Alicante
Finales del verano de 1979
Quin y yo repetimos la misma operación durante días, aunque esta vez acompañados por Angie.
La pareja me llevaba a Alicante y me espiaba mientras yo buscaba trabajo.
Y, si en algún negocio se interesaban por mí, se encargaban de boicotear un posible contrato.
Aprovecharon el tiempo en Alicante para llevarme a comer a los mejores restaurantes e invitarme a helados frente al mar, e incluso acabábamos la jornada en el cine, viendo alguna película al atardecer…
Me agasajaban para compensar mi mala suerte.
En teoría, se compadecían de mí. Me cuidaban.
Y eso era algo que yo añoraba por encima de todo: me faltaba el cariño de Estrella y de Juantxo, y la red de seguridad que mis padres habían sido siempre para mí.
Yo me notaba fuerte, aún segura de mis decisiones, pero el abatimiento me asaltaba de vez en cuando al recordar la estratagema de Sandra, todo el dinero que había perdido y lo absurda que me sentía al nombrar aquel sueño lejano de convertirme en actriz.
En momentos así, las atenciones de Quin y Angie se convertían en un bálsamo y me cegaban.
Las reprimendas de los pocos empresarios que accedieron a entrevistarme no tardaron en hacer mella en mí.
Yo no era una ladrona, como insinuaban todos.
No podía ser cierto que ese bulo hubiese corrido por toda la ciudad.
Estaba desesperada. Una noche me costó horas conciliar el sueño y la negatividad acabó tomando los mandos de mis pensamientos.
Jamás encontraría trabajo en Alicante. Y tampoco en otra ciudad, porque no tenía dinero para empezar de cero.
Era un círculo vicioso. Estaba atrapada.
Por la mañana me levanté agotada y ojerosa.
Quin y Angie me acomodaron a la mesa del comedor.
La estancia nada tenía que ver con la sencillez del dormitorio que yo ocupaba.
Aquí los muebles y la decoración eran exquisitos y estaban combinados en tonos marrones, teja y verde musgo.
Tenían el estilo de las casas que los famosos exhibían en las revistas del corazón y que tanto le gustaban a mi madre.
La pareja, como venía siendo habitual, había preparado para mí un surtido y sabroso desayuno que no pude rechazar. Pan, bollos, frutas, zumos, mermeladas… Los disgustos no me quitaban el hambre, sino todo lo contrario. Comía con ansiedad por dos o por tres.
El teléfono sonó mientras masticaba con los carrillos llenos. El agujero de mi estómago era colosal. Me avergonzaba, pero no podía parar. Los malditos nervios tenían la culpa.
—Dígame. —Fue Angie quien descolgó.
—(…).
—Claro, querida.
—(…).
—¡No sabes la alegría que acabas de darme! —Miró a Quin. Este se acercó a ella y la agarró de la cintura.
—(…).
—Los vas a hacer muy felices. No sabes cuánto.
—(…).
—Es que no puedes ni llegar a imaginarlo, querida.
—(…).
—Nosotros nos encargamos de prepararlo todo, tú tranquila. ¡Y de darles la buena noticia!
—(…).
—Sí, querida, claro que sí. El mes que viene está bien.
—(…).
—De acuerdo. En octubre te mudas aquí con nosotros para que no te falte de nada.
—(…).
Sentí una punzada de celos. En el chalet iba a instalarse alguien que respondía al «querida», como yo. Tenía la boca tan llena de pan con mermelada que me costó tragar.
—Gracias a ti. Qué ganas tenemos de acogerte.
—(…).
—Claro, querida. Cuídate mucho. Nos vemos muy pronto.
Tras colgar se abrazaron con gran ilusión y Angie lloró sobre el hombro de Quin.
Yo no sabía qué hacer. Adónde mirar. No me sentía cómoda siendo testigo de algo tan íntimo. Bebí un trago de zumo.
Angie debió de intuir mi inseguridad, porque se soltó de Quin y se acercó a mí. Posó las manos en mis hombros y me besó la cabeza.
—No sabes lo feliz que estoy —reconoció ella.
—¡Hay que celebrarlo! —exclamó él.
—Claro, mi amor. Pide mesa para tres en nuestro restaurante. Carmen se viene.
—Yo… no.
—Tú sí, querida.
Angie me sonrió con tal afecto que las ganas de llorar se me agolparon en los ojos y en el pecho. Mis emociones caminaban sobre una cuerda floja.
Qué sola estaba.
Sola y con el agua hasta el cuello.
Quin puso el tocadiscos y Háblame del mar, marinero, de Marisol, comenzó a navegar por la planta principal del chalet.
Angie me tendió la mano, animándome a bailar con ella.
Me agarró con cariño y me meció contra su cuerpo durante los minutos que duró la canción.
Sentí tanto amor… Los brazos de aquella mujer eran mi casa. Mi refugio.
La miré a los ojos y creí estar viendo el azul del cielo de Villajoyosa.
—La conversación telefónica de antes… —balbuceé—. Es… Se trata…
—¿Qué te pasa, querida?
—No, nada, es… que… nunca os he preguntado por lo del negocio.
—¿Y te gustaría saber de qué se trata? —Me acarició la mejilla con el dorso de la mano. Asentí en silencio y ella esbozó media sonrisa—. Pues ven, sentémonos.
Angie me contó entonces en qué consistía el proyecto que Quin y ella llamaban Luciérnagas, y yo me quedé de piedra. ¿Hablaba en serio? No podía creerlo.
Ese hermoso vaivén que la canción y sus brazos me habían causado se transformó en una zozobra que me turbó como no nada lo había hecho en toda mi vida.
*
18:30
En los alrededores del río, donde la víspera se había perpetrado el ataque, la expectación era máxima.
Algunos no apartaban la vista de la superficie del agua, a la espera de las actividades programadas; otros, los menos, vigilaban atentos por si se producía un nuevo altercado.
El encendido de las luces navideñas se había pospuesto al día siguiente, por razones obvias.
Aunque flotaba el recelo en el ambiente, la mayoría había acudido obedeciendo a las autoridades, que pedían calma y confianza en la investigación.
Acababa de anochecer, pero el cielo conservaba aún matices grises y blanquecinos a causa de la bruma, y la negrura del agua solo se veía interrumpida por los reflejos dorados de las farolas.
Aia estaba junto a Martín, entre la muchedumbre. Se imaginó que el bebé ya había nacido, que él ejercía de tío, que los tres estaban disfrutando de la tarde. No haber vuelto a saber nada de Adrián la hacía sentirse vulnerable. Necesitar más a los suyos.
«Vuelve a casa, Tintxo —pensó con nostalgia—. ¿Por qué sigues con esa gilipollas?».
Pero ahí no detuvo las recriminaciones. También las tenía para sí misma. ¿Por qué narices se había acostado con el tonto de Adrián? ¿Y por qué se había quedado embarazada? Era delirante. ¿Qué probabilidades había de que sucediera algo así? Cuarenta y tres años, un polvo, un condón y gol. Increíble.
Dio un paso para alejarse de Martín y se llevó la palma de la mano al vientre. ¿Le ilusionaba seguir adelante? ¿Ser madre? Una nueva etapa.
Los gritos los pusieron en guardia. Ellos estaban en el paseo de Ramón María Lili, cerca del puente de la Zurriola.
Estudiaron todo el perímetro. El jaleo venía del otro lado del río, del espacio que había entre la barandilla y el Teatro Victoria Eugenia, a unos doscientos metros de allí.
Sin pensárselo, echaron a correr y atravesaron el puente.
En su carrera de apenas un minuto dejaron atrás las seis imponentes farolas blancas y verdes coronadas por una preciosa bola de vidrio.
A Aia, desde niña, le parecían réplicas de faros de cuento.
Cada una de ellas estaba rodeada por una red de luces navideñas aún apagadas.
El caos había vuelto a desatarse. ¿Un nuevo apuñalamiento? Esta vez la avalancha había sido más violenta y una docena de personas intentaban levantarse del suelo. Varios compañeros que también se habían trasladado al lugar estaban tratando de poner orden.
Aia vio a un hombre tropezar con una mujer que estaba tendida en la acera, bocabajo. Lo ayudó a levantarse y se arrodilló para socorrerla.
—¿Está usted bien? —Le puso la mano en la espalda. Llevaba un abrigo color cámel. No localizó manchas de sangre en el tejido. La mujer sollozó. Temblaba—. Voy a girarla poco a poco, ¿de acuerdo?
—Ay, ay —se lamentó mientras Aia la movía.
La señora la agarró de los antebrazos hincándole los dedos. La pobre tenía el labio partido y en sus ojos había mares de miedo e impotencia. La agente Oiasso le abrió el abrigo, temiendo toparse con alguna cuchillada. Estaba limpia.
—Me ha dado un tirón en el bolso y creí que iba a apuñalarme también.
—¿Quién le ha dado un tirón en el bolso? —Aia echó un vistazo al suelo. No había rastro de él.
—Un chico. Lo he visto de refilón. He gritado y ahí he empezado a sentir los empujones de la gente. Creí que iba a morir ahogada.
—¿Le duele algo además de la cara? —Tenía un buen golpe en la boca, pero conservaba los dientes.
—No —reconoció, echándose a llorar.
Aia le dio un abrazo para calmarla. Sintió que atraía hacia sí a su propia madre. Se la imaginó sola en aquella situación.
—Tranquila. Enseguida la atenderán los sanitarios. —La meció con cariño—. Llore lo que tenga que llorar. Menudo susto.
—Sí, y más después de lo de ayer —susurró entre hipidos—. Qué horror.
Aia localizó a su hermano y le hizo un gesto con la cabeza.
—Le han robado el bolso —murmuró en cuanto se acercó—. ¿Qué tal los demás?
—Lesiones sin importancia. Varias personas han visto a un chico correr hacia el paseo Nuevo. Los Verano y un grupo de agentes han ido tras él.
Dos sanitarias se arrodillaron junto a ellas. Una era la misma que atendió el apuñalamiento de la víspera, la que se había personado en comisaría.
—Nos volvemos a encontrar, agente Oiasso —dijo la del chaleco fluorescente, meneando la cabeza.
Aia afirmó en silencio y soltó despacio a la mujer. El labio superior cada vez estaba más hinchado.
—La dejo en buenas manos.
—Gracias por aguardar a mi lado —dijo la mujer, apretándole las muñecas.
—No tiene que dármelas.
Su hermano le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Ella se la tomó y, pese a que las luces de aquella Navidad se hacían de rogar, los cascabeles de los trineos se agitaron en su interior.
—La descripción del chaval que dio la pareja del balcón a los Verano —dijo él, soltándole de la mano como si le quemara— es similar a la que han facilitado los testigos de hoy. Voy a hacer unas llamadas, por si ya lo tienen.
La irrati miró hacia el paseo Nuevo. El ladrón podría haberse metido por una de las calles de la Parte Vieja o haber seguido adelante para esconderse en uno de los pulmones de la ciudad. El paseo era un tramo costero que bordeaba el monte Urgull y salía al puerto a la altura del Aquarium.
—No han dado con él. Hay agentes vigilando todos los accesos. Vamos a acercarnos.
¿Y si era el autor de las puñaladas? Aia contempló cómo desalojaban la zona. Por segundo día consecutivo, las actividades habían quedado suspendidas.
—Un detestanavidades anda suelto en Donostia. —El tono de voz de su hermano era de todo menos burlón.