Alicante
Verano de 1979
Juantxo me dijo que, en cuanto tuviera vacaciones y dinero ahorrado, volvería a Alicante o viajaría allí donde yo estuviera.
Me escribió su dirección y yo la memoricé al instante.
«Prométeme que tú también intentarás venir a verme. Mi casa es tu casa, Carmen».
Me apreté la nota contra el pecho. «Claro que sí y, en cuanto me instale en Madrid, te escribiré. Tal vez podríamos quedar a mitad de camino».
Nos fundimos en un abrazo eterno. Los dos sabíamos que había posibilidades de que fuera el último. Nos separaban muchos kilómetros y la incertidumbre de la juventud, además de nuestros trabajos y mis sueños.
Decir adiós a Víctor, a Estrella y a mis padres reunió multitud de emociones dolorosas, pero despedirme de Juantxo me sumió en la tristeza.
¿Cómo era posible que en tan poco tiempo hubiera llegado a quererlo de esa manera?
Pasar de todo a nada me dejó hundida. ¿Quién iba a besarme y a acariciarme con la dulzura que solo él manejaba?
¿Qué ojos azules me contemplarían ahora?
Bajo su mirada me había sentido flotar entre el cielo y el mar.
Llamé a Estrella para desahogarme, pero ni siquiera me permitieron hablar con ella. Fue su madre quien cogió el teléfono y me dijo que su hija estaba castigada. Que ninguna de las dos habíamos obrado bien. Que no era una buena influencia para ella.
Aquella noche fingí todas mis sonrisas desde la barra. Y, en vez de pasear por la playa, vagué como un animal abandonado hasta llegar al apartamento.
Cuantísimos sacrificios me estaban exigiendo mis sueños.