El Bacarot
Finales del verano de 1979
Metí mis cosas en la bolsa de viaje y bajé a la planta principal dispuesta a despedirme de Quin y de Angie. La mesa volvía a estar repleta de un suculento desayuno. Mi estómago, vacío. No cogí nada. Me costó horrores no hacerlo.
—¿Hola? —dije, rodeando el festín.
—Estamos aquí, querida —contestó ella.
Eché a andar y su voz me condujo hasta un despacho en el que nunca había estado antes.
Un escritorio de grandes dimensiones y dos sillones presidían la estancia.
Hasta ese día la puerta de esa habitación siempre había permanecido cerrada, pero hoy no.
Angie y Quin estaban sentados, uno frente a otro.
Sobre la superficie había una montaña de fajos de billetes perfectamente ordenada.
—Solo quería agradeceros lo que habéis hecho por mí antes de marcharme.
La alfombra de la estancia estaba arrugada. Yo estaba nerviosa y no me di cuenta, así que me tropecé.
—Te vamos a echar de menos, querida. —Angie se levantó y me estrechó contra su pecho—. Te he cogido mucho cariño.
Quin me dio dos besos y me deseó suerte. Me entregó un sobre.
—¿Y esto?
—Por los gastos.
¿Había dinero ahí dentro? ¿A qué gastos se refería? Lo abrí. No había billetes, pero sí un folio que saqué y desdoblé.
Bloqueé sin querer la entrada de aire al ver de qué se trataba. Era una factura. Las noches en el chalet, la gasolina, los desayunos, los helados, el cine y las comidas en los restaurantes no habían sido gratis. Tampoco los carísimos vestidos que Angie se empeñó en comprarme.
—Eh… Sabéis que yo… no tengo este dinero.
—Te las arreglarás para conseguirlo —dijo Quin con un tono alegre, desenfadado.
La pareja me había acogido y había corrido con los gastos de mi manutención.
Fui muy confiada, o una inconsciente, al creer que el acto había sido desinteresado.
Ya no sabía qué pensar. ¿Por qué no pregunté?
¿Por qué no me advirtieron? Quise decirle a Angie que lo de la ropa fue cosa suya. Me la regaló. Pero no me atreví.
Aún conservaba alguna moneda en la cartera. Podía llamar desde una cabina a Villajoyosa. Estrella no tenía ni una peseta, la pobre, pero mis padres sí. Custodiaban mi dinero. Ese que había ganado durante años con el sudor de mi frente.
—Dadme un par de días. Os pagaré todo.
—No hay prisa. —Angie me sonrió con afecto.
Agradecí que confiaran en mí, en mi palabra. Por fin el estigma de ladrona me daba una tregua.
Aquel mismo día yo podría haber huido, pero sabían que no lo haría.
Mi situación era lamentable. No tenía nada ni a nadie.
Me eligieron por eso y por mi forma de ser.
No daban puntada sin hilo. Era perfecta para sus planes.
Una presa fácil. Inocente y honesta. Sumisa, aunque con algún pico de rebeldía.
Esto último acabaría saliéndoles caro.
Me colgué la bolsa al hombro, di media vuelta y me alejé del despacho. El desayuno del comedor me llamó a voces desde la mesa. Me acerqué con sigilo y cogí un bollo de pan y una manzana. Las manos me temblaron al hacerlo.
El chalet estaba ubicado en medio de la nada, a nueve kilómetros de Alicante.
Seguí las rodadas que había dejado el Chrysler para llegar hasta la carretera.
Media hora andando bajo un sol abrasador, que parecía ignorar que el verano estaba a punto de terminar.
Los matorrales resecos del camino me arañaron las piernas y los pies sin ninguna compasión.
La primera parte del trayecto la realicé llorando y comiendo a la vez.
Casi ahogándome. Al llegar a la carretera me puse las gafas de Angie para ocultar los ojos hinchados.
Reparé en que no las había incluido en la factura.
¿Se habían olvidado o estas sí habían sido un regalo?
Caminé por el asfalto en dirección a Alicante con la esperanza de cruzarme con algún vehículo.
El primero tardó en aparecer. En cuanto oí el motor me detuve y levanté el dedo pulgar, pero este pasó de largo.
El segundo fue más piadoso. Frenó de golpe a mi lado.
Dos mujeres me miraron a través de la ventanilla y me acercaron hasta Alicante. La suerte por fin me sonreía.
Localicé una cabina y llamé a casa. Fue mi padre quien contestó.
—Soy Carmen. No me cuelgues, por favor.
—¿Qué quieres? —Su voz sonó hosca.
—Saber qué tal estáis.
—¿Tú qué crees?
—¿Está mamá contigo?
—¿Cuándo piensas volver? —La pregunta la lanzó ella. Los dos estaban al aparato. Me los imaginé con la cabeza pegada, como los había visto en otras ocasiones.
—No lo sé. Ahora mismo no tengo ni para el billete de autobús.
—Ah, entiendo —murmuró él—. Llamas por dinero. ¿O me equivoco?
—Papá…, yo… yo…
—No vamos a soltar ni una peseta. ¿Es que solo sabes pedir? Nos avergüenzas. Esa no es la educación que recibiste —repuso él.
—Mamá —dije entre sollozos, clamando su ayuda.
Oí su llanto alejándose del teléfono.
—Si decides volver, aquí no va a faltarte de nada. Hasta entonces, arréglatelas tú solita —concluyó mi padre antes de colgar.
Vagué por Alicante como alma en pena con la sensación de que jamás había sido libre. Mis padres me querían para ellos, para el futuro que llevaban años forjándome, y Quin y Angie para su negocio. Me horrorizó descubrir que la libertad de las personas era una cuestión de dinero.
No me atrevía a seguir buscando un empleo porque no estaba preparada para enfrentarme de nuevo a la etiqueta de ladrona que me habían colgado, pero qué otra cosa podía hacer.
Entré en hoteles, en tiendas e incluso en talleres de costura, pero todos me decían lo mismo, que estaban completos.
Una de las modistas me aconsejó que regresara de cara a las Navidades, que el trabajo siempre subía.
Pero, hasta entonces…, ¿cómo narices me las arreglaría?
En un arrebato de valentía me pasé por el apartamento para reclamar mi dinero. Para mi sorpresa, Sandra y las chicas ya no vivían ahí.
Miré escaparates, subí al castillo de Santa Bárbara, lloré frente al mar, acaricié a todos los perros que encontré a mi paso, comí medio bocadillo con el que me tropecé y dormí toda la noche agazapada en una esquina de la playa.
Pasé de la Carmencita niña que quería ser mujer a una Carmen adulta y sin techo. A una muerta de hambre.
No podía continuar así.
Barajé las opciones que tenía. Eran tres:
Volver a casa, con mis padres, y seguir el camino que marcaban los pespuntes de la Singer.
Regresar al chalet, gestar un bebé y marcharme a Madrid con un puñado de billetes.
O presentarme en el piso de Juantxo.
Estudié la última opción. En el País Vasco podía empezar de cero.
Buscar trabajo. Allí no me tildarían de ladrona.
Pero ¿entendería él que me quisiera mudar a Madrid en cuanto ahorrase algo de dinero?
¿Se sentiría utilizado? No quería decepcionarlo; tampoco descubrir que, como el resto, solo me quería para él.
Libertad. No deber nada a nadie. Madrid. Escuela de interpretación.
Un millón de pesetas y todo eso sería mío.
Volví a hacer dedo, a arañarme las piernas contra los matorrales, a pisar el jardín del chalet.
Toqué la carrocería roja del Chrysler. La chapa estaba caliente a causa del sol matutino.
Angie reposaba bocarriba en la tumbona. Me dio un vuelco el corazón al verla.
Sentía hacia ella un cariño indescriptible.
Era algo así como conocer a una diva en la vida real y que esta te quisiera.
Deseaba que me diera todo su amor. Que me contagiara parte de su elegancia y temple.
Me asomé como si fuera un zorrillo que vuelve al lugar donde en otras ocasiones le han dado alimento.
Angie se levantó al verme y me condujo de los hombros hasta uno de los cuartos de baño del chalet.
Ninguna dijimos nada. Llenó la bañera y me desnudó.
No sentí vergüenza. Me agarró de la mano para que me sumergiera.
El agua tenía una espuma blanca y brillante que olía a Heno de Pravia.
¿Qué aspecto tendría yo? Intuyo que lamentable.
Ella, sin embargo, resplandecía. El sosiego que transmitía me renovó.
Era la madre de las madres. Una diosa. Los músculos de su cara eran angulosos, como esculpidos por un artista.
Y sus ojos, dos zafiros extraídos de un yacimiento lejano.
—Quiero ser libre —atiné a decir—. Que me ayudéis a serlo.
Angie se enjabonó las manos y me recorrió con ellas.
Dedicó más tiempo a limpiar mi vientre y mis pechos.
Me rozó los pezones con la punta de los dedos.
Oí su respiración agitada. Descendió lentamente, esquivó el ombligo y se detuvo justo donde empezaba el nacimiento del vello púbico.
Acarició la línea con el dedo pulgar antes de retirarlo.
Yo lo interpreté como algo natural, dado que pronto sería madre. Me purificaba con su tacto.
—Estoy preparada para ser una luciérnaga, Angie. —Me sorprendí mirándola con la misma admiración que Quin.
Me abrazó mientras me secaba con una toalla. Bailó conmigo una canción muda.
—Qué feliz vas a ser —me susurró al oído—. Tú, nosotros y esos padres que aún ni sospechan la suerte que los aguarda.
En aquel momento, tan plena y extasiada, habría entregado mi útero a cambio de nada.
SEGUNDA PARTE
Donostia-San Sebastián
Domingo, 3 de diciembre de 2023
05:10
Salió sin ganas y muerta de sueño del apartamento turístico, pero disimuló muy bien para que María no se lo notara.
Brianna no había podido desobedecer sus órdenes.
Al fin y al cabo, y gracias a ella, dormía bajo un techo y no le faltaba de nada.
Si todo hubiera salido como habían planeado, el viaje a Donostia habría culminado con una buena recompensa que la habría ayudado a comenzar una nueva vida.
Suspiró. Aunque el dinero se alejaba de ella cada minuto que pasaba, no tenía intenciones de perder la esperanza.
Caminó hacia el local con las manos en los bolsillos.
Llevaba colgada del hombro una mochila con todas las herramientas adquiridas en la tienda de bricolaje.
La madrugada, húmeda, había caído y soplaba un aire gélido que le helaba la cara y la nariz.
María siempre le decía que era imposible que notara frío con la enorme capa de grasa que la recubría.
Meneó la cabeza. Qué sabría ella de lo que sentía. No tenía ni puta idea de nada.
La calle no estaba desierta del todo y eso la preocupaba. No podía forzar una puerta, y menos con su inexperiencia, con gente pasando. Daría unas vueltas y esperaría a ver cómo iba evolucionando el goteo de personas.
Consultó la hora: las cinco y diez. Solo lo intentaría si lograba no cruzarse con nadie durante quince minutos seguidos. Ese sería el plan y no se lo saltaría. Como bien le había aconsejado Nacho, ella estaba muy limpita y no debía arriesgarse.
Pasó por delante del local y miró la cerradura. Era del año de la pera. Por fin se topaba con algo positivo. Apostaba a que no sería muy complicado forzarla.
A las 5:57 apretó el paso y de nuevo puso rumbo al local.
Había llegado el momento. Se situó enfrente de la puerta y rebuscó en la mochila hasta dar con una tarjeta.
La sacó con dedos temblorosos. No supo si de frío o de nervios.
La incrustó en la ranura con la mano enguantada y la movió de arriba abajo mientras con la otra agarraba el tirador.
Como había imaginado, el método no resultó nada sencillo.
Unos murmullos y varias carcajadas la obligaron a alejarse a buen ritmo de allí.
Tenía la ansiedad por las nubes. ¿Por qué se sentía una pringada, obedeciendo órdenes que la ponían en peligro?
Llenó el estómago y los pulmones de aire y lo expulsó hacia el cielo, empañando las estrellas con el vaho.
Ojalá una simple exhalación velara el lodazal en el que estaba metida.
Regresó a los cinco minutos y sacó el manojo de llaves que había unido en una anilla.
Probó con la primera y el resto, al chocar entre sí, sonaron como si llevara una puta pandereta en la mano.
Se preguntó si había sido buena idea juntarlas todas.
Para su desgracia, no entró; tampoco las dos siguientes que introdujo.
Cuando iba a intentarlo con la cuarta, oyó más voces y volvió a alejarse.
Otra vez a andar, a disimular, a pasar frío y nervios. Era delirante.
Se tiró más de media hora caminando. Esperando un buen momento para retomar la tarea.
Por lo visto, a esas horas, muchos de los trasnochadores regresaban a casa; quizá volvían de alguna discoteca.
Brianna no conocía los hábitos de aquella capital vasca.
Después de dar vueltas como un tiovivo, decidió abortar el plan.
Se habían encendido las luces de varias casas y cafeterías, y los repartidores de pan y de prensa estarían al caer.
Regresaría al día siguiente. Si es que María no la mataba antes.