Alicante
Verano de 1979
Al día siguiente, Quin se presentó en la discoteca y vino directo a la barra, a mí.
Tragué saliva al verlo. Temía que hubiera malinterpretado la conversación de la víspera y deseara cortejarme.
Yo no quería iniciar una relación con ningún otro chico.
Estaba enamorada de Juantxo y, además, encontraba a aquel hombre algo mayor para mí, casi un viejo, pese a que solo tenía cinco años más que yo.
—¿Qué tal, Carmen? Ponme lo de siempre, por favor. —Tamborileó sobre la barra mientras le servía una cerveza. Por el rabillo del ojo vi cómo me observaba.
—Aquí tienes. —Deposité la bebida frente a él. Distinguí una alianza en su dedo anular y eso me tranquilizó.
—Oye, una cosa. —Echó un trago—. No dejo de darle vueltas a lo que me contaste ayer y me haría muy feliz ayudarte.
Ladeé la cabeza.
—¿Tú sabes la satisfacción que sería poder decir en un futuro que yo contribuí a que triunfaras? —prosiguió Quin. Le brillaban los ojos azules con la alegría de un niño.
—No entiendo nada. ¿A qué te refieres?
—A ver, Carmen, está claro que vas a llegar muy lejos.
—Me conformo con instalarme en Madrid. Eso ya sería la repera —bromeé mientras cogía un limón y comenzaba a cortarlo en rodajas finas.
—Yo creo que no eres consciente de tu potencial. Tienes unos sueños hechos a medida. Es que no te veo haciendo otra cosa.
—Bueno, eso ya se verá. Por lo pronto, estoy luchando por ellos.
—Claro, y es lo que debes hacer, pero has de tener en cuenta que el tiempo pasa volando. Es muy importante que aproveches la edad que tienes. Que cuanto antes triunfes y te consolides, mejor. ¿Has visto a Marisol? Está donde está porque lleva desde niña en la profesión.
—Sí, claro que soy consciente. Por eso no pierdo el tiempo. —El olor a cítrico lo invadía todo—. En cuanto ahorre lo suficiente, me iré.
—Y ahí es donde entro yo. Si conociera a un director de cine, te lo presentaría ahora mismo, pero, como no es así, la única forma que se me ocurre de ayudarte sería acelerando tu marcha a Madrid.
—¿Y cómo? —Dejé las rodajas de limón en un recipiente y me sequé las manos con un trapo.
—Mi mujer y yo estamos a punto de montar un negocio y si trabajaras con nosotros ganarías mucho dinero.
—Pero… ¿de qué se trata?
—De un millón de pesetas en menos de un año.
Abrí los ojos de par en par. Con esa cantidad casi podría comprarme un piso en Madrid y pagarme los estudios en la academia de interpretación.
—Eso es mucho. Muchísimo. ¿Qué tendría que hacer?
—Este no es buen lugar para hablar del tema. —Dejó una tarjeta sobre la barra—. Aquí tienes mi número. Llámame cuando quieras y te cuento todos los detalles.
Lo miré y titubeé. Mi madre siempre me decía que nadie daba duros a cuatro pesetas. ¿Un millón en menos de un año? Aquello no me cuadraba y me hacía desconfiar.
—Te agradezco que hayas pensado en mí, pero no… me interesa.
Él me estudió.
—¿Rechazas la oferta sin saber de qué se trata? ¿No creerás que te estoy ofreciendo algo indecente o ilegal? Me fastidiaría que pensases eso de mí. Yo solo quiero ayudarte, Carmen.
—Ya, ya, y te lo agradezco.
Los dos nos mantuvimos en silencio durante unos segundos.
—Bueno, tú quédate con la tarjeta, por si cambias de opinión. —La arrastró sobre la barra hasta mis manos—. Mi mujer y yo aún no hemos arrancado, pero en breve formaremos el equipo. Como ya te he dicho, pagaremos un dineral y sé que las plazas van a volar.
Guardé la tarjeta. Estaba humedecida de zumo de limón. Limpié la barra con el trapo.
—Ten. —Estiró el brazo y me entregó un billete—. De aquí cobras la cerveza y te quedas con las vueltas. —Me guiñó un ojo—. De propina.
—Vaya, gracias.
—Yo solo quiero que alcances esos sueños tan bonitos, Carmen. Que triunfes. Te mereces lo mejor.
*
11:00
El oficial y la irrati visualizaron numerosos vídeos confusos en los que solo se oían gritos y se veían cabezas, brazos y suelo borroso.
Tenían que agradecer que la avalancha humana no hubiera herido de gravedad a nadie.
Lo único que se apreciaba con nitidez era el caos, el peligro que habían corrido los que se encontraban allí y a Aia socorriendo a la víctima.
A media mañana decidieron parar cinco minutos para mover las piernas antes de retomar la actividad.
La irrati salió al pasillo y sacó un botellín de agua de la máquina.
El día había amanecido brumoso y se colaba una luz grisácea y tristona a través de las ventanas.
Al regresar al despacho, se topó con una mujer que le resultó familiar.
Dedujo que sería una de las testigos, pero lo descartó porque había otro dato que danzaba en su cabeza: un uniforme.
Sí, aquella persona no vestía de calle la primera vez que la vio.
¿De qué la conocía, entonces? Quizá era una compañera con la que se había cruzado en otra ocasión, una patrullera.
Pero también lo desechó y el motivo fue un color. El amarillo fluorescente.
Cayó en la cuenta.
—Eres una de las sanitarias que ayer estabilizaron a la mujer acuchillada en Ramón María Lili, ¿verdad?
—Sí. Yo también me acuerdo de ti. Hiciste un buen trabajo.
—Gracias. Por cierto, soy la agente Aia Oiasso. —Le tendió la mano—. ¿Te puedo ayudar en algo?
—Tus compañeros me han pedido que espere aquí, que enseguida me atiende el oficial del caso. Necesito hablar con él sobre la víctima. Igual es una tontería, pero no me quedo tranquila si no se lo menciono.
—Se encuentra en este despacho. Acompáñame, por favor.
Aia abrió la puerta e hizo pasar a la mujer. Martín le pidió que se acomodara.
—Me he enterado en el hospital de que no sabéis la identidad de la víctima y tal vez os pueda ayudar algo que dijo ayer.
—Nadie nos ha informado de que hubiera recobrado la consciencia —dijo el oficial, extrañado.
—Fueron unos segundos, en la ambulancia, de camino al hospital. Lo susurró y después volvió a desvanecerse.
—¿Y qué fue? —repuso Aia con impaciencia.
—«La última luciérnaga».
—¿«La última luciérnaga»? —repitió Martín mientras lo anotaba en una libreta.
—Así, tal cual. Lo dijo dos veces mirándome a los ojos…, no sé, como si… Pero yo lo achaqué al estado en el que se hallaba. Pobre mujer.
—¿A qué te refieres? ¿Te miró a los ojos de qué manera?
—Pues como si me estuviera dando una información de gran importancia.