El Bacarot
Finales del verano de 1979
Todo cambió tras la conversación con Angie y Quin.
Ninguno volvió a mencionar el tema durante todo el día y el ambiente se llenó de un silencio tenso.
Yo no sabía de qué hablar, y ellos tampoco.
¿Mi reacción los había decepcionado? Vi a la pareja intercambiar varias miradas. Esperaban mi respuesta. Les urgía.
Por la noche di vueltas sobre la cama. Y, cada segundo que pasaba, lo hacía con más frecuencia y angustia.
El colchón, la almohada, aquella habitación medio vacía.
De pronto todo me era ajeno. Desconocido.
Me repugnaba y asustaba el espacio. No sabía si era una egoísta o si acceder a lo que me pedían me convertiría en una puta santa.
No, no lo sabía.
Mi cuerpo rechazaba la propuesta con todas las ganas.
Él hablaba por mí. La decisión la tomó enseguida.
No quería ser una luciérnaga. A él le daba igual decepcionar a la gente que le había dado cobijo.
Y eso mismo haría conmigo el bebé que gestase.
Me ignoraría, porque nunca sabría de mi existencia.
El bebé viviría con otros padres, con los propietarios de sus genes.
Sus dueños. ¿Por qué no adoptaban? Tantos niños sin hogar y ellos pagando por uno.
A medida. Una versión mini de ellos a cambio de un millón de pesetas.
Sería gente excepcional, si quería evitar a toda costa que se extinguiera su estirpe.
Bajé de madrugada para beber agua. Tenía la boca seca. Angie estaba sentada en el sofá fumando un cigarro. Le dio una calada. La punta, de un naranja intenso, brilló bajo el manto de la semioscuridad.
—¿Todo bien, querida?
Quise decirle que no, que nada iba bien. Que las piezas ya no encajaban, que flotaban por la falta de gravedad, que se me escurrían de las manos y escapaban en direcciones opuestas. Que los odiaba por lo que me habían propuesto.
—No voy a prestar mi útero —solté. Creo que fue la falta de sueño. La sinceridad del insomne es como la de un borracho y tiene la fuerza de un huracán.
—Claro, querida. Es muy respetable.
Nos quedamos calladas un rato. Y quietas, muy quietas. Yo con el vaso en la mano y ella con el pitillo.
—¿Tú tampoco puedes dormir? —susurré.
—Cuando estoy triste me cuesta conciliar el sueño. Ya pasará. —La oí suspirar—. Quin y yo confiábamos en ti. Estábamos convencidos de que eras buena y valiente. Me pregunto si nos has estado engañando todo este tiempo.
Sus palabras me sacudieron por dentro.
—¿Por qué dices eso?
—¿Robaste a las chicas? ¿Robaste en la discoteca?
—¡No! Yo no fui —respondí, horrorizada—. Tú misma lo dijiste. Me tendieron una trampa.
—¿El mundo contra Carmen o Carmen contra el mundo?
—Tú sabes que no haría daño a una mosca, Angie.
—Yo no sé nada, querida. ¿Por quién me tomas? —Se levantó y apagó la colilla en un cenicero de cristal que había sobre la mesa—. Ha quedado demostrado que no te conozco. Tampoco es de extrañar; al fin y al cabo, hace muy poco que has entrado en nuestra vida.
Yo la miraba, perpleja. ¿A qué jugaba?
—¿Qué quieres de nosotros, eh?
—Nada. No quiero nada.
—Vaya, yo no diría eso. Todos queremos algo y te recuerdo que aquí estás muy lejos de tus sueños. ¿No será que nos estás utilizando?
Los ojos se me humedecieron.
—Siento que pienses eso de mí. Mañana mismo me voy. No quiero ocasionaros más molestias.
—Claro. Mañana será otro día. —Se acercó y me rozó la frente con los labios. En ese momento, a punto de perderla, supe que la amaba de una manera irracional—. Intenta descansar, querida.
Me quedé un buen rato ahí, de pie, paralizada. Como si el beso me hubiera hechizado.
Cuando arranqué a andar me noté rígida. Los músculos se habían transformado en piedras.
Tragué saliva. Mi boca seguía seca.
*
20:00
Inés le había dejado a su hija unas mallas y una sudadera que utilizaba para hacer pilates y unas deportivas del treinta y siete. A Aia, que tenía dos números más, los dedos se le estrellaban, encogidos contra la punta.
—No importa, ama. Es solo para ir hasta casa.
Estaba sentada en el sofá de la sala tomando un cacao caliente. Inés enchufó un radiador y lo arrastró hasta ella.
Martín salió del servicio y se arrellanó a su lado. Llevaba puesto un chándal gris y amplio que el novio de su madre usaba para ponerse cómodo cuando pasaba allí alguna noche. La sudadera le quedaba corta de mangas y Aia reparó en que su hermano tenía las muñecas moradas.
¿Era de los golpes en el paseo Nuevo?
Él la descubrió mirándoselas y tiró de los puños para ocultarlas.
—Mira que Jacinto tiene mal gusto —bromeó Aia. Aunque su rostro reflejaba más tristeza que otra cosa.
—¿No quieres que te prepare algo calentito, hijo?
—No, gracias. —Consultó el teléfono. Ya se había desbloqueado. Marcó el número de Eloísa Garo.
—(…).
—Bien, bien. Los dos estamos bien. ¿Se sabe algo del chaval?
—(…).
Martín miró a Aia y tapó el altavoz con los dedos.
—Dice que no hay rastro de él. Han movilizado un helicóptero, pero con semejante temporal no pueden rastrear la zona con buzos y embarcaciones.
Su hermana asintió en silencio. La taza humeaba entre sus manos.
—(…).
—Crecieron de repente. Apenas nos dio tiempo a reaccionar.
—(…).
—Sí, lo sé.
—(…).
—Ah, ¿sí? Ahora mismo voy para allá.
—(…).
—En la Parte Vieja.
—(…).
—Yo preferiría…
—(…).
—De acuerdo. Eskerrik asko. Bai, bai. Bihar arte. —Guardó el teléfono—. En diez minutos nos recoge un coche en la parada de taxis del Boulevard para llevarnos a casa —explicó, levantándose—. Gracias por el modelito, ama. Dile a Jacinto que se lo devolveré.
La mujer los acompañó a la puerta. Se estaba recuperando bien del esguince y apenas cojeaba. Aia la notó nerviosa. Imaginó que se le hacía raro verlos juntos. Llevaba años soñando con que arreglaran sus desavenencias.
Se despidieron de ella con un abrazo y, a la altura de la parada de taxis, Martín comenzó a relatarle la conversación que había tenido con la subcomisaria.
—Dice que por fin han cotejado las huellas de la mujer. Se llama Cecilia Martínez de Gomar. Un equipo ya se está encargando de localizar a sus familiares. Ha insistido en que no nos quiere por allí hasta mañana, que nos limitemos a descansar.
—Bueno, por fin sabemos de quién se trata —dijo Aia, frotándose los brazos para darse calor—. Algo es algo. —Bajó el rostro y contempló las deportivas de su madre. Sus dedos agarrotados no dejaban de protestar—. ¿Crees que el chico de hoy es quien la apuñaló?
—No lo sé. —Se rascó la barbilla—. Parecía muy joven.
—Sí, qué horror. No me lo quito de la cabeza. Ojalá aparezca con vida.
Los hermanos se quedaron callados durante unos segundos, hasta que él carraspeó.
—Antes, cuando… estábamos ahí, bajo las olas… —La miró—. Me pareció entenderte que…
—Entendiste bien. —Aia se llevó la mano al vientre y se encogió de hombros.
Martín no se atrevió a preguntar nada más. No se sentía con el derecho de hacerlo. Él mantenía su relación sentimental con hermetismo y, además, hacía mucho tiempo que había puesto tierra de por medio entre su hermana y él.
¿Aia tenía pareja? ¿Llevaba tiempo queriendo ser madre?
Le dolió no tener la más mínima idea.