El Bacarot
Finales de septiembre de 1979
Recuperar los mimos de la pareja me hizo olvidar todas las dudas.
Disponía de la mejor comida y de un techo bajo el que dormía a pierna suelta.
Fueron un par de semanas de ensueño. Le pedí a Carmen la Vila que me esperara solo unos meses.
Que ahora tenía que concentrar toda mi energía en el asunto de la concepción.
Y que eso me permitiría sacarla de la celda donde estaba encerrada.
Angie, Quin y yo fuimos en el Chrysler al Hospital General de Dios.
El otoño acababa de comenzar, pero un sol obstinado, casi veraniego, brillaba sobre la Costa Blanca y la llenaba de calor.
Nos recibió el director del centro, el doctor Sandemetrio, que estaba especializado en ginecología.
Era alto y desgarbado; tenía unos cuarenta años y las manos velludas.
Iba acompañado por una embrióloga francesa apellidada Lefèvre.
La mujer, de edad similar a él, era menuda y tenía el cabello fino y ralo.
Los suelos, las paredes y los muebles de la clínica privada eran blancos, como las batas de ellos.
Nos hicieron pasar a un despacho amplio y cómodo.
Los dos me explicaron que me quedaría embarazada mediante técnicas de fecundación in vitro, proceso que a mí seguía sonándome a ciencia ficción.
Desde que el año anterior, el 25 de julio de 1978, hubiera nacido el primer bebé probeta en el Reino Unido, habían logrado varios embarazos en mujeres con problemas de fertilidad en diferentes clínicas de Europa.
El doctor Sandemetrio había decidido dar un paso más allá y apostar por una tercera persona para que se encargara de la gestación.
Pensaba que ello podía aumentar las posibilidades de lograr un nacimiento sano.
Muchas de las mujeres demandantes llevaban años intentándolo de manera natural y los años seguían pasando.
La edad que tenían no era la óptima y por eso las probabilidades de éxito disminuían.
—Practicaremos a la madre una laparoscopia —explicó Sandemetrio—.
Es una operación que consiste en localizar y puncionar los folículos maduros para obtener los óvulos.
Horas después, se ponen en contacto ovocitos y espermatozoides, estos últimos donados por el padre.
Una vez comprobada la fertilización y tras asegurarnos de que el embrión evoluciona correctamente, entraría usted en escena.
—¿También me harán una operación? —pregunté, preocupada.
—No. En su caso es más sencillo y ni siquiera sentirá dolor —intervino Lefèvre con una sonrisa amable.
Tenía un marcado acento francés—. Nos limitaremos a introducirle el embrión fecundado en el útero.
A continuación, unos minutos de reposo en la camilla y a hacer vida normal, aunque cuidándose, claro está.
—Nosotros nos encargaremos de que no le falte de nada. —Angie me rodeó de la cintura con afecto. Me pegó el pecho a la espalda.
Sandemetrio me mostró un diagrama titulado «Transferencia embrionaria» en el que se explicaba todo el proceso. Cada órgano femenino estaba pintado de un color. Todos en tonos cálidos.
—¿Y ya?
Lefèvre volvió a sonreír.
—La primera parte sí. Después tendrá que encargarse de gestarlo durante nueve meses y, por último, dar a luz.
Y ahí dejaría de ser una luciérnaga, en cuanto entregara a la criatura. ¿Me apagaría al hacerlo? Me aterraba que la oscuridad me envolviera y me dejara completamente vacía por dentro. La decisión estaba más que tomada, pero yo seguía llena de dudas.
Me hicieron firmar un contrato de confidencialidad. Los padres intencionales querían máxima discreción.
Carmen la invisible.
El recipiente de oro.
—Queremos que le quede claro que entre el bebé y usted no habrá ningún tipo de vínculo genético —recalcó Sandemetrio.
Pero no mencionó el otro vínculo. Ese que no entiende de ADN y que cualquier diccionario lo define como lazo, conexión, unión.
Me explicaron que el embrión solo podía implantarse si mi útero estaba preparado y esperábamos al momento exacto de mi ciclo.
A comienzos de la semana siguiente, dos días después de realizar la laparoscopia a la madre, regresamos a la clínica.
Al llegar, los médicos nos dijeron que el embrión había evolucionado bien y que todo estaba listo.
Después, me tumbaron en la camilla y procedieron a la transferencia.
Quin y Angie no cabían en sí de júbilo. Ya estaba hecho.
Me llevaron de vuelta al chalet, que rebautizaron como Casa Luciérnaga mientras brindaban con unas copas de champán y yo con refresco de cola.
Estaban convencidos de que el nombre daría suerte.
Un lugar a medida, un nido en el que gestar en absoluta paz.
Angie me contó entonces que la obstrucción en sus trompas de Falopio la sumió en una noche eterna, hasta que un destello de claridad la sacó del abismo.
Fue al recordar las luciérnagas de su infancia iluminando el campo entre los árboles, señalando el camino a casa y envolviéndola en seguridad.
Por eso llamó así al proyecto. Las mujeres que no podían ser madres se sentían desamparadas, solas, perdidas, y ella quería que otras mujeres perdidas, como yo, fueran faros en su viaje.
Estas serían las que dieran luz —a luz—, las que guiaran a las demás.
—Siempre serás especial para mí, querida. Por muchas que vengan, eres la primera luciérnaga. Y eso es un privilegio para todos —susurró, dándome un beso de buenas noches.
Antes siquiera de que hubiera conciliado el sueño, los oí gemir en su dormitorio como a dos animales salvajes.
*
09:00
—¿Has logrado descansar? —le preguntó Martín a Aia en cuanto la vio entrar en el despacho.
Las ojeras de ambos, de un violeta intenso, delataban la falta de sueño.
—No mucho. No he sido capaz de quitarme al chaval de la cabeza en toda la noche.
—Yo no he dejado de pensar en lo que me dijiste —confesó. Estaba junto al ventanal, sentado frente al ordenador. La mañana volvía a estar acompañada por una neblina pertinaz—. ¿Te encuentras bien?
—¿Yo? ¿Por? —Ella lo miró y arrugó la frente.
—Me preocupa el meneo que te metió ayer el oleaje. —Le señaló la tripa.
—Tranquilo, estoy bien. No he notado nada raro.
—Estás de poco, ¿no?
—De mes y medio. Mañana tengo cita con la matrona. —Se quitó el abrigo y no mencionó la cantidad de dudas que tenía sobre si seguir adelante con el embarazo o no—. ¿Qué se sabe de Cecilia?
—Apenas nada. Nació en Zaragoza en 1961 y está empadronada en Santander. No tenemos mucho más. Un par de agentes han intentado contactar con sus familiares, pero todos son callejones sin salida. Espero que durante el día tengamos algún avance.
—Y el chaval sigue sin aparecer.
—Ayer poco se pudo hacer a causa del oleaje.
A última hora de la tarde el helicóptero se retiró sin resultados.
—Martín tenía el informe sobre la mesa—.
Ahora que ha cesado el temporal, hay un par de embarcaciones y un equipo de buzos rastreando la zona.
Tengo la esperanza de que lo encuentren. —Apagó el ordenador—. Ponte el abrigo.
—¿Adónde vamos? Ayer el día fue tan largo que ni recuerdo en qué quedamos.
—Al hospital, a hablar con el jefe de la UCI. Me he citado con él a las nueve y media.
—¿Y los Verano? —preguntó, cogiendo su bolso.
—Investigando la procedencia de la táser.
De la comisaría al Hospital Donostia apenas tardaron quince minutos en llegar. El médico los atendió en la propia sala de espera. Era cuadrada y espaciosa, con numerosas sillas alineadas contra las paredes. Aún no había comenzado el turno de las visitas y se hallaba vacía.
—Sentimos molestarte un domingo. Temíamos que no estuvieras aquí.
—Nosotros nunca paramos. —El hombre estaba delgado y tenía unas marcadas ojeras violáceas que le daban aspecto de cansado—. Esta unidad es muy exigente.
—Agradecemos tu tiempo —intervino Aia.
—Contadme qué queréis.
—Bueno, lo primero es decirte que la paciente se llama Cecilia y que tiene sesenta y dos años.
—Me alegra saberlo. Gracias por la información.
—Sigue inconsciente, ¿verdad?
—Sí. Le indujimos el coma para ayudar a reducir la actividad cerebral, disminuir el metabolismo cerebral y ayudar a controlar la presión intracraneal.
—Entiendo. —Martín sabía que, cuando un paciente ingresaba grave, lo mantenían en ese estado para que su cuerpo se centrase únicamente en sanar. Supuso que eso resumía lo que acababa de decir el médico.
—Se ha estabilizado —prosiguió el especialista—, pero en estos casos nunca se sabe. Debemos ser cautelosos y pacientes.
Martín Oiasso pensó que, más que delgado, estaba consumido.
—Una de las sanitarias que la atendió en la calle acudió a comisaría porque la víctima dijo unas palabras dentro de la ambulancia. ¿Es posible algo así? —preguntó Aia.
—Si el edema todavía no se ha desarrollado del todo, este tipo de pacientes puede llegar a hablar tras recuperarse del síncope.
—¿Podrías preguntar a tu equipo si dijo algo más antes de ser intervenida? —pidió Martín.
—Lamento no poder ayudaros en eso. Estuve presente en todo momento y aquí no dijo nada. Cecilia ingresó inconsciente.
Martín suspiró.
—De acuerdo. Gracias.
—¿Nos permites pasar a verla? —preguntó ella, mirando a su hermano.
—Claro, acompañadme.
El acceso a la UCI estaba restringido y, excepto durante el horario de visitas, solo podían entrar los profesionales sanitarios.
El médico les hizo desinfectarse las manos y ponerse calzas desechables y mascarilla.
Después, pasó una tarjeta y la puerta se abrió.
En el interior solo interrumpían el silencio los pitidos de las máquinas que monitorizaban a los pacientes.
Trajes rosas, azules y blancos. Boxes alineados y numerosas pantallas donde los ángeles de la guarda vigilaban las constantes vitales de los enfermos.
Aia pensó que era allí donde de verdad se obraban los milagros.
Conocía a una auxiliar que trabajó en la UCI durante la pandemia y, por lo que le había contado, fue durísimo, desbordante y agotador lidiar día sí y día también con la enfermedad y la muerte.
—Es aquí.
Los hermanos observaron a través de la puerta acristalada. Cecilia estaba bocarriba y conectada a mil máquinas.
—¿Puedo pasar? —preguntó Aia.
El médico consultó el reloj.
—Adelante. Tenéis media hora.
Aia se acercó. Recordaba sus rasgos, su melena cobriza, los tajos en el abdomen, la densidad y el olor de su sangre.
—Hola, Cecilia —susurró. Le acarició el hombro por encima de la sábana.
Su hermano la estudiaba a cierta distancia.
Su dulzura le golpeó el corazón. Era buena persona, también alegre y vivaz.
Se habían distanciado a causa de la grieta abierta entre los dos, que se ensanchaba con el paso de los años.
Aia se encontraba al otro lado y estaba bien.
Él se conformaba con eso. Envidiaba su forma de ser, su manera de disfrutar de las pequeñas cosas de la vida: sin metas exigentes, sin miedo. El día a día. El puto día a día.
Pese a que era tres años mayor que él, su inocencia casi infantil lo hizo sentirse un anciano. Y su compasión, un pedregal estéril. Un inválido emocional.
Ella, ajena a sus tormentos, lo miró con ternura, invitándolo a acercarse.
Él analizó la maquinaria que la rodeaba y se sintió asfixiado. Se aproximó al oído de su hermana.
—Tengo que hacer unas llamadas. Te espero fuera.
Aia Oiasso se quedó a solas con la mujer.
Pensó en lo frágiles que somos. En la soledad.
Cecilia llevaba treinta y ocho horas ahí metida, luchando.
Rodeada de desconocidos y de incógnitas.
Dos puñaladas y una táser en el bolsillo del abrigo.
¿De quién se protegía? ¿De ese chico engullido por la marea?
Elevó el rostro y vio a través de la puerta acristalada a su hermano regresando. Él le hizo un gesto urgente con la cabeza.
—He de irme. —Aia le pasó el dorso de la mano por la mejilla a la mujer—. Cuídate.
Se deshicieron de las mascarillas y las calzas y se encaminaron hacia la salida a toda prisa.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó ella.
—Los buzos han hallado el cadáver de un chico en la desembocadura del Urumea —explicó—. Y hace apenas media hora unos padres han estado en comisaría para interponer una denuncia por la desaparición de su hijo.
Tragó saliva. Ella era feliz en el puesto de irrati y no estaba acostumbrada a las trincheras. El suelo del hospital tembló bajo sus pies.