La última luciérnaga Alicante
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Alicante

Finales del verano de 1979

Durante las siguientes semanas pensé mucho en la misteriosa propuesta de Quin, pero ni siquiera me planteé llamarlo.

No lo volví a ver por la discoteca y me figuré que estaría muy liado montando su negocio, fuera lo que fuese.

Era tanto dinero el que me había ofrecido que daba miedo incluso saber de qué se trataba.

Él había asegurado que no era nada indecente ni ilegal y esa información me había hecho descartar las drogas y el sexo.

¿Entonces? ¿Un millón de pesetas? ¿Qué diablo pagaría tal cantidad?

Tal vez algún excéntrico. O un demente. ¿Y a cambio de qué?

¿De mi alma? Un contrato en el que te comprometías a venderla. No, no podía ser.

Me tumbé en la cama. Era mi día libre y había estado toda la tarde descansando en la playa. Los turnos en la discoteca cada vez pesaban más. Al llegar al apartamento había cenado una macedonia de frutas y mi intención era dormir toda la noche de un tirón.

Cuando estaba empezando a conciliar el sueño, oí que abrían la puerta de la calle.

Me extrañó que alguien entrara a esas horas.

Todas las chicas trabajábamos en la discoteca y nunca librábamos la misma noche.

Me incorporé. Quizá alguna se había puesto enferma.

Salí de la habitación, por si necesitaba ayuda.

—¿Hola? ¿Ha pasado algo? —dije mientras avanzaba por el pasillo.

Mis compañeras y yo apenas teníamos relación.

Hablábamos lo justo tanto en el apartamento como en la discoteca.

Creo que me consideraban aburrida. Una pavisosa.

Me hubiese gustado contarles por qué no salía de fiesta, por qué esa obsesión con ahorrar, pero ni siquiera me habían dado la oportunidad.

Hacían piña y pasaban de mí. A mí no es que me preocupara en exceso.

Yo no estaba en Alicante para hacer amigos.

—¿Hay alguien? —insistí.

Un chico se asomó de una de las habitaciones. Era el novio de una de ellas. Los había visto enrollándose en alguna ocasión.

—Creía que no había nadie —aseguró, apurado—. ¿Te he despertado?

—No, tranquilo. ¿Todo bien?

La frente del chico se perló en sudor.

—He venido a por unos zapatos para Sandra. Se le ha roto el tacón en la discoteca. —Explicó sin mirarme—. Enseguida me marcho.

—¿Quieres que te eche una mano? —pregunté, entrando en el dormitorio.

—No, no —dijo elevando el tono.

Yo me quedé quieta; después retrocedí hasta el quicio de la puerta.

—Ya sabes cómo es Sandra con sus cosas —se excusó casi entre susurros.

—Claro, entiendo. —No conocía mucho a su novia, pero había observado que era caprichosa e impertinente, además de tener un carácter dominante. Desde el primer día que pisé el apartamento me quedó claro que era la líder de las chicas—. Me voy a descansar, entonces.

Me metí en la cama. De fondo lo oía trastear. El chico tardó casi media hora en marcharse. Cuando lo hizo, caí en un sueño profundo hasta la mañana siguiente.

*

13:00

Los hermanos visionaron más grabaciones de móviles, pero no hallaron nada relevante. También hicieron diferentes búsquedas en internet sobre «la última luciérnaga», e incluso sobre la luciérnaga, así, a secas, y no encontraron ninguna información que se saliera de lo previsto.

—Preguntaré a varios compañeros ya jubilados, por si les suena de algo —dijo él. Estaban trabajando en el despacho. Codo con codo.

Hicieron cábalas sobre la frase y lanzaron una lluvia de ideas. ¿Fue un delirio de aquella mujer desconocida o era un dato relevante? Quizá pertenecía a una secta. ¿Y si era un tipo de código? Pero ¿de qué? ¿Algo relacionado con el tráfico de drogas? ¿De personas? ¿Estaban ante un ajuste de cuentas?

—Yo me habría decantado por robo con violencia, pero lo de la táser desvía el caso.

Es poco probable que una víctima cualquiera llevara un aparato de defensa personal ilegal en el bolso como si nada.

Es una pista y al mismo tiempo un enigma que nos puede despistar, no sé si me explico…

—murmuró Aia, que se esforzó en llenar el aire de palabras con tal de romper el hielo y la tensión de la oficina.

Trabajar con Martín despertaba en ella sentimientos contradictorios.

Lo admiraba y lo quería, pero le costaba perdonarle lo mal que se había portado con ella.

Entendía que Nuria fuera el amor de su vida, pero lo que más le preocupaba no era su relación con ella, sino que, además de haberla visto enrollándose con otro tío, lo trataba como una mierda.

Por eso no dudó ni un momento en contarle a su hermano lo que había visto y lo que pensaba: que merecía algo mejor.

Martín reaccionó tan mal ante su sinceridad que Aia comprendió de inmediato que la innombrable también era la intocable.

—Estoy de acuerdo —dijo él—. La edad es un factor también determinante. ¿Qué hace una mujer de sesenta años con una táser en el bolso?

Habían revisado las desapariciones en la base de datos europea, por si alguien la había echado de menos y podían contactar con algún familiar o conocido, pero ninguna se ajustaba a las características de la víctima que se debatía, ingresada, entre la vida y la muerte.

También tenían un listado de mujeres en ese rango de edad que habían interpuesto una denuncia por violencia de género.

En cuanto hablaran con un testigo al que estaban esperando, se tomarían un descanso para comer y a primera hora de la tarde llamarían a cada una de esas mujeres, dando prioridad a las que les habían concedido una orden de alejamiento.

El oficial Oiasso recibió el mensaje de que el hombre ya estaba allí. Lo hizo pasar y, tras las presentaciones formales, comenzaron a tomarle declaración.

—Se hallaba usted cerca de la víctima, ¿verdad?

El testigo era un señor de unos setenta años. Se había sentado sin quitarse el abrigo informal azul marino.

—Al lado. Mi nieto y yo estábamos esperando a que comenzara el espectáculo. Me fijé en ella porque llegó más tarde y se metió entre la gente, como si buscara a alguien. Le hice un hueco y no volví a prestarle atención hasta que oí el chillido y noté va­rios empujones.

—¿El grito era de hombre o de mujer?

—Yo diría que femenino. Quizá de ella, pero no puedo asegurarlo. —Se quitó el abrigo y lo dejó colgado de la silla—. La muchedumbre se movió como la mar cuando se revuelve y yo cogí a mi nieto en brazos y salí de ahí lo más rápido que pude.

Aia se imaginó a su padre ejerciendo de abuelo con su hijo, protegiéndolo contra viento y marea, y la estampa la emocionó.

—¿Vio a alguien sospechoso?

—Fue muy confuso. Todos escapábamos de lo que fuera que estaba sucediendo allí.

En las grabaciones revisadas es lo que habían visto. Jaleo, caídas y sálvese quien pueda. En esa estampida la víctima se desplomó sobre el suelo.

—Algunos nos quedamos a pocos metros, pero otros pusieron pies en polvorosa.

Ese último grupo era el que más les interesaba a Martín y Aia.

—¿Recuerda a alguno de los individuos?

—Mucha gente mayor y padres con hijos. Yo también me retiré unos metros más en cuanto vi la sangre.

—Se subió las mangas del jersey—. Mi nieto no dejaba de llorar ni de preguntarme qué pasaba, por qué seguía esa señora tirada en el suelo.

La verdad es que no dejo de culparme por no haberla socorrido.

Sé que enseguida acudieron a auxiliarla, pero no sé…

, a veces se reacciona como se puede y no como se quiere. —Los miró—. Sigue grave, ¿verdad?

Aia pensó que era sensible, como su padre.

—Así es —contestó Martín—. Dice que le dio la impresión de que la mujer buscaba a alguien, ¿verdad? ¿Por qué llegó a esa conclusión?

—Porque apareció sola y miraba en todas las direcciones. Tenía el gesto serio.

—¿Se le ocurre algún detalle más? Cualquier cosa puede servirnos de mucha ayuda.

—Me dio la sensación de que, además de seria, estaba preocupada.