Lunes, 25 de junio de 1979
Dieciocho años. Sí, había alcanzado la mayoría de edad y estaba feliz. Tenía por delante muchos obstáculos que sortear, pero me sentía tan fuerte que pensar en ellos no me hacía venirme abajo.
La primera decisión que tomé fue dejar a Víctor. Sabía que me iba a doler, porque le tenía un cariño inmenso. Cuatro años juntos. Toda la adolescencia. Separarme no iba a ser fácil y tal vez por eso había tardado tanto en hacerlo.
La ruptura fue inesperada para él, por lo que no reaccionó nada bien. Durante los primeros minutos se puso borde conmigo y me trató de loca. «Pero ¿qué estás diciendo? No entiendo nada. Tú no estás bien». Después me llamó de todo. «¿Estás con otro tío? ¿Es eso? ¡Estás con otro tío! Eres una guarra».
¿Por qué me hablaba así? Víctor no me conocía en absoluto, pero yo a él tampoco.
Recuerdo que me sentí aliviada por dejarlo.
Y me arrepentí de no haber dado el paso mucho antes.
Al ver que sus estrategias de ataque no funcionaban, recurrió a la pena.
Se abrazó a mí y lloró como un niño desconsolado.
Después utilizó el chantaje. «Si me dejas, te juro que me mato. ¡Me mato!»
. Y, por último, algo más ruin y rastrero: las amenazas.
«Le diré a todo el pueblo que eres una zorra. Que un día me la chupaste».
Todo lo que me dijo me hirió en lo más profundo, pero no surtió en mí el efecto que él deseaba. Yo no iba a recular. La decisión estaba más que tomada. Le di la espalda y me largué a casa con lágrimas en los ojos.
Nada más entrar en la cocina me crucé con la mirada de mis padres.
Les conté que había dejado a Víctor y se lo tomaron fatal.
Y no fue porque tuvieran un afecto especial por él, sino porque entendían que yo estaba empezando a soltar amarras.
Que los siguientes serían ellos. «Últimamente estás muy tonta, Carmencita. Y te vas a arrepentir», me soltó mi padre.
Mi madre remató la conversación diciéndome que estaba resultando ser una completa decepción y ordenándome que me marchara a mi dormitorio.
Obedecí sin rechistar.
Víctor me había acusado de chalada y egoísta, y mis padres, de boba e insensata. Reaccionaban así por el pánico a perderme. En aquel momento no lo entendí, pero sí con el tiempo. También que sus ansias de retenerme consiguieron el efecto contrario.
Me encerré en la habitación y comencé a hacer el equipaje.
*
20:30
—Siéntate, Martín —le ordenó Eloísa Garo—. Lo primero, gracias por aceptar mi propuesta. Estamos un poco justos de personal en el equipo de investigación. Un agente de vacaciones y el oficial de baja.
La subcomisaria y Martín habían trabajado juntos durante años en la comisaría de Zarautz y entre los dos había confianza.
—No te preocupes —dijo, tomando asiento. Aún estaba turbado por el encuentro con su hermana. Se obligó a centrarse—. Me va a venir bien cambiar de aires.
—Me alegra. Cuéntame qué tenemos.
Oiasso abrió una carpeta y extrajo varios folios y fotos que extendió por el escritorio. Después le resumió lo acontecido hasta el momento.
—He puesto escoltas en el hospital, por si las moscas.
—¿Barajáis la autolesión? —preguntó, poniéndose las gafas.
—Acabo de hablar con la testigo y ni se lo plantea.
—¿Y tú?
—Tampoco, aunque prefiero hablar con el forense antes de hacer ningún juicio. Hemos visto ya demasiadas cosas. Y algunas de lo más inverosímiles.
Eloísa asintió. Tenía cincuenta y cinco años y llevaba una melena gris capeada. Se metió un mechón de pelo detrás de la oreja antes de decir:
—Lo de la táser es raro, por no decir sospechoso.
¿Qué tipo de persona tiene una? En España ni siquiera son legales.
Si no me falla la memoria, tres mil euros de multa por llevar una encima.
—Ella ojeó un informe preliminar que el oficial había dejado sobre el escritorio—.
Además, una mujer de entre cincuenta y cinco y sesenta años.
—Quizá sea miembro de las Fuerzas Armadas o de algún cuerpo de seguridad —sugirió Martín—. O a lo mejor tiene una acreditación de una necesidad de autodefensa.
—No podemos descartar nada.
—Si no es el caso, pudo conseguirla en el mercado negro o, más fácil aún, en la armería de Baiona. En Francia su venta no está prohibida y en ese establecimiento las tienen de varios tamaños.
—Habrá que investigar a fondo esa táser: marca, modelo, distribución…
—Eloísa Garo se quitó las gafas—. Por lo pronto, revisad las desapariciones en la base de datos europea, a ver si conseguís averiguar su identidad.
Si el forense descarta el intento de suicidio, sobreviva o no la víctima, trataríamos de inmediato el caso como homicidio en grado de tentativa.
—Que haya tenido lugar en el encendido de luces de Navidad le ha dado cierta notoriedad y repercusión que no nos favorece nada —señaló el oficial Oiasso—.
Mucha gente lo vio y en la prensa el caso está despertando cierto morbo.
¿Qué indicaciones nos das sobre el trato con los medios?
Por decirle al equipo cómo debe proceder.
—Por el momento, con los medios, cuanto menos, mejor. Y respecto a la localización, habrá que sacarle partido a ese infortunio tan multitudinario. Seguro que había decenas de personas con el móvil preparado para grabar el espectáculo acuático.
—Sí, tengo al equipo trabajando en ello y hemos solicitado a los municipales que nos pasen las imágenes de la cámara de tráfico del cruce de la plaza Euskadi.
—Bien —dijo, apretándose la parte alta de la nariz con los dedos índice y pulgar—. Mantenme informada de cada avance.
Martín se levantó.
—Ah, y pídele a la agente Oiasso que forme parte del grupo.
—¿A Aia? ¿La irrati?
—Su colaboración será útil, sobre todo en las visualizaciones de las grabaciones. Ella estaba en medio del meollo cuando ocurrió. Puede que al verlas recuerde algo que pasó por alto.
—Pero… —Martín se pasó la mano por la nuca—. Igual mejor… no.
—¿No? —Ella frunció el ceño. Lo estudió—. ¿Tienes algún problema con tu hermana?
—¡No! ¿Yo? —respondió, veloz. Rogó que la subcomisaria no hubiese notado cuánto le disgustaba e irritaba la propuesta—. En absoluto.
—Entonces, no hay nada más que hablar. Llámala y que se incorpore mañana —concluyó mientras devolvía los folios y las fotos a la carpeta.
*