Martes, 26 de junio de 1979
Por la mañana, muy temprano, me fui de casa aprovechando que mis padres aún no se habían levantado.
Había ahorrado el poco dinero que mi madre me había dado durante el último año y gracias a eso tenía lo suficiente para comprar un billete de autobús y también para adelantar el pago de una habitación en Alicante.
Llamé a Estrella desde una cabina antes de subirme al autobús.
Me habría gustado despedirme de ella en persona, pero mi marcha se había precipitado.
Le pedí que telefoneara a las chicas del piso para pedirles, por favor, que me acogieran antes de lo previsto.
Me adelantó que no habría problema. Que estuviera tranquila.
«Prométeme que te cuidarás, Carmen. Y que no te olvidarás de mí», rogó con la voz tomada.
Lloramos a moco tendido al decirnos adiós.
Colgué y esperé unos minutos para recomponerme.
Después marqué otro número, el de casa. Mi madre cogió el teléfono.
Fui breve e intenté ser cariñosa. Le dije que los quería, que no se preocuparan por mí, que iba a estar bien.
«¿Cómo puedes hacernos esto? ¿Cómo? Y no me digas que nos quieres, porque eso no es querer. Si así fuera, estarías aquí, con nosotros. No tienes corazón. No lo tienes».
Los reproches de mi madre iban cargados de rabia.
Entre lágrimas le dije que lo sentía mucho.
Nunca imaginé que doliera tanto apartarse, elegir un camino propio, y mucho menos que me lo fueran a poner tan difícil.
El secuestro emocional que sentí me paralizó.
Solo quería formarme como actriz y probar suerte.
Nada más. ¿Era tan difícil no condenarme por ello aunque no me apoyaran?
¿Cómo podía una decisión tan íntima sacudir los cimientos de quienes más amaba? ¿Por qué me obligaban a elegir?
Miré el autobús. Estaba a punto de salir.
¿Y si lo dejaba marchar? ¿Y si regresaba a casa?
Volver y esperar a que mis padres respaldaran mi sueño algún día.
O rendirme, asentarme en el Taller de Costura Carmencita y valorar de una santa vez la suerte que tenía, como decía mi madre, aceptando lo que ellos querían para mí. «Os llamaré, ¿vale? Un beso, mamá».
Cogí el autobús y dejé que mi mirada se perdiera a través de la ventanilla. Me sentía vacía, sola. Mala persona. Necesitaba más que nunca un abrazo. De mis padres, de Estrella. E incluso de Víctor. Pero ninguno estaba allí.
*
21:00
María no dejaba de asomarse a la ventana y llamarlo por teléfono, pero seguía sin noticias ni respuestas. ¿Qué había pasado? No entendía dónde se había metido, qué había podido salir mal.
—¿Nada? —le preguntó Brianna.
—Ni rastro —dijo, preocupada—. Esto no es propio de él. Voy a acercarme al local.
—Ni se te ocurra, María. Es peligroso. ¿Y si es el responsable del apuñalamiento?
—¡Pues ve tú! No sé qué hacemos aquí las dos metidas como leonas enjauladas.
—Claro que iré, pero cuando las calles estén menos abarrotadas. —Brianna tenía la melena muy corta. Se pasó la mano por la nuca.
—Claro, claro. Cuando tú lo creas oportuno —dijo con retintín.
Brianna se sentó en una silla. La ansiedad le brotaba del pecho.
María la llevaba al límite, por lo que procuraba no salir de su dormitorio para evitar encontrarse con ella.
Prefería arrinconarse y aislarse hasta que la reclamara.
Ser una sirviente solícita, pero aparecer solo lo justo. Sacó el teléfono y buscó en internet.
—Acaban de publicar la noticia en un diario digital.
Agresión en Donostia
Una mujer en estado grave tras, presuntamente, ser herida a las 18:29 de este viernes frente al río Urumea
El suceso ha tenido lugar un minuto antes del tradicional encendido navideño de la capital guipuzcoana, en el paseo de Ramón María Lili.
La zona estaba abarrotada de miles de personas que esperaban con ilusión la inauguración de las luces de Navidad.
Por el momento se desconoce la identidad del agresor. La Ertzaintza ha abierto una investigación para esclarecer estos hechos que han sembrado confusión, miedo y caos en la ciudad.
A consecuencia de los mismos, se han suspendido las actividades programadas para hoy: el espectáculo acuático de flyboards sobre el río, el concierto del Orfeón Donostiarra y los fuegos artificiales.
—¡Qué les jodan! ¡A ellos y a sus fiestas! —gritó, y con un empujón volcó una silla de mala gana—. ¿A quién le importan unas putas luces?
—¿Por qué te pones así? —lamentó Brianna.
—Porque parece que le dan más importancia a eso que a la agresión en sí. ¿De quién se trata? ¿Herida de qué? ¿Adónde la han trasladado?
Brianna sabía muy bien que se referían a la mujer a la que días atrás había seguido después del entierro, desde el cementerio hasta los apartamentos: la del Ford Puma gris antracita. María también lo sabía.
—Ten paciencia —le dijo para tranquilizarla—. Mañana a primera hora habrá más datos al respecto.
—¿Y dónde se ha metido tu tío? —murmuró, asomándose de nuevo por la ventana—. Estoy rodeada de inútiles, ni él ni tú servís para nada. ¿Me oyes?
Brianna empezó a temblar, furiosa y avergonzada, pero debía contenerse. La idea de que él odiara a María tanto como ella se instaló de improviso en su cabeza.
—¿Y si consiguió la pasta y se ha largado con los bolsillos llenos? —se arriesgó a decir.
María se volvió, la miró con los ojos desorbitados y la señaló con el dedo. Tenía el cabello largo, teñido de rubio.
—Qué desagradecida. ¿Eso es lo que habrías hecho tú en su lugar? ¿Después de todo lo que hemos hecho nosotros por ti? Eres repugnante, por dentro y por fuera, ¿me oyes?
—¡Para! Por favor. —Brianna levantó las manos, rindiéndose—. No he querido decir eso… No sé por qué lo he…
—Eres repugnante —insistió María—. ¡No me mires, que me das asco! ¡Búscalo y tráelo de vuelta!
—¡Joder! —explotó Brianna, llorando en dirección a la puerta. Los puños prietos, el corazón encogido—. ¡Esto es una mierda! Estoy harta de todo… —dijo lloriqueando.
María bufó y soltó una risa viperina.
—Me avergüenza lo vulgar e inmadura que eres. No sabes cuánto. —Entornó los párpados y la miró con inquina.
Brianna se arrepintió de haber estallado. Debía tener más aguante. ¿Qué más podía hacer para que las cosas funcionaran entre ellas? Lo había probado todo. Todo.
Cogió el abrigo y salió del piso antes de que la situación se torciera más.
*
Alicante
Verano de 1979
Trabajar en una discoteca de Alicante me reveló que no solo tenía talento para la costura, sino también como camarera.
Don de gentes, lo llamaban. Aprendí rápido a manejarme en la barra.
Me satisfacía sentirme independiente y libre.
Trabajaba cada noche con una sonrisa en los labios.
Estar de cara al público hacía que las horas volaran.
Apenas habían transcurrido unas semanas de mi nueva vida, pero qué lejos quedaban las jornadas en el taller de costura.
Me sentía viva, libre y agradecida de estar rodeada de gente de mi edad.
Compartía piso con cinco chicas que se ganaban la vida como yo.
Después de los turnos interminables, ellas se quedaban de fiesta.
A menudo me invitaban a que las acompañara, pero, aunque no les sentaba muy allá que las rechazara, yo prefería regresar al apartamento.
No me podía permitir gastar más de lo necesario.
Si estaba allí era para ahorrar. Mis sueños seguían intactos y deseaba que florecieran.
La cantidad de estímulos que recibía cada noche era abrumadora.
Música, luces, piropos, carcajadas… Volvía a casa por la mañana temprano, reventada, pero al meterme en la cama me pitaban tanto los oídos y tenía tal aceleración en el cuerpo que era incapaz de conciliar el sueño.
Por eso comencé a coger la rutina de dar una vuelta por la playa de San Juan antes de regresar a casa.
De esa manera el nivel de adrenalina bajaba.
Fue en uno de esos paseos cuando conocí a Juantxo.
Nos habíamos cruzado dos mañanas y a la tercera nos sonreímos.
Él se acercó y me preguntó si me molestaba que me acompañara en el paseo.
Era un chico guapo, guapísimo. Con bigote, un lunar pequeño en el pómulo y los ojos azules.
A mí los ojos claros siempre me habían dado confianza.
Tenía la teoría de que ninguna persona con esos iris podía ser mala —eran cosas mías, por supuesto, y la experiencia me mostró lo equivocada que estaba, pero eso fue más adelante—.
El caso es que agradecí que Juantxo me acompañara durante aquellas horas de desvelo.
Me contó que tenía veinte años y que vivía en San Sebastián.
Yo conocía la ciudad vasca de oídas, porque era donde se celebraba, desde 1954, un glamuroso festival de cine por el que suspiraba.
Juantxo era celador en un hospital. Me dijo que acababa de independizarse y que sus padres habían organizado el viaje a Alicante para celebrarlo.
Me confesó que no le apasionaba estar con ellos de vacaciones, pero que había aceptado porque era eso o nada, ya que se había quedado pelado de dinero al dar la entrada del piso.
«En el norte lleva todo el mes lloviendo. El dichoso sirimiri. Necesitaba el sol más que nunca», susurró con una sonrisa tímida, irresistible.
La química entre los dos creo que surgió la primera vez que nos cruzamos.
Y pasear juntos no hizo más que aumentarla.
Aquella misma mañana nos dimos nuestro primer beso.
Un beso en la orilla de la playa. Un beso sin prisas, de esos a los que Víctor no me tenía acostumbrada.
Nos despedimos cerca del apartamento y acordamos vernos al día siguiente.
Estar juntos a diario se convirtió en una maravillosa rutina. Nuestros labios no eran capaces de despegarse ni nuestras manos de dejar de contornear el cuerpo del otro. Nos veíamos cada rato que yo tenía libre. Él iba a estar tres semanas más en Alicante y no pensábamos desaprovecharlas.
Juantxo era dulce y tranquilo. Yo bebía los vientos por él y él por mí.
Como a ninguno de los dos nos sobraba el dinero, no íbamos a comer por ahí, ni al cine, ni a tomar nada de nada.
Y no nos importaba. Nos bastábamos el uno al otro y solo gastábamos —y abiertamente, además, porque desde 1978 su venta ya no estaba prohibida— en preservativos.
Y como mis compañeras de apartamento se pasaban casi todo el día trabajando o de fiesta, disponía de la intimidad que Juantxo y yo necesitábamos.
No le podía pedir más a Alicante. Era feliz como jamás lo había sido.
Y como jamás lo volvería a ser.
*
21:30