La última luciérnaga El Bacarot
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El Bacarot

Finales del verano de 1979

El mismo día que Quin me rescató de la calle, por la tarde, Angie se ofreció a sacarme del chalet para animarme.

Yo estaba agotada porque apenas había dormido, pero accedí.

Me dio una vuelta en el Chrysler por la costa y me llevó de compras a Alicante.

El cielo estaba luminoso y claro y las esbeltas palmeras contemplaban un mar repleto de embarcaciones que el agua mecía con calma.

Recorrimos las calles, abarrotadas de gente —la ciudad siempre acompañada por ese vibrante ambiente vacacional—, y nos detuvimos delante del enorme escaparate de Galerías Preciados, pero no entramos.

Angie conocía las tiendas más chics y se empeñó en que me probara varios vestidos que después compró.

El matrimonio tenía dinero, eso era indudable.

Me contó que su padre era un importante empresario y que Quin y ella habían regentado varios negocios de hostelería, pero que los habían traspasado porque tenían la mirada puesta en nuevos horizontes.

No quise preguntarle aún de qué iba el nuevo negocio que tenían entre manos.

Seguía resistiéndome a saberlo. La frasecita de mi madre regresaba una y otra vez: «Nadie da duros a cuatro pesetas».

—Te veo mejor y me alegra —dijo Angie, encendiéndose uno de sus cigarros. Las dos estábamos sentadas en una terraza—. Te ha sentado bien salir.

—Os agradezco lo mucho que estáis haciendo por mí.

—Quin me ha contado que quieres ser actriz —mencionó mientras bebía un trago de su copa.

Le hablé de ello y nos embarcamos en una conversación sobre cine.

—Vaya, vaya. Compartimos la misma admiración por Pepa Flores —dijo.

Me emocionó saber que teníamos eso en común.

—El nombre de Marisol la infantilizaba, la lastraba, como a mí el de Carmencita. —Me llevé la pajita a los labios y sorbí mi refresco como una niña. Dieciocho años tenía. Y una ilusión y una inocencia que no me cabían en el cuerpo.

—Querida, ¿y cuáles son tus planes?

—Mañana mismo buscaré trabajo y empezaré de cero otra vez.

Angie, pensativa, sostenía el pitillo entre los dedos índice y corazón. Mientras, chasqueaba las uñas del pulgar y del meñique.

—No lo vas a tener fácil. Conozco la ciudad, y las malas referencias, más que correr, vuelan.

Me humedecí los labios. Sabían dulces, a bebida de cola.

—Aquí todos se conocen —añadió ella—, y más en el mundo de los negocios.

—Algo encontraré. Probaré suerte en bares y restaurantes.

—¿Y cómo ves lo de volver a casa? —Angie me tanteaba, quería saber cómo de frágiles eran mis apoyos. Medía mi vulnerabilidad. Aunque yo ni lo sospeché. Creía que solo se preocupaba por mí, nada más.

—Mis padres no me apoyan en esta decisión.

Están muy enfadados conmigo. Las pocas veces que los he llamado por teléfono, me han colgado.

Podría volver con ellos, pero no me gustaría rendirme tan rápido.

—Bajé el rostro para que no viera que estaba a punto de llorar.

No quería decepcionarla. Deseaba tanto, tantísimo, parecerme a ella…

Angie me tomó de la barbilla y me elevó la cara.

—Eres muy valiente, Carmen. Conozco a pocas chicas de tu edad que tengan tus agallas.

Tu bondad. —Su aliento olía a una mezcla de tabaco mentolado, carmín, ginebra y limón.

Me pareció tan distinguido que quise besarla para saborearlo—.

Quin lleva tiempo diciéndome que quiere ayudarte.

Ahora entiendo por qué. Eres especial y te mereces lo mejor.

Sus palabras me erizaron la piel. Me tenía a su merced y ella lo sabía de sobra.

*

16:00

A primera hora de la tarde, los hermanos Oiasso se repartieron la lista de los números de teléfono de las mujeres de entre cincuenta y cinco y sesenta años que habían interpuesto denuncias por violencia machista, por si entre ellas se hallaba la víctima.

Ya llevaban un buen rato con el móvil pegado a la oreja.

—El forense acaba de enviarme el informe preliminar —dijo él. Se levantó y encendió la impresora.

Ella oyó los sonidos mecánicos y perezosos del aparato.

—Solo me queda llamar a la última mujer de la lista —anunció ella—. Enseguida estoy contigo.

Aia marcó el número y observó a Martín, que estaba de pie.

Él tomó el folio que escupió la impresora y se apoyó en el escritorio para leerlo.

Llevaba un pantalón vaquero negro y un jersey gris.

Solía vestir así. Colores sobrios, estilo desenfadado y deportivas que desvelaban que en el pasado había sido, como buen donostiarra, aficionado al surf.

A la innombrable esa faceta nunca le gustó, por lo que no tardó en alejarlo de su hobby y, por lo visto, también de su estilo.

Un compañero de la comisaría de Zarautz le había contado a Aia que su hermano llegaba de casa vestido con zapatos y prendas más elegantes que, en cuanto cruzaba la puerta de los vestuarios, se quitaba y encerraba en la taquilla durante toda la jornada laboral.

¿Estaría Nuria al tanto de que se cambiaba de ropa nada más llegar al trabajo, ocultando la que ella lo obligaba a ponerse?

Imaginar la relación tan retorcida que Martín tenía con su novia ponía a Aia no solo de mala leche, sino también enferma.

—No la molesto más. Muchísimas gracias por atenderme —se despidió.

—¿Todo en orden? —quiso saber Martín.

—Por suerte, también está en perfecto estado —anunció—. ¿Algo relevante en el email? —le preguntó ella, poniéndose de pie.

La bruma había comenzado a levantarse y por fin se asomaba el tímido sol de diciembre. Lástima que fuera a anochecer en menos de dos horas.

—Poco. Cuando una víctima está grave, la prioridad es salvarle la vida y punto.

La presencia del forense es secundaria y lo que más les importa a los jueces es que en el informe ahonde en la gravedad de las lesiones para calificar los hechos.

—Él se perdió en el mar de palabras y tecnicismos antes de continuar—.

Describe las heridas a partir de lo recogido en los informes médicos y los tratamientos que se le han realizado.

Y no ha podido aportar mucho más. Encontrarse con las lesiones suturadas y desinfectadas imposibilita estudiar su morfología y también tomar muestras válidas de la zona.

Viene a confirmar lo que leímos esta mañana en el parte.

Que la hoja del cuchillo era de unos quince centímetros y que la trayectoria es descendente.

—El agresor estaba por encima. —Ella se arrimó a él y elevó un bolígrafo que bajó hasta dejarlo a un centímetro de su jersey gris, de su abdomen.

Percibió el discreto perfume de su hermano.

Recordó que aquel aroma también lo había elegido Nuria para él.

Le dolía cada vez que se daba de bruces con la triste realidad de que Tintxo era un muñeco en manos de la innombrable.

A Aia le hubiese gustado seguir con la recreación; siempre había sido bromista y juguetona, pero intuía que a él, que en aquel momento se hallaba inmóvil, no le estaría haciendo ni puta gracia.

Dio un paso hacia un lado y prosiguió—. El agresor es una de esas personas que aparece en las grabaciones. ¿Cuál de todas?

—Lo averiguaremos. —Martín le pasó la copia y, al hacerlo, se rozaron los dedos.

—Mujer de unos sesenta años, en buena forma y sin ninguna característica física destacable —dijo ella, alejándose un poco más—. El forense le ha hecho un raspado bajo las uñas, por si se defendió.

—No creo que le diera tiempo de nada en medio de aquel tumulto. Estaba toda la gente apretujada y distraída.

—¿Por qué arriesgarse? A mí no se me ocurriría agredir a nadie con tantos testigos alrededor.

—A mí tampoco, pero no le ha salido mal la jugada —opinó él, tomando asiento—. Una de dos: o lo tenía muy meditado y solo le vio las ventajas, o le urgía quitarla de en medio. Según uno de los testigos, la mujer parecía preocupada.

—Un aquí te pillo, aquí te mato.

Martín echó la cabeza hacia atrás y reflexionó con los ojos clavados en el techo.

—¿Urgencia u odio? —preguntó sin cambiar de posición.

—¿Se conocían? —lanzó Aia—. Quizá el homicida estaba obsesionado con ella.

—Sin saber quién es la víctima, no podemos investigar mucho más.

—Resopló—. Qué raro que no me hayan llamado los de la científica.

En teoría, iban a ir al hospital con el forense para tomarle las huellas y una muestra de ADN.

—Cogió el teléfono móvil, que estaba sobre el escritorio, y buscó en la agenda—.

Voy a meterles prisa para que las cotejen cuanto antes con la base de datos de la Policía Nacional.

Y a pedirles que nos dejen ver la ropa que se llevaron embolsada.