La última luciérnaga Donostia-San Sebastián
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Donostia-San Sebastián

Sábado, 2 de diciembre de 2023

01:00

A la una de la madrugada, y tras buscarlo durante horas por la ciudad, Brianna volvió al apartamento de la calle Prim con más miedo que cansancio. Temía la reacción de María. Nunca estaba a la altura. Jamás. Deseó que se hubiese ido a dormir, que la dejara descansar sin reproches.

Abrió la puerta y se la encontró postrada frente a la ventana.

Parecía una mujer esculpida en piedra a tamaño real, como si formara parte de la decoración de aquel piso turístico.

Paredes blancas, fotos ampliadas de la costa de la ciudad, textiles en tonos azules, verdes y ocres, y esa aterradora figura de ojos crispados.

—Lo siento mucho… No hay rastro de él —anunció Brianna antes de que la asaltara a preguntas.

—¡Joder! Y sigue con el teléfono apagado o fuera de cobertura. ¿Adónde has ido?

Le relató la ruta que había seguido. Había recorrido la calle del local en varias ocasiones, con la esperanza de verlo salir o entrar.

—Tienes que mirar dentro, Brianna. El último mensaje lo envió desde esa zona. Él me aseguró que estaba allí.

—No es tan fácil forzar una cerradura.

—Pues compras lo que necesites para echar esa puerta abajo. Y miras algún vídeo en internet para averiguar cómo hacerlo. Lo que sea. ¿O tengo que decirte también cómo hacer tu puta parte del trabajo?

Brianna suspiró, agachó la vista y negó en silencio. Era veintiocho años más joven que María. Tenía cuarenta y uno, y fuerza y corpulencia suficientes para enfrentarse a ella y salir victoriosa, pero eso carecía de importancia. ¿Por qué no le plantaba cara? Se pasó la mano por la nuca y resopló.

—¡Siempre cansadísima! —voceó María—. ¡Siempre estresadísima! Ale, ábrete una bolsita de patatas fritas; parece que comer mierdas es lo único que sabes hacer. ¡Eso y engordar como una cerda!

—Ya vale, por favor. —Apretó los puños y enrojeció. La paciencia y el autocontrol de Brianna no tenían límites—. He hecho todo lo que me has pedido. Mañana seguiré con el plan. A primera hora llamaré a los hospitales para enterarme de si ha ingresado un hombre. Y a la morgue…

—¡Eso ni lo menciones!

—¿Llevaba la documentación encima?

—Supongo que sí.

—Daremos con él. —Brianna hizo ademán de ponerle la mano sobre el hombro, un gesto de aprecio o complicidad, pero la mujer esculpida en piedra se zafó con brusquedad.

—Acuéstate, anda —le ordenó.

—¿Y tú? —susurró, herida—. Deberías descansar.

—No —espetó sin mirarla, dirigiéndose de nuevo a la ventana—. Yo me quedaré un rato más, por si aparece.

Brianna estuvo a punto de echarse a llorar —sus desplantes nunca dejarían de dolerle—, pero se contuvo y optó por marcharse al dormitorio en el más absoluto silencio.