La última luciérnaga El Bacarot
28%

El Bacarot

Finales del verano de 1979

Dormí toda la noche de un tirón y me levanté con ganas de empezar de nuevo.

Me puse uno de los vestidos que me había regalado Angie, uno negro con cuello halter.

Me quedaba como un guante y me sentí como una diva.

«Carmen la Vila». Frente al espejo me llevé un bolígrafo a los labios y fingí que fumaba un cigarro mentolado.

Me hice un moño a la altura de la coronilla y lo sujeté con el falso pitillo.

Posé con las manos en las caderas, el rostro hacia un lado, hacia el otro.

Pensé en mi madre. De haberme visto, me habría reñido.

No le gustaba que vistiera tan ajustada.

Por mis manos habían pasado decenas de prendas como esa, pero ninguna había contorneado mi cuerpo así.

Bajé a la planta principal y desayuné solo un plátano. Tenía hambre, pero me daba mucho apuro abusar de la despensa de la pareja. Bebí un vaso de agua y salí por la puerta.

—¿Te vas? —Angie estaba en el jardín, tomando el sol en una tumbona. Llevaba un bikini negro con estampado de margaritas. Se bajó las gafas de sol hasta la punta de la nariz para mirarme—. ¡Dios mío, estás preciosa! —Se levantó y se cubrió con una camisa blanca holgada.

—Gracias. Voy a buscar trabajo.

—Déjame que te vea, querida. —Me tendió la mano para que se la diera y de inmediato me hizo dar una vuelta sobre mí misma, como si estuviéramos bailando—. Te faltan dos detalles para estar perfecta. Dame un minuto.

Entró en el chalet y salió con un esmalte color fucsia y unas gafas de sol grandes y cuadradas. Mientras me las probaba empezó a pintarme las uñas de las manos y de los pies.

—¡Estás de cine! —gritó Quin desde una de las ventanas. Me guiñó un ojo—. ¡Espectacular!

—Anda, baja y acerca a Carmen a Alicante.

—No quiero ocasionaros más molestias. Había pensado salir a la carretera y hacer autoestop.

—Eso es una locura. La más cercana está a casi media hora andando y apenas tiene tráfico. A mi marido no le cuesta nada. Así aprovecha para hacer algunos recados.

—En marcha —dijo Quin, saliendo por la puerta. Me guio hasta el coche—. Voy a ver qué quiere Angie de Alicante.

Lo observé retroceder hasta el jardín. La pareja intercambió unas palabras y se besó en los labios al despedirse. Ese gesto me hizo pensar en Juantxo. En lo mucho que añoraba su cariño. Me pregunté si su ordenada vida seguiría tal cual la dejó. La mía se había puesto del revés.

Me pateé Alicante durante toda la mañana bajo la atenta mirada de Quin, que me vigilaba de cerca, acechante.

No tuve mucho éxito en la búsqueda de trabajo. La temporada estival estaba llegando a su fin y a los empresarios les sobraban empleados más que necesitarlos. Solo en un restaurante se interesaron por mí y me pidieron que volviera a las cinco de la tarde para hablar con el encargado.

Me reuní con Quin al mediodía, como habíamos acordado.

Comimos en un bar del centro y le conté que solo había conseguido una entrevista.

Con una gran sonrisa me dijo lo mucho que se alegraba, pero yo en sus ojos vi otra cosa.

¿Qué era? ¿Miedo? ¿Enfado? ¿Asco? Le quité importancia.

Seguro que había malinterpretado su gesto.

Quin pretextó que tenía que seguir haciendo recados y no aguardó conmigo hasta la hora de la entrevista. Quedamos tras ella en el aparcamiento.

El encargado fue muy breve conmigo: «Me he enterado de que eres amiga de lo ajeno. Aquí no queremos ladronas. Lárgate y haz el favor de no volver a hacerme perder el tiempo». ¿La voz había corrido entre los empresarios como había augurado Angie?

De camino a casa, dentro del Chrysler, Quin fingió lo mucho que lo sentía.

Su mujer, con esa inteligencia sherlockiana que la caracterizaba, habría resumido en pocas palabras la realidad: que esa misma tarde su maridito se había adelantado a mi cita para hablarle mal de mí al encargado del restaurante y fin de la historia.

Pero, claro, eso no ocurrió, porque ambos estaban en el mismo barco.

En el chalet, ella sí que actuó como una profesional.

«No te preocupes, querida, algo te saldrá».

Su gesto reflejaba una preocupación que parecía sincera.

Los ojos de Quin, sin embargo, chisporroteaban como la traca final de los fuegos artificiales.

En su interior se celebraba una auténtica fiesta.

Yo no quise verlo. No podía permitírmelo.

La pareja tenía planes para mí. Y me ponía la zancadilla para que acabara aceptándolos.

El boicot en el restaurante solo fue la punta del iceberg.

*

17:00

La subcomisaria Eloísa Garo también hizo acto de presencia en la reunión de las cinco.

Los Verano, que habían pasado buena parte de la mañana y de la tarde hablando con los vecinos del paseo de Ramón María Lili, resumieron cómo les había ido la jornada.

Al parecer, tras el suceso, un matrimonio había visto a una persona huir a buena velocidad por Aguirre Miramón, una de las calles perpendiculares.

El caos que se vivió durante el apuñalamiento y la posterior avalancha fue tal que aquel era el único testimonio destacable.

—La pareja lo ha descrito como un joven delgado y ágil que vestía un plumífero negro con capucha —recalcó la suboficial Maitane Agosto. Era una mujer alta. La melena rizada le caía sobre los hombros.

—Encargaos de que el matrimonio venga mañana a comisaría y eche un ojo a las imágenes que tenemos —dijo el oficial Oiasso—. Tal vez reconozcan al chico entre la gente. Y sería interesante seguir los pasos de esa huida a través de las cámaras que encontréis por Aguirre Miramón.

—¿Qué tenéis vosotros? —preguntó la subcomisaria, dirigiéndose tanto a él como a su hermana.

—Hemos revisado las desapariciones en la base de datos euro­pea y ninguna mujer coincide con nuestra víctima —explicó el oficial—.

Tampoco con las que han interpuesto una denuncia por violencia machista.

Estamos a la espera de que los de la científica cotejen sus huellas con la base de datos de la Policía Nacional.

—¿Habéis sacado algo en claro del relato de los testigos?

—Gracias a unos y a otros hemos recreado el suceso tras la puñalada —respondió la irrati—. Por lo visto, la víctima se llevó la palma de la mano al abdomen y gritó al verla empapada en sangre. Los que la rodeaban se apartaron de golpe, iniciando la avalancha, y ella se desmayó de la impresión.

—Sobre el apuñalamiento no tenemos nada —continuó el oficial—. La gente estaba distraída mirando al río. Un testigo recuerda haberla visto cuando llegó. Según él, iba seria, casi preocupada, y buscaba a alguien entre la multitud.

—Las únicas grabaciones que tenemos del momento exacto de la agresión son las de tráfico que nos ha pasado la Guardia Municipal —intervino Aia—, las de la cámara de la plaza Euskadi.

Pero la imagen es demasiado abierta y no alcanza el punto exacto.

Además, había tanta gente que no se distingue nada.

Cabezas, abrigos, gorros, bufandas… Parece una congregación de hormigas.

La avalancha humana volvió todo muy confuso.

—La mujer sigue en coma inducido —informó Eloísa.

—Aia y yo tenemos previsto subir al hospital mañana por la mañana.

En la ambulancia recuperó la consciencia y dijo: «La última luciérnaga»; lo sabemos por el testimonio de la sanitaria de emergencias que la acompañaba.

Creemos que se trata de un delirio, pero queremos hablar con el equipo médico que la atendió durante la intervención y estabilización en el quirófano, por si dijo algo más.

También tenemos pendiente rastrear el origen de la táser que llevaba encima.

—Bien. —La subcomisaria consultó el reloj y dijo—: El operativo lleva ya media hora en marcha. Acudid al encendido y después marchaos a casa. Por hoy ya habéis hecho bastante.