, porque salía todos los sábados con sus amigos y llegaba bien entrada la madrugada.

Tenía dieciocho años y estudiaba mecánica en Don Bosco.

Era un chico normal. Con los hermetismos típicos de la edad.

Los hermanos Oiasso condujeron al matrimonio a una oficina pequeña y cálida. El despacho compartido del equipo de investigación carecía de la intimidad que requería aquel encuentro tan delicado.

—Y por eso no denunciamos su desaparición hasta… esta mañana —explicó el padre, deteniéndose en cada palabra, con la mirada perdida—. Creíamos… que tarde o temprano… regresaría.

Una mesa, cuatro sillas y luz tenue.

—No puedo creer que sea verdad —murmuró la madre con la voz tomada. Tenía los ojos cerrados y la cabeza gacha—. Que el mar nos lo haya quitado para siempre.

Aia se llevó la mano al vientre. ¿Habría un dolor mayor que el que estaba sintiendo aquella pareja? Un repentino malestar le recorrió todo el cuerpo.

—¿Con quién estaba en… el paseo Nuevo? —vaciló el padre—. Nos extraña que ninguno de sus… amigos nos avisara. ¿O es que estaba… solo?

—De eso queríamos hablar con vosotros —dijo el oficial Oiasso—. El trágico suceso tuvo lugar ayer por la tarde, hacia las sie­te. Creemos que vuestro hijo robó el bolso a una señora justo antes de que comenzaran los actos previstos por el encendido de las luces de Navidad y huyó con él.

—¿Mi hijo? —La mujer elevó el rostro—. Eso no puede ser.

—Al parecer, corrió hacia las rocas para ocultarse. Cuando se vio descubierto —Martín tomó aire—, lanzó el bolso al mar y tuvo la mala suerte de que una serie de…

—¡No! Él no ha sido —lo interrumpió ella—. Tiene que ser un error. —Le agarró el brazo a su marido y le dio un tirón—. Diles que no es verdad.

Pero el hombre no reaccionó. Seguía con la mirada perdida y más aturdido, si cabía.

—Lamentamos lo que ha sucedido —intervino Aia. Durante el rato que llevaban en el despacho era la tercera vez que les daba el pésame—. Es mucha información la que estáis recibiendo y entendemos que tiene que ser muy difícil gestionar algo así.

—Está muerto. Mi hijo está muerto. ¿A qué viene esto de si es un ladrón o no? ¡Joder! ¿Es que no tenéis corazón? ¡Está muerto!

Martín carraspeó.

—Supongo que estaréis al tanto de lo que sucedió anteayer en el encendido de luces. —Se quedó callado para darles tiempo.

—El… apuñalamiento —susurró el padre.

—Veréis, no encontramos el bolso de la víctima y unos testigos afirman que vieron a un chico con un plumífero negro de capucha huir del lugar.

—¿Qué estás insinuando? —preguntó la madre, enfadada.

—Nada. Absolutamente nada. Y disculpadme si mis palabras os están ofendiendo. No es mi intención, ni mucho menos. Solo seguimos el protocolo de la investigación.

—El viernes mi hijo pasó la tarde con nosotros. —El padre de pronto habló con lucidez—. Estuvimos en Garbera comprando los regalos de Navidad.

—Sí —corroboró la madre—. Él y sus dos hermanas. Fuimos los cinco.

El oficial Oiasso calibró muy bien las palabras antes de hacer la pregunta. Necesitaban confirmar la información que los padres acababan de dar, pero no quería seguir hurgando en la herida.

—Fuimos antes de las seis —explicó el padre, evitando así que Martín se adelantara.

—Sí —continuó ella—. En cuanto salí de trabajar, pasé a buscarlos a casa y fuimos en mi coche. Cenamos todos en el centro comercial y no llegamos hasta las nueve de la noche.

Martín y Aia decidieron parar ahí. Averiguarían si lo que decía el matrimonio era cierto. Volvieron a expresar sus condolencias y los acompañaron hasta la puerta, no sin antes pedirles los contactos de los amigos de su hijo.

La madre, antes de irse y con las mejillas anegadas, les preguntó si habían visto a su hijo golpearse contra las piedras. Si lo habían visto sufrir.