Alicante
Finales del verano de 1979
Al día siguiente mis compañeras empezaron a echar de menos joyas y dinero que guardaban en el apartamento.
La primera en hacerlo fue Sandra. Preguntó a voces si alguna había visto su anillo de oro, el que solía llevar en el meñique.
Yo estaba dándome un baño y las oí de fondo gritar y buscar aquí y allá.
—¿No lo habrás cogido tú? —Sandra irrumpió en el aseo.
Yo flexioné las rodillas y las rodeé con los brazos para cubrirme los pechos.
—No, para nada. —¿Por qué preguntaba tal cosa? Las maneras de entrar y de dirigirse a mí me parecieron invasivas, acusadoras.
Me midió con la mirada y después revolvió en los muebles del cuarto de baño. Salió sin decir nada más.
La búsqueda a diez manos sacó a la luz que no solo había desaparecido el anillo de Sandra, sino que también lo habían hecho un montón de objetos de valor.
Y de la noche a la mañana. «¡La medallita que me regalaron mis padrinos el día de mi comunión!»
, se lamentó una. «¡Yo tampoco encuentro mis pendientes de perlas!» , bufó otra.
Salí con el pelo empapado, envuelta únicamente con una toalla.
—Pero ¿qué ha pasado?
—Mira a ver si a ti también te faltan cosas —dijo Sandra—. Nos han robado. No ha podido perderse todo a la vez.
Entré en mi dormitorio. Yo no tenía joyas y guardaba mis únicas pertenencias de valor en una caja de hojalata de ColaCao. La abrí. Ahí estaba el dinero. Lo conté. No faltaba ni una peseta. Al girarme vi a Sandra observándome desde el quicio de la puerta.
—A mí no me falta nada —dije, violentada.
—Raro, ¿no? —La hembra alfa se coló en la habitación y se cruzó de brazos—. Nos han robado a todas menos a ti. ¿Tienes alguna explicación?
El resto entró también. La humedad del pelo se escurría hasta las puntas y me mojaba brazos y hombros.
—¿Yo? —Me vino a la cabeza la visita inesperada de su novio por la noche. No tenía ni idea de cómo se llamaba. Les relaté la historia tal cual la viví.
—¿De qué me estás hablando? Yo no tengo novio. ¿A quién te refieres?
Les hice una descripción física del chico y ellas empezaron a teorizar sobre si podía ser este o aquel. Por lo visto, Sandra tenía muchos amigos que revoloteaban a su alrededor.
—Descubriremos de quién se trata. Estate atenta esta noche en la disco, por si lo ves por allí.
E, inocente de mí, es lo que hice.
Mientras atendía la barra, vigilé sin descanso con una sonrisa tensa en los labios. Busqué con la mirada entre la multitud durante horas, pero no hallé ni rastro del chico.
La discoteca cerró a la hora de siempre y, como era habitual, todos los empleados nos quedamos recogiendo y reponiendo las cámaras.
Yo estaba agotada y aquella jornada que parecía no querer acabarse nunca se torció a más no poder.
Las voces me sorprendieron mientras barría el suelo.
Provenían de la barra. El encargado blasfemaba como un demente porque la caja no le cuadraba.
Faltaba dinero. Mucho. Solo los trabajadores teníamos acceso a esa caja y por ello entendió que el ladrón era uno de nosotros.
Nos cacheó y registró nuestras pertenencias. No encontró nada.
Vi a Sandra decirle algo al oído; después se encerró con él en el almacén.
El resto, que aguardábamos al otro lado de la puerta, los oímos hablar entre susurros.
A los pocos minutos pidió a mis otras cuatro compañeras de piso que entraran.
Ingenua de mí, creí que le estarían contando lo del robo en casa, lo del chico que abrió con llave y entró.
Cuando el encargado pidió hablar conmigo a solas, yo ya tenía preparada la historia para relatársela, pero ni siquiera me dejó empezar porque con ayuda de Sandra y de las demás había llegado a la conclusión de que yo era la responsable.
Había robado a mis compañeras y también en la discoteca.
Me exigió que devolviera el dinero, que le confesara dónde lo había metido.
Amenazó con denunciarme, pero la falta de pruebas le impidió hacerlo.
Me dijo que no volviera por allí y que se iba a encargar de correr la voz por los locales de la zona para que no encontrara trabajo.
Lloré como una Magdalena de camino a casa. No sabía cómo actuar con Sandra y las demás. ¿Cómo habían podido acusarme de algo semejante? ¿Por qué me trataban así? Las odiaba. Yo jamás había robado a nadie.
Cuando llegué al apartamento encontré mis pertenencias amontonadas en el rellano. La caja de hojalata estaba abierta. En su interior solo hallé una nota: «Cuando nos devuelvas todo lo que nos has birlado, recuperarás tu dinero. Hasta entonces, lárgate. No queremos ni verte».
Aporreé la puerta y les dije que yo no era una ladrona. Les imploré que me dejaran entrar. Que adónde iba a ir con cuatro duros en la cartera. Pero no obtuve respuesta y no me quedó más remedio que meter todo en mi bolsa de viaje y marcharme de allí.
Me refugié en la playa y frente al mar lloré de rabia y de impotencia. Barajé las opciones que tenía. Podía volver a casa o pedir ayuda a Estrella, si es que me dejaban hablar con ella. Pero lo descarté. Ojalá no lo hubiera hecho.
Me acerqué a una cabina y llamé a Quin.
*
14:00
Como ninguno de los dos propuso comer juntos, hacia la una y media se despidieron en la puerta de la comisaría con un breve y urgente «Nos vemos a las tres», antes de tomar rumbos opuestos.
Aia entró en casa con las manos, la nariz y los pies helados.
Antes de quitarse el abrigo abrió el frigorífico y se sirvió una buena ración de lentejas con patatas que luego metió en el microondas.
No tenía la menor idea de cuándo se empezaba con los antojos, pero ella llevaba tiempo con apetencia por los platos de cuchara y, a poder ser, bien calentitos.
La cocina estaba integrada en el salón y era el corazón de la casa.
Se puso cómoda, se sentó a la mesa y saboreó las legumbres humeantes.
Mientras las degustaba, pensó en su hermano.
Cuando se enfrascaban en el trabajo conseguían mirarse a los ojos y actuar con normalidad; el resto del tiempo la incomodidad asomaba y los bloqueaba de una manera absurda que no sabían —o no querían— gestionar.
Para no darle más vueltas al tema, encendió la televisión y puso un capítulo de Friends.
Era la cuarta vez que veía la serie desde el principio y no se cansaba.
Qué buenos ratos pasaba con aquella cuadrilla.
La hacían reír y desconectar. Sobre todo Ross, detalle que ni Tessa ni sus compañeros de trabajo entendían.
«¿Cómo puede ser Ross tu favorito?». «¡Es un tío muy tóxico!» , le decían.
Apuró las lentejas y se carcajeó de buena gana al verlo embadurnarse en crema hidratante para que le subieran unos pantalones de cuero ridículos. Era un incomprendido, el pobre, y qué mala suerte tenía.
Aquellas risas fueron un bálsamo para ella.
Qué falta le hacía desconectar de todo. Tenía la cabeza hecha un lío y aún no tenía claro si seguir adelante con el embarazo.
Qué tortura. Nunca se había enfrentado a una decisión tan difícil.
Si aquel espermatozoide no se hubiera colado, jamás habría sido madre.
A sus cuarenta y tres años, sin pareja a la vista y sin intención alguna de someterse a tratamientos de fertilidad, la maternidad había quedado fuera de sus planes hacía mucho.
Temió durante un tiempo que los años le trajeran arrepentimiento, pero enseguida se le pasó.
¿Acaso era una casilla indispensable entre las infinitas cosas que se podían hacer en la vida?
¿Algo obligatorio que experimentar sí o sí, aunque las circunstancias nunca te condujeran hasta su puerta?
Aia no era así: ella era feliz vinieran las olas que vinieran; no es que fuera conformista, es que sabía adaptarse.
Había salido con varios hombres, pero solo había tenido dos relaciones serias: una cuando aún era casi una cría y otra entre los veintiocho y los treinta y ocho.
Durante esa década, su pareja y ella sí barajaron tener hijos alguna vez, aunque sin prisa.
Ninguno imaginó que la vida se interpondría con tanta fuerza: la muerte del padre de él, los continuos cambios de trabajo que lo mantenían siempre en tránsito, los viajes soñados que preferían hacer sin familia…
El tiempo pasó y, con él, se fue apagando el amor que se tenían.
La ruptura dolió, pero fue de mutuo acuerdo.
Echar la vista atrás, sin embargo, no servía de nada.
La situación era la que era y ahora Aia tenía que mirar al frente y tomar una decisión.
Había hablado con sus padres, con su mejor amiga.
Aún le quedaban algunas balas más en la recámara.
Confiaba en que la visita a la matrona la ayudara a poner sus ideas en orden.
Recogió la mesa, se lavó los dientes y puso rumbo a la comisaría con una pereza de espanto. Tenía más ganas de pasar la tarde en la cafetería Central Perk, alejada de sus devaneos, que en ninguna otra parte.