Martes, 26 de junio de 1979 #2
No dejaba de ver el tajo en el abdomen, ni siquiera con los ojos cerrados. Una especie de labios finos, rectos, sin sonrisa, por donde se escapaba la sangre caliente como si fuera una interminable lengua líquida.
Aia se había desinfectado el rasponazo en el botiquín de la comisaría y lavado las manos a conciencia en casa, pero algún rastro seco resistía entre las uñas. ¿Qué habría sido de la mujer? Le había pedido a Martín que, por favor, le escribiera si la víctima moría; también si salía de peligro.
Pegó un bote al ver que le acababa de entrar un mensaje suyo.
La subcomisaria quiere que te unas al equipo de investigación
Que hayas sido testigo nos será de gran ayuda
Qué me dices?
Aia leyó varias veces el wasap. ¿Iba en serio?
Vale, sí. Claro. Contad conmigo
Perfecto. Te esperamos a las 9, en la primera reunión de la mañana
Que descanses
Igualmente
Bihar arte
Profesional y escueto. Ella tampoco se atrevía a actuar de otra manera. ¿Él también la querría en el caso o solo la subcomisaria?
Se llevó las manos al vientre. Si iban a trabajar juntos, tal vez debería contarle que estaba embarazada.
El teléfono volvió a vibrar. Esta vez era su amiga Tessa.
Te pillo bien para hacer una videollamada?
Qué locura de día!
Sííí
Tengo un montón de cosas que contarte
El tono de la llamada no se hizo esperar. Aia colocó el teléfono en un soporte de madera para dispositivos, se sentó a la mesa de la cocina y descolgó.
—¡Guapísima, qué ganas tenía de verte! —exclamó desde la pantalla. Su amiga lucía una trenza de espiga que acostumbraba a hacerse ella misma. Aia no entendía cómo lo conseguía. Le había intentado enseñar, pero era una negada con los peinados.
Las dos llevaban las puntas del cabello más claras que las raíces. Un sutil degradado de castaño a rubio.
—Yo también, Tessa. ¿Qué tal te va?
—Todo bien. Oye, pero ¡qué bella estás!
Aia se tocó la coleta. La tenía revuelta, para variar. Su amiga siempre tan generosa.
—Y tú preciosa ¡e impecable! Me das una envidia…
Se conocían desde preescolar y, pese a que Teresa llevaba una década en Londres trabajando como responsable de marketing y publicidad en Inmaculate Black, una marca de ropa internacional con sede en la capital inglesa, seguían manteniendo una relación estrecha, familiar.
Su amiga perdió a sus padres en un trágico accidente de autobús cuando acababa de cumplir los treinta y Aia fue su gran apoyo.
—Bueno, desembucha —la apremió Tessa—. Quiero saber todo lo que tenías que contarme y con detalles, nena.
—Vale, pero primero dime que nos veremos en Navidades.
—Yes! —exclamó, aplaudiendo—. El día 22 tú y yo nos vamos a pillar la gran borrachera y a acostarnos tardísimo. ¿Te parece?
—¡Qué alegría! Aunque acuérdate de la última vez que te comprometiste a algo así.
—Calla, calla. Me quedé dormida en tu sofá mientras te preparabas. A partir de las diez no valgo un pimiento. Pero esta vez te prometo que aguanto, aunque tenga que beberme cinco cafés y ponerme palillos en los párpados.
—Te tomo la palabra. El 22 trasnochamos, pero… —se mordió el labio y echó el aire por la nariz—… no sé qué habrá sido de mi vida para entonces.
Teresa se quedó callada y analizó a su amiga a través de la pantalla.
—¿Qué pasa? ¿Por qué dices eso?
Aia respiró hondo. No tenía sentido ocultarle algo así a su mejor amiga; seguro que su punto de vista la ayudaría a aclarar sus propias ideas.
—¿Recuerdas el roneo que tuve con aquel ertzaina hace algo más de un mes? —le preguntó a Tessa.
—Claro, sí, el bombón lezotarra.
—El mismo. Pues no me preguntes cómo demonios se escapó un espermatozoide, porque usamos preservativo, pero la ha liado gorda en mi útero.
—¡Ay, ama!
—Ay, ama…, sí. Y aún no tengo muy claro qué hacer.
Aia le contó lo mucho que le había horrorizado la noticia a Adrián.
—Ostras, no me lo puedo creer.
—Si sigo adelante, dudo que se implique, pero no te preocupes. Ya estoy mentalizada. Si te soy sincera, tampoco me veo criando a un niño con él.
—Cómo lo lamento. ¿De qué va?
—Ya lo tengo superado. Hay cosas peores, en serio.
—Y por lo demás, ¿qué tal estás?
Aia le explicó que algunos días notaba síntomas similares a los premenstruales. Pero nada más. A continuación, le resumió la reacción de sus padres, el apuñalamiento, el encuentro con Martín y su incorporación a la investigación.
—Y me quejaba yo de mi día. ¡Nada en comparación con el tuyo! Tela marinera, maja… —exteriorizó Teresa. Luego se quedó pensativa, como si dudara si decir algo en voz alta—. Te confieso que me acuerdo mucho de Tintxo.
Aia suspiró con nostalgia. Así era como llamaban a su hermano cuando eran niñas. Qué mal habían acabado las cosas entre ellos.
—Se me va a hacer raro trabajar con él.
—No solo eso: ahora es tu jefe. Cómo ha ascendido, ¿no?
—Ya sabes que la innombrable siempre está apretando, Tessa.
Nada es suficiente para ella. No paró hasta que consiguió convertirlo en un extraño para nosotros, en alguien a quien parece que solo le importan su novia y su puñetera carrera.
¿Tanto le cuesta tratar conmigo y con mis padres más allá de las fiestas y celebraciones obligadas? Te juro que la detesto.
—Es una psicópata —sentenció su amiga, asintiendo.
Aunque ella ya estaba en el extranjero cuando Martín y Nuria se conocieron, Tessa había seguido aquel viacrucis gracias a Aia.
Por eso le apenaba que todo se hubiera enquistado.
Entre Teresa y Martín, además, siempre había existido una fuerte química: se peleaban de críos, se buscaban con la mirada de adolescentes…
, pero ninguno dio el paso hasta la víspera de la mudanza definitiva de Tessa a Londres.
Esa noche, la nostalgia y la certeza de los kilómetros que los separarían los impulsó y acabaron acostándose.
Aia a menudo pensaba en cómo habría sido la vida de los tres si su hermano y su amiga se hubieran atrevido antes a confesar cuánto se atraían, pero el destino decidió que aquel acercamiento llegara demasiado tarde.
—¿Sabes qué es lo que más me jode de todo esto? —dijo Teresa—. ¡No estar ahí para darte un abrazo grande!
—El 22 me lo das. ¡Uno grande y largo! Voy a ir preparando tu habitación. —Le guiñó el ojo.
—Ay, ese cuartito con vistas al Urumea —repuso con morriña.
—Por cierto, hoy llevaba la gabardina que me regalaste, la misma que tienes tú… Bueno, el trench coat. —Se corrigió antes de que lo hiciera su amiga con su impecable pronunciación del inglés—. Me da que la sangre no va a salir del todo del tejido. Qué rabia.
—No te preocupes. Ya te llevaré otro. Ya sabes que a mí me hacen una rebaja. ¡Faltaría más! Después de las horas que paso en la empresa…
—Pero te lo pago, ¿eh?
—No, no, no, de regalo de Navidades.
—Eres un solete. Gracias.
—De nada, relinda. Nos vemos muy pronto. Ve contándome novedades, ¿eh? No me ahorres ninguna. Y si me necesitas, llámame a cualquier hora.
Tras colgar, Aia cenó algo ligero y se acostó, pensando en lo mucho que la echaba de menos.
En situaciones así, la distancia entre ellas parecía multiplicarse.
Le había dicho a Tessa que no sabía qué iba a ser de su vida.
Y así lo sentía. ¿Seguía adelante con el embarazo o lo interrumpía?
Qué decisión tan difícil. Le iba a hacer falta una balanza. Una bien grande.
Enumeró los contras: la libertad que iba a perder, la tremenda responsabilidad que recaería sobre sus hombros, ese miedo desconocido del que muchas madres hablaban —que se te agarraba a las entrañas en cuanto el bebé nacía y no te soltaba jamás—, la soledad en las decisiones,
el cansancio y la falta de sueño.
Después los pros: un amor incondicional de esos que crecen sin pedir permiso, la compañía, alguien por quien luchar con uñas y dientes, una pequeña familia nueva ¡y lo mucho que iban a disfrutar juntos de las navidades!
Dedicó varios minutos a teorizar sobre qué carácter tendría el bebé. ¿Sería alegre, como su madre y ella? ¿O tímido y prudente, al más puro estilo de su padre y su hermano?
«Cualquier cosa, excepto que se parezca a Adrián», se dijo, igual de confusa que al principio.
Se obligó a cerrar los ojos para descansar, pero los labios finos y sanguinolentos del abdomen de la víctima volvieron a asaltarla sin compasión y la torturaron durante toda la santa noche.