La última luciérnaga Alicante
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Alicante

Verano de 1979

Después de despedirme de Juantxo y trabajar durante la noche en la discoteca, me pasé todo el día encerrada en mi habitación.

Sabía que ni los colores ni el ambiente de la ciudad me levantarían el ánimo.

Sin él, todo era monótono, un escenario.

Un lienzo donde el mar, la gente y el sol eran meros garabatos.

Me costó un triunfo levantarme de la cama y prepararme para enfrentar una nueva jornada laboral.

Arrastré los pies por Alicante y entré en la discoteca dispuesta a fingir mil y una sonrisas.

Me recibió la canción Chiquitita, de ABBA, pero el mensaje de la banda sueca de que volvería a bailar, a ser feliz, no me sirvió de consuelo.

Uno de los habituales de la discoteca, de esos que solían frecuentarla a primera hora de la noche, cuando solo había cuatro gatos, debió de notar mi tristeza. Se acodó en la barra y pidió una cerveza mientras me observaba.

—¿Va todo bien? —me preguntó en cuanto le di el cambio.

Yo apreté los labios y lo miré. Sus ojos eran tan azules como los de Juantxo. Quise morir. Afirmé en silencio.

—Ayer me dio la sensación de que te pasaba algo —prosiguió—. Si puedo ayudarte en lo que sea…, aquí me tienes.

No sé si fue porque me sentía sola, porque es más fácil sincerarse con un desconocido o por lo mucho que confiaba en las personas de ojos claros, pero el caso es que, sin mencionar a mis padres ni a Juantxo, le hablé de mis sueños y le confesé lo enfadada que estaba con ellos.

Él me escuchó atento y después me lanzó una sonrisa cómplice, comprensiva.

—Creo que el cine sería afortunado si contara con una actriz como tú. —Agradecí que la semioscuridad de la discoteca ocultara el rubor de mis mejillas—. Tienes una voz bonita y eres espontánea. Te comerías el escenario, o la pantalla.

Yo, haciendo alarde de esa espontaneidad, me carcajeé de buena gana. No supe si de nervios, vergüenza o ambas.

—¡¿Ves?! Ahí lo tienes. —Me señaló—. ¡Me encantas! Yo pagaría por ver una película protagonizada por ti.

—Pues muchas gracias —dije mientras secaba unas copas y las colocaba en su sitio.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, bebiendo un trago de cerveza.

—Carmen.

—Yo Quin. —Me tendió la mano y le correspondí—. Es que además eres preciosa. Tienes una belleza…, no sé…, mediterránea. —Fruncí el ceño—. Sí, sí. Ahora lo veo. ¡De diva italiana!

Sophia Loren, Ornella Muti, Claudia Cardinale… Ay, yo suspiraba por todas ellas y Quin supo muy bien cómo ganarme.

—¡Si hasta tienes la misma separación en las paletas que una de ellas!

Aquel cabrón sabía muy bien cómo meterse a la gente en el bolsillo.

*

08:00

Lo primero que hizo al levantarse fue consultar el teléfono, por si tenía notificaciones sobre el estado de la víctima. Martín le había enviado numerosos enlaces de prensa.

Una mujer en estado grave tras ser apuñalada en el abdomen en Donostia

El suceso tuvo lugar en el paseo de Ramón María Lili justo antes del encendido de las luces de Navidad

Una agente de la Ertzaintza, que se hallaba en el lugar de los hechos, le taponó las heridas y la auxilió hasta que llegó una ambulancia que se encontraba a pocos metros de allí.

Después de que las sanitarias la estabilizaran debidamente, la víctima fue trasladada al Hospital Donostia, donde ingresó y fue operada de urgencia.

La Ertzaintza investiga los hechos, cuyas circunstancias y auto­ría, por el momento, se desconocen.

Esta tarde está previsto que se lleven a cabo las actividades que ayer tuvieron que suspenderse: el espectáculo acuático de flyboards sobre el río Urumea, el concierto del Orfeón Donostiarra y los fuegos artificiales.

Desayunó, se dio una ducha, se echó un antiséptico a base de yodo en la herida de la mano y puso rumbo al trabajo para no llegar tarde a la primera reunión.

La comisaría se hallaba en el barrio del Antiguo, en la calle Infanta Cristina.

Era un edificio grande y gris, a tan solo quinientos metros de la playa de Ondarreta.

Más de una vez, al terminar de trabajar, Aia había aprovechado esa cercanía para comerse un bocadillo sentada en la arena, frente al mar y la isla de Santa Clara, o para caminar sin prisa hasta el Peine del Viento, escultura de Eduardo Chillida anclada en las rocas, al final de la playa.

Aparcó el coche, entró en la comisaría y avanzó rápido por el pasillo.

Estaba nerviosa, no podía negarlo. Ella era la irrati, la que atendía las llamadas.

Controlaba su trabajo porque llevaba cinco años haciéndolo.

El nuevo puesto la hacía sentir insegura y tener como superior a su hermano no lo ponía más fácil.

El equipo liderado por el oficial Oiasso lo completaban una suboficial y un agente, apodados los «Verano», con los que había coincidido mil veces en comisaría.

Sabía que llevaban años trabajando juntos en el grupo, pero desconocía quién bautizó a Julio Etxeburu y Maitane Agosto con aquel alias al que no les había quedado más remedio que acostumbrarse.

En cuanto se acomodaron en el despacho compartido, compuesto por cuatro escritorios y una larga mesa, llegó la subcomisaria Garo y se quedó de pie en una esquina con los brazos cruzados.

—Seguimos sin saber la identidad de la víctima y sin encontrar el arma —comenzó Martín, que estaba junto a la pizarra.

Desde hacía años llevaba la barba rasurada y el cabello corto—.

Dos cuchilladas en el abdomen y un golpe en la cabeza.

Esto último creemos que producido por la caída.

El equipo que la asistió ha hecho un buen parte de lesiones.

La posición y la trayectoria de las heridas descartan que se las provocara ella misma.

Y la profundidad indica que la atacaron con un arma de unos quince centímetros de hoja.

Ayer en el quirófano le suturaron las puñaladas y también le repararon la perforación del intestino causada por una de ellas.

Según el equipo médico, su vida corre peligro porque tiene un traumatismo craneoencefálico que le ha provocado un edema cerebral.

—Perdió la mirada en el informe que había dejado sobre la mesa—.

Está ingresada en la UCI y le han inducido el coma, entre otras cosas, para ayudar a reducir la actividad cerebral.

—Aia —intervino la subcomisaria—, ¿la víctima te dijo algo mientras la atendías?

—Estuvo inconsciente en todo momento.

—De acuerdo. ¿Qué tenemos hasta ahora? —preguntó, dirigiéndose al oficial Oiasso.

—Las grabaciones de varios testigos que se encontraban allí, al igual que Aia —dijo, anotándolo en la pizarra—, la ropa de la víctima y la táser.

Es importante analizar los vídeos e ir puerta por puerta, por si algún vecino de Ramón María Lili vio algo desde casa.

También hay que revisar todas las desapariciones en la base de datos europea y las denuncias por violencia machista.

Estamos pendientes de tomarle las huellas dactilares a la mujer para cotejarlas con la base de datos de la Policía Nacional.

¿Hace falta pedir permiso a la jueza? Lo digo por la Ley de Protección de Datos.

—No es necesario. En este caso no es de aplicación porque es en beneficio de la víctima —aclaró Eloísa.

—Bien. Aprovecharemos para tomárselas cuando vaya el forense. He hablado con él y me ha dicho que la jueza le ha pedido que se persone en el hospital para hacer un estudio de la paciente y un informe acerca de la vitalidad de las lesiones.

—Sí, que vaya con él un compañero de la científica. Cuanto menos mareemos a la señora, mejor —repuso la subcomisaria.

—Sé que la entrada a la UCI es muy restringida —dijo Martín—, pero no estaría de más que un par de agentes vigilasen la sala de espera al menos durante las horas de visita.

—Yo me encargo. —Eloísa Garo consultó el reloj—. Habrá que ponerse en marcha. Tengo una reunión en cinco minutos, pero estaré operativa, por si me necesitáis.

—De acuerdo. Otra cosa —dijo el oficial antes de que saliera del despacho—. Quizá deberíamos poner vigilancia en el encendido de hoy. No tenemos ni idea de si el agresor es un perturbado. ¿Y si esta tarde le da por repetir el numerito de ayer?

Aia pensó que detrás de la agresión no podía estar un detestanavidades. ¿O sí? No, no podía ser. Aquella mujer no ha­bía sido elegida al azar. Tenía una puta táser en el bolsillo del abrigo.

—Aviso al jefe de operaciones para que cubra la zona con su equipo y para que pida colaboración a la Guardia Municipal —dijo Eloísa, con un suspiro.

Tras la salida de la subcomisaria, Martín revisó unos papeles antes de organizar las primeras horas de la jornada.

—Yo me quedo con Aia visualizando los vídeos y tomando declaración a varios testigos que se han comprometido a pasar por aquí.

Vosotros dos hablad con los vecinos de Ramón María Lili y buscad cámaras de particulares cerca del lugar de los hechos.

—Los Verano asintieron—. Os quiero de vuelta a las cinco de la tarde.

Intercambiaremos los avances antes de ir al encendido de luces.

El sonido de las patas de las sillas rozando el suelo fue música para los oídos del oficial. Aquellos chirridos anunciaban que la investigación ya estaba en marcha.