El Bacarot
Finales del verano de 1979
Angie mencionó la sigla FIV, de la que yo no había oído hablar en la vida.
Explicó también cómo se podía hacer muy felices a personas que se habían tenido que enfrentar a un terrible obstáculo.
Me pagarían bien, lo acordado, por prestar mi útero, por gestar la criatura de unos desconocidos.
Fecundación in vitro. Bebés probeta. Padres con problemas de fertilidad.
Lo describió como un acto de amor. De generosidad.
Hacía justo un año, había nacido mediante cesárea Louis Brown, el primer bebé traído al mundo por fecundación in vitro, en el Hospital General de Oldham, en Mánchester, el Reino Unido.
Desde entonces se estaban llevando a cabo tratamientos FIV en diferentes clínicas europeas y ya había varias mujeres embarazadas que daban esperanza a muchas otras parejas con problemas de fertilidad.
El milagro se había producido. La llegada del progreso era una realidad y las técnicas de reproducción asistida pondrían fin a muchos quebraderos de cabeza.
Yo, instintivamente, me llevé las manos al vientre. Noté el calor mientras Angie me hablaba con dulzura. Con una dulzura hipnótica. Era una embaucadora. Una líder.
—Queremos ayudar a varias parejas. A cuatro, para ser exacta. —Sonrió con bondad. No sé si fingía o si en realidad se consideraba una especie de santa—. Es gente de dinero que está dispuesta a pagar mucho para lograr el sueño de su vida.
—Todo sería a través de una clínica privada que hay en Alicante —intervino Quin—. Estarías en muy buenas manos. Allí cuentan con los mejores ginecólogos y embriólogos. Ese bebé no sería tuyo. Te introducirían los óvulos de la madre. ¿Comprendes eso?
Angie me arrancó las manos del regazo para estrechármelas y me dejó el vientre desprotegido. Me sentí profanada.
—Prestas tu cuerpo a un bebé para que pueda formarse, ya que el útero de su madre es un entorno hostil. Lo acoges. Es algo así como lo que hemos hecho contigo. El mundo a veces es cruel. A veces asfixia. ¿Qué me dices?
En ese momento a mí me faltaba el aire.
—Es mucha información —atiné a contestar.
—Claro, querida. Hacer el bien abruma. Es como si no cupiera en el pecho y quisiera salirse por la garganta, ¿verdad?
—Sí. —Había oído hablar de la inseminación artificial, pero no de la fecundación in vitro.
—Te preguntarás por qué trabajamos en esto.
No, porque ni siquiera lo había procesado. «Nadie da duros a cuatro pesetas». Un millón. Un millón. ¿Era poco o mucho para tamaño sacrificio?
No existía la palabra que definiera cómo me sentía, cómo se sentía mi pobre cuerpo.
Un recipiente.
De oro.
Para unos desconocidos.
Ni siquiera sabía si quería ser madre. ¿O eso no era ser madre? La deriva de la conversación empezó a confundirme. ¿Era una locura lo que me estaban proponiendo o era solo cosa mía?
—Yo no puedo concebir. —Angie interrumpió mis pensamientos—.
Tengo una importante obstrucción en las trompas de Falopio y en esa búsqueda, en ese ir y venir de clínica en clínica, lo vi claro.
De pronto lo superé. Me sentí bendecida.
Mi necesidad se transformó en otra cosa.
No quiero que nadie pase por lo que yo pasé.
Me llena mucho evitarles ese… calvario. Que sean madres si así lo desean.
Que vivan, que entreguen el amor como su alma grita. Esta es mi forma de hacerlo.
Angie no podía ser madre. Angie ya no quería ser madre. Angie quería que otras fueran madres. Las frases se me arremolinaban en la cabeza, me turbaban.
—Un embarazo dura nueve meses —explicó Quin, volviendo a la carga—, que puede parecer mucho…
, pero ¿qué son comparados con toda una vida?
Te supervisarían los ginecólogos de la clínica y te cuidaríamos como a una reina.
No tendrías que preocuparte de nada. ¿Y sabes qué es lo mejor?
Que el año que viene por estas fechas estarías en Madrid.
Angie no me soltaba de las manos. Tragué saliva.
—Con la satisfacción de haber hecho muy felices a unos padres —prosiguió ella— y un millón de pesetas, querida.
—¡La de puertas que puede abrirte ese dinero! —exclamó Quin—. Con él, tendrás lo que quieras, Carmen. Ayudas a otros a realizar sus sueños y a la vez consigues los tuyos. Ojalá todo en esta puñetera vida fuera tan sencillo y bonito.
Estaba a punto de desvanecerme. O yo no entendía nada o eran ellos los que no se enteraban.
—Me lo pensaré —susurré.
Pero tenía muy claro que no me prestaría a algo así. Mi sueño tendría que esperar. Lo haría a mi modo aunque me requiriera el doble de esfuerzo y el triple de tiempo.
Mi útero era mío. Y, tal vez en un futuro, de mis hijos. De nadie más.
*
19:00
De camino al paseo Nuevo los hermanos Oiasso repasaron en voz alta cada recoveco de la zona.
Urgull tenía algo más de ciento veinte metros de altura y contaba con varios accesos desde la Parte Vieja.
El individuo podría haber subido por cualquiera de ellos.
Intentarían averiguar si aún seguía ahí.
Los escondites eran numerosos: la maleza y los setos, las fortificaciones y murallas que una vez protegieron la vieja ciudad…
Otra buena opción era el Cementerio de los Ingleses, en una de las laderas que daba al mar.
Un hermoso camposanto que albergaba, en su mayoría, las tumbas de soldados de la Legión Auxiliar Británica que murieron defendiendo la ciudad en la primera guerra carlista, enterrados allí porque no podían descansar en cementerios católicos.
Con el paso de los años, las lápidas se habían ido fundiendo con la vegetación y el lugar conservaba un aire solemne y apartado, perfecto para alguien que pretendiera ocultarse.
Aia y Martín eligieron ascender por el camino de la plaza Zuloaga. Algunos compañeros vigilaban la zona y otros la rastreaban. Oficial y agente se identificaron para poder acceder.
—Si el tipo estuviera aquí, ya habrían dado con él —murmuró Martín con ese optimismo que desde hacía años tanto lo caracterizaba.
Llegaron hasta el Baluarte del Mirador, que ofrecía una amplia panorámica de la ciudad, y se apoyaron en la barandilla metálica.
Aia perdió la mirada en el paseo Nuevo. El mar estaba revuelto y la espuma de las olas más grandes saltaba por encima de la escollera.
Sobre ellos, la ikurriña ondeaba con fuerza a causa del viento.
—¿Y si se hubiese ocultado en las rocas del paseo? —dijo, señalando.
—Es peligroso. Han activado la alerta naranja por oleaje y se espera un temporal marítimo durante la madrugada.
—Por eso mismo. ¿Quién iba a sospechar que las ha elegido como escondite?
—Vamos a bajar, anda —dijo, serio.
¿Por qué estaba tan amargado? Tenía cuarenta años y refunfuñaba más que su padre, que ya era decir.
Había logrado sacarse el EGA, título nada sencillo de conseguir que certificaba el dominio total del euskera, y ascendido como la espuma en el cuerpo.
Vivía en una de las casas escalonadas de Bera Bera —con gimnasio y un precioso jardín repleto de hortensias—, el amor de su vida lo correspondía y no escatimaba en viajar por buena parte del mundo. ¿Qué era, entonces?
«Mándala a tomar por saco, Tintxo», quiso decirle.
Nuria era como esas avispas llamadas esmeralda que pinchan una buena dosis de veneno en la cabeza de sus víctimas, que viven como zombis mientras hospedan las larvas en su cuerpo.
Le había arrebatado a su hermano con su toxicidad de mierda.
Una vez que estuvieron abajo, cruzaron la carretera y avanzaron muy pegados al pretil con las linternas enfocando las rocas que había al otro lado.
Las olas, advirtiendo lo que se avecinaba, seguían golpeando contra ellas y salpicando el paseo como si se tratara de lluvia fina.
La marea estaba subiendo y en menos de una hora la fuerza aumentaría, por lo que ese tramo sería inseguro.
El teléfono del oficial comenzó a sonar. Se detuvo para contestar y una ráfaga de viento lo zarandeó. El salitre le irritó los ojos.
Aia sostuvo con fuerza la linterna para continuar enfocando varios metros por delante de sus pies y distinguió una sombra redondeada que se diferenciaba de las que proyectaban las piedras angulosas.
—En Urgull no hay ni rastro de él —le comunicó su hermano, acercándose—. Van a suspender la búsqueda y a cerrar el paseo. El temporal ha entrado antes de lo previsto.
Aia primero se llevó el dedo índice a los labios y después señaló la sombra.
—Vete a saber dónde está —dijo ella, disimulando.
Los dos estudiaron la figura que dibujaba la luz y percibieron un movimiento leve.
El oficial mandó un mensaje a los Verano.
Después, se llevaron la mano al arma de manera instintiva para asegurarse de que estaba en su sitio.
Ella dio unos pasos para enfocarlo desde el otro lado y descubrieron unos ojos brillantes que los miraban.
—¡Sal de ahí ahora mismo! —exclamó él.
La figura se movió rápido, tiró un bolso hacia el mar y se escabulló entre las rocas. Era un chico joven y llevaba un plumífero con capucha. Podía ser el objetivo.
—¡Mierda! —bramó Aia.
Lo siguieron en paralelo por el paseo.
—Joder, viene una ola —advirtió el oficial, oteando el horizonte. Las ondulaciones se acercaban como la chepa de una serpiente marina gigante—. ¡Sal de ahí, chaval, es peligroso!
Él hizo caso omiso y siguió saltando de roca en roca. Martín puso las manos sobre el pretil y, cuando estaba a punto de impulsarse para cruzar, Aia lo agarró del anorak y lo detuvo.
—Ni se te ocurra. No voy a consentir que te mates delante de mis narices —dijo con la voz quebrada.
Tras pronunciar aquellas palabras, el rugido ensordecedor del mar la obligó a girarse hacia las rocas.
El impacto de la primera ola los lanzó contra el suelo y rodaron por el paseo.
Martín gateó hasta su hermana y tiró de ella para ponerla a salvo.
Se agazaparon a los pies del pretil. La segunda ola se arqueó en el aire y esquivó a los hermanos, pero derramó tanta agua en la acera que rebotó contra ellos y flotaron durante milésimas de segundos.
—¡Quietos ahí! —gritó Julio Etxeburu, que había llegado a la carrera y se hallaba al otro lado—. ¡Viene otra!
Martín atrajo hacia sí a Aia y apretó con fuerza. Ella hincó la nariz en su hombro.
—Estoy embarazada —confesó antes de que la tercera ola golpeara con saña. Cayó contra ellos con tal fuerza que los separó y los revolcó en direcciones opuestas.
—¡Despejado! —gritó el ertzaina. Su voz consiguió oírse a pesar del estruendo del oleaje—. ¡Salid de ahí antes de que venga otra!
Los dos se pusieron de pie de un salto y, empapados hasta los huesos, corrieron hacia la falda de Urgull, donde los Verano y un grupo de compañeros los esperaban.
—¡Hostia puta! —gritó Martín—. ¿Estás bien? —Palpó a su hermana con nerviosismo.
—Sí, ¡sí! ¿Y el chaval? —preguntó preocupada a los Verano—. ¿Dónde está el chaval? ¿Alguien lo ha visto? —Ningún ertzaina contestó. A ella le colgaban gotas de las pestañas y no supieron si eran lágrimas o agua marina—. Eh, ¿me habéis oído?
—Yo he visto su silueta antes de que la barriera la primera ola —dijo Maitane Agosto.
—Estamos intentando localizarlo —contestó otro—. Los de salvamento marítimo vienen de camino.
Varios agentes estaban asomados desde las zonas donde el mar se mostraba más amable. Se unieron a ellos. Al otro lado de la barandilla y de la escollera la masa de agua se movía con violencia y la espuma blanca nacía y moría sin descanso.
Ertzainas y guardias municipales oteaban el horizonte con los hombros tensos, con la esperanza de encontrar al chico.
—Largaos si no queréis coger una pulmonía —sugirió Maitane—. Aquí poco vais a poder hacer ya.
Aguardaron unos minutos más con un nudo en la garganta.
—Vamos a casa de la ama —sugirió Aia. El salitre se le había metido en la herida que se había hecho la víspera en la mano y le escocía—. Está a dos pasos de aquí.
Al oficial Martín Oiasso le costó sacar el teléfono del pantalón vaquero, que se le adhería a las piernas como una ventosa. Pulsó el botón, pero estaba bloqueado. Lo reinició y miró a los Verano.
—Avisad a la subcomisaria Garo, por favor. Luego la llamo. ¡Qué puto desastre! —se lamentó, abandonando el paseo Nuevo.