El Bacarot
Finales del verano de 1979
Quin y Angie me acogieron sin titubear. El matrimonio vivía en un chalet de tres plantas situado a las afueras del pueblo de El Bacarot, en la provincia de Alicante.
El propio Quin se encargó de recogerme en la playa con su coche, un Chrysler 180 rojo con el techo de vinilo negro.
Me prepararon algo de comida y dejaron que me instalara en una de las habitaciones.
Era austera y sombría. Una cama de noventa, una mesilla, un armario y una ventana protegida por una reja de rombos.
Me sentía tremendamente agradecida; también avergonzada. Ninguno puso en duda mi historia.
—Todo ha sido una estratagema, querida —dijo Angie, acariciándome la espalda. Los tres estábamos sentados a la mesa amplia y maciza del salón comedor—. Sí, estoy convencida. De la tal Sandra.
Angie tenía veinticinco años, dos más que Quin. Tras escucharme con atención, expuso su teoría con un razonamiento lúcido e inteligente. Sherlockiano.
—No encajabas, no eras una igual y por eso no le fue difícil jugártela.
No sintió el más mínimo remordimiento. El daño estaba más que justificado, porque quería o necesitaba el dinero.
—Tenía el cabello azabache, largo y abundante.
Se lo enrolló a la altura de la coronilla y lo atravesó con un lápiz para sujetarlo—.
Según has contado, el chico arrancó a sudar en cuanto lo sorprendiste.
Me temo que no entraba en sus planes que estuvieras en casa.
—Pero se supone que Sandra le dio la llave. Ella sí sabía que yo estaba en el apartamento. ¿Por qué se arriesgó?
—Sandra te consideraba una sosa y presiento que confió en que no saldrías de tu dormitorio aunque oyeras ruidos.
—Abrió una caja metálica y extrajo un cigarrillo—.
De todas formas, a ella le daba igual si descubrías al chico o no.
Solo le importa su pellejo y lo único que quería era que esa noche, la que tú librabas, desaparecieran las joyas del resto de las chicas.
Que las culpas recayeran sobre ti. Por eso fue la primera en echar en falta su anillo.
¿Casualidad? No, claro que no. Todo tenía que saltar por los aires esa misma mañana y encadenar el robo al de la discoteca.
El azul de los ojos de Angie era muy parecido al de su marido.
No es que fuera una mujer bellísima, pero llamaba la atención.
Era alta, delgada y la envolvía un halo de elegancia que apabullaba.
Con el tiempo entendí que gran parte de ese magnetismo se debía a lo mucho que se quería.
Angie se tenía en muy alta estima. Su adoración rebosaba por cada poro de su piel.
Entraba y salía de ella, se reciclaba, crecía.
Un circuito cerrado que engordaba su ego.
La miré embobada mientras encendía el pitillo.
Llevaba las uñas y los labios pintados de rojo.
Expulsó el humo hacia el techo y la estancia se llenó de un aroma mentolado.
—El chico no es su cómplice. Es su peón.
Un acólito. Y me jugaría el cuello a que no fue a él a quien entregó el dinero que robó en la discoteca.
—Quin la contemplaba con una admiración que yo jamás había conocido—.
Estoy segura de que utilizó a otro tonto que le besaba los pies para que sacara la pasta del local lo antes posible.
Cuánto sabía Angie de la cara más perversa de la naturaleza humana. ¿Sería consciente de que me estaba mostrando una radiografía de sí misma?
*
15:00
Eran las tres de la tarde y a esas horas la tienda de bricolaje estaba medio vacía. Brianna se había tragado numerosos vídeos de cómo forzar una puerta y ya era una experta, al menos, en la teoría. Se perdió en los pasillos y buscó sin prisa todo lo que necesitaba.
La primera opción era intentar abrir el local con una tarjeta de plástico de las muchas que tenía en la cartera; la segunda, emplear el llamado «método bumping», que consistía en meter una llave y aplicarle presión con un martillo.
Si ninguna de las técnicas funcionaba, entonces recurriría al taladro.
Perforaría el bombín por la zona de los pitones hasta romperlos y metería después un destornillador plano para abrirla.
Había descartado por completo lo de utilizar ganzúas, y eso que era una de las formas más viejas, pero su curso intensivo en internet no le había otorgado el nivel necesario para manejarla.
Procedería de noche y se cuidaría muy mucho de que nadie la viera. Confiaba en que así fuese. Donostia no era una ciudad grande y, aunque era sábado, ¿quién iba a andar por esa zona una madrugada de principios de diciembre? Si tras merodear no le daba confianza, lo dejaría para el domingo.
Cargó la cesta y pagó en efectivo. Se montó en la furgoneta y dejó la bolsa en el asiento del copiloto. Un buen surtido de las cerraduras más comunes para tener llaves de todo tipo, un taladro inalámbrico, brocas para perforar metal, un martillo y varios destornilladores planos.
Se retrepó en el asiento del vehículo y consultó el teléfono móvil. Se metió una chocolatina en la boca y la saboreó mientras perdía el tiempo en Instagram. Cualquier cosa con tal de no volver al apartamento turístico. Revisó los contactos y llamó a Nacho. En él podía confiar.
—¿Te pillo bien, amor?
—Claro, Bri. Ya te echaba de menos.
Ella le contó lo feas que se habían puesto las cosas y en qué situación se encontraba.
Sabía que Nacho no se llevaría las manos a la cabeza.
Su chico llevaba meses desempleado, pero, si le salía un trabajillo, ya fuera limpio o sucio, lo aceptaba.
Ambos pasaron la infancia en el mismo centro de acogida y fue allí donde se conocieron.
Eran dos supervivientes a los que las redes sociales habían vuelto a unir tras años sin verse.
—¿Crees que podrás entrar?
—Eso espero.
—Pero… ¿por qué iba a estar en el local?
—Lo hemos buscado aquí y allá. He llamado a hospitales, incluso a la morgue, pero no hay ni rastro. Su coche está en la plaza del aparcamiento privado del apartamento.
—¿Y crees que está detrás del apuñalamiento?
—Puede ser. Al menos es lo que sospechamos.
—Para mí que tu tío se ha pirao con la pasta, qué quieres que te diga.
—Yo también lo he pensado. Se lo mencioné a María y se lo tomó fatal. Está insoportable.
—¿Sigue metiéndose con lo que comes?
Ella no contestó ni se atrevió a decirle lo mal que la trataba.
—Eso es gordofobia, Bri, lo he leído por ahí. Si vuelve a hacerlo, mándala a tomar por culo.
—¿Qué tal está tu madre? —preguntó para cambiar de tema.
—Como siempre. Todo el puto día metida en casa. Ya sabes, sofá, tele y poco más.
La mujer fue alcohólica durante muchos años y, en cuanto se rehabilitó, sacó a su hijo del centro. Su vida y sus rutinas no eran las más saludables, pero al menos no había vuelto a recaer.
—Déjala que haga lo que quiera. Por lo menos no se mete contigo. Ella vive y deja vivir. Ojalá todos hiciéramos lo mismo. —Se chupó los restos de chocolate de la punta de los dedos.
—Si yo no le digo nada, pero me pone de una mala hostia… Parece una seta.
A Brianna la madre de Nacho le caía bien. Siempre había sido amable y cariñosa con ella. Además, tenía tres gatas a las que adoraba y eso era un punto a su favor porque Bri sentía devoción por los felinos.
—Tengo que dejarte, amor. No quiero ganarme otra bronca.
—Bri, tú estás muy limpita, no lo pongas en juego por María.
—No te preocupes. Sabes tan bien como yo lo mucho que necesito la pasta, pero no me arriesgaré hasta ese punto.
—Así me gusta. Vales oro, nena.
Brianna sonrió. Solo él la conocía. Solo él la hacía sonreír de aquella manera tan vibrante y bonita. Tan real.
—Te quiero, amor —dijo antes de colgar.