El Bacarot
Primera semana de octubre de 1979
En el chalet volvieron a tratarme como si estuviera recubierta del mismo cascarón que un polluelo. Quin y Angie no escatimaron en cuidados y atención. Se volcaron en mí. En el embarazo de más de un millón de pesetas. Si yo iba a percibir aquella cantidad, ¿qué recibirían ellos? ¿Y el equipo médico?
«Entre el bebé y yo no habrá ningún tipo de vínculo genético»; era el mantra que me repetía una y otra vez.
Solo había pasado una semana y aún faltaban muchas más para que se me empezara a abultar el vientre, pero yo ya iba trabajando el desapego para que aquel trance doliera lo menos posible.
La criatura era una extraña que habitaría en mí, nada más.
Una bacteria, un parásito, algo ajeno. No se me informaría de si era niño o niña. Y lo prefería así.
—En unos días llegarán otras dos luciérnagas —me confesó Angie mientras me embadurnaba de crema. Quería a toda costa evitar que me salieran estrías, que el embarazo me dejara huellas en el cuerpo.
Yo estaba desnuda. A diario me pedía que me lo quitara todo; «braguitas incluidas», solía decirme al detectar mi pudor.
Obedecía y ella me observaba mientras lo hacía.
Después me recorría con las manos. Con el jabón, en la bañera.
Y con la hidratante, sobre la cama. Lejos de acostumbrarme, cada día me incomodaba más.
Quin iba y venía. Lo veía ir de aquí para allá, porque Angie siempre dejaba las puertas abiertas.
A veces miraba de reojo, pero nunca entraba.
—Dos nuevas luciérnagas, cuánto me alegro —dije. Y no mentía. Días atrás habría sentido una punzada de celos o de miedo por dejar de ser la única, pero necesitaba con urgencia otras personas que rompieran esa burbuja de tres.
—Sí, querida, aunque no llegarás a conocerlas.
—¿Por qué? —pregunté, decepcionada.
—Por el contrato de confidencialidad.
Lo entendí, claro. Éramos insectos. Bichos de luz. Sin nombre ni apellidos. No interactuaría con ellas, pero, al menos, mantendrían entretenida a Angie. Anhelaba algo de intimidad.
—¿Y cómo haremos para no coincidir por el chalet?
Me hizo tumbarme bocabajo.
—Estableceremos unos horarios. Tú no te preocupes por eso —murmuró al tiempo que me masajeaba las nalgas.
El aroma floral me revolvió el estómago. Pensé que a causa del embarazo. Pero qué va. Hoy en día ese olor sigue descomponiéndome.
Siempre lo asociaré a la perversidad. No me cabe la menor duda.
*
11:00
Todo volvía a confluir en el mismo punto. El cuerpo sin vida del chico había aparecido entre los puentes de la Zurriola y el de Santa Catalina, justo donde durante dos días consecutivos se había programado el encendido de luces navideño.
Aquello no podía ser cierto.
Un apuñalamiento, avalanchas humanas y un cadáver. El Teatro Victoria Eugenia y el Hotel María Cristina, dos de los edificios más emblemáticos del área romántica de Donostia, testigos del horror. El contraste resultaba obsceno. Celebración y muerte en el mismo escenario.
La zona estaba acordonada y habían cubierto un pequeño espacio para evitar miradas indiscretas.
Los hermanos Oiasso mostraron sus credenciales para que les permitieran acceder.
El chico se encontraba sobre la acera, inflado por haber estado horas en el agua y con la cara llena de contusiones.
El plumífero negro parecía marrón a causa del fango.
La víspera lo habían tenido tan cerca… Tan vivo…
Fue el mar quien se lo llevó, y lo habría arrastrado se hubiesen hallado presentes o no, pero los aguijonazos de culpabilidad pincharon con saña a los dos hermanos.
—Qué tres días llevamos —exclamó Eloísa a modo de saludo. Se detuvo junto a Aia, frente al cadáver.
—Las olas no nos permitieron trincarlo y ponerlo a salvo —dijo Martín con voz ronca. Se miró las manos—. Debería haberlo agarrado del plumífero bien fuerte y arrastrarlo hacia el paseo. Qué mala suerte. Fue cuestión de segundos.
—Hicisteis lo que pudisteis. —Eloísa se ajustó la bufanda alrededor del cuello—. Doy gracias por estar delante de un cuerpo y no de tres. De haberos encontrado en las rocas, ahora mismo estaríais muertos.
Se quedaron callados. La bruma húmeda y pegajosa le daba a la escena un aire lóbrego.
—¿Se conoce su identidad? —preguntó Aia.
—Sí, llevaba la documentación encima. Se llama Marco Aizpurua. Sus padres denunciaron su desaparición hace unas horas. —Los hermanos se miraron—. Id yendo a comisaría. En un rato hablaremos con ellos.