Marzo de 1979 #2
—Sí, qué remedio, pero no puedo más, Estrella. Me niego a vivir el sueño de mi madre en vez del mío.
Pese a que las llamas del atardecer se habían empezado a apagar, vislumbré una lágrima recorriendo la mejilla pecosa de mi amiga.
—¿Por qué lloras?
—Porque a mí también me asusta que te vayas. Que te olvides de mí. —Se secó la cara con los dedos—. Esto está pasando de verdad. Tarde o temprano te irás.
La abracé.
—Yo jamás me olvidaré de ti.
Estrella se soltó de mí.
—Voy a ayudarte en todo lo que pueda para que seas feliz, Carmen. —Me tomó de las manos—. Juntas buscaremos una solución.
Y así lo hizo. Mi amiga removió Roma con Santiago hasta dar con ella. Me abrió una puerta para poder salir de Villajoyosa y empezar de cero. Gracias a la conocida de una conocida me encontró un trabajo de camarera en una discoteca de Alicante y un piso compartido con varias chicas.
De haber sabido lo mucho que se iban a torcer las cosas allí, la propia Estrella me habría dejado encerrada en la torre de la Malladeta para siempre.
*
20:00
Los planes de decorar la casa se habían ido al traste, y de qué manera.
A Aia no le importaba; solo rogaba que la mujer agredida se salvara, si es que aún seguía viva.
Entró en comisaría con restos de sangre propia y de la víctima en las manos y en la gabardina.
Sus compañeros ya se hallaban en la escena del crimen y la habían acercado hasta allí en un coche patrulla para que los de investigación hablaran con ella.
El trayecto había sido corto; del paseo de Ramón María Lili hasta el barrio del Antiguo apenas había quince minutos.
En el pasillo, varios ertzainas se arremolinaron a su alrededor alarmados por las manchas de sangre de su ropa y ella les contó con detalle lo sucedido, aunque lo que más deseaba era aislarse durante unos instantes. La tensión por lo acontecido le había caído de golpe y estaba agotada.
En cuanto consiguió deshacerse de ellos, esperó a que algún compañero que fuera a llevar el caso apareciera.
Se le hizo extraño haber acudido en calidad de testigo.
Llevaba desde los treinta trabajando en protección ciudadana de la Ertzaintza.
Al principio como patrullera, aunque desde hacía un lustro ocupaba el puesto de irrati, atendiendo las llamadas que llegaban del exterior.
—Kaixo, Aia.
Al girarse, vio a Martín. No podía ser cierto. Si mal no recordaba, estaba destinado en la comisaría de Zarautz. ¿Desde cuándo formaba parte del grupo de investigación de Donostia?
Él se sentó enfrente.
—Vaya marrón. ¿Qué tal estás? —preguntó, fingiendo normalidad.
Aia lo conocía de sobra para saber que estaba incluso más incómodo que ella.
—No te esperaba por aquí —reconoció la irrati.
—Me han pedido que lidere el grupo hasta resolver el caso. Ha sido una decisión de última hora. ¿Qué tal la herida? Los compañeros me han informado de que tenías un buen rasponazo. —Le estudió las manos desde el otro lado de la mesa.
—No es nada, gracias —dijo ella, retirándolas. Las apoyó en los muslos—. ¿La mujer sigue viva?
—Está en el quirófano y el pronóstico es grave. Cuéntame qué has visto.
Aia se miró la sangre reseca. Alrededor de las uñas tenía más cantidad concentrada. Suspiró y le relató lo sucedido.
—Yo descartaría el intento de suicidio —opinó ella al finalizar.
—¿Y eso por qué?
—No localicé ningún tipo de arma en el suelo.
—Pudo tirarla al río. Estaba cerca de la barandilla.
—No, no me cuadra. ¿A quién se le ocurriría hacer algo así en el encendido de luces de Navidad?
—Estas fechas ponen a la gente muy triste.
Ella meneó la cabeza con obstinación y a él se le escapó una sonrisa de medio lado que escondió muy bien. Conocía su ferviente lucha pro espíritu navideño.
—¿Habéis dado con algún familiar?
—Nada, tampoco con su documentación. Estamos haciendo todo lo que podemos para identificarla.
—Qué pena. Ojalá aparezca alguien pronto y vele por la pobre mujer.
El oficial apoyó los codos, se deslizó hacia ella y la miró a los ojos.
Aia tragó saliva, tensa. Las circunstancias de la vida los habían distanciado y desde hacía años evitaban coincidir.
Habían acabado desarrollando un talento especial a la hora de fingir que no existían el uno para el otro.
Pero otra vez estaba ahí, cerquísima. Como si nada hubiera pasado.
—La mujer llevaba una pistola táser en el bolsillo del abrigo. —La información cortó de golpe sus cavilaciones.
—Joder. —Se quedó pensativa—. Entonces, temía el ataque. ¿Habéis revisado las denuncias por violencia machista? ¿Y las órdenes de alejamiento?
—Estamos en ello. Por cierto, tenemos que tomarte el ADN y las huellas del descarte.
Tus restos biológicos estarán en su ropa.
Hemos escoltado a la ambulancia hasta el hospital y, en cuanto la víctima ha entrado en el quirófano, he pedido todas sus prendas para evitar más contaminaciones.
Ahora mismo están en posesión de la científica.
—Se masajeó el cuello—. Y es lo único que tenemos, dado que, de las heridas, pocas muestras vamos a poder sacar tras el procedimiento médico. Desinfectar, suturar…
—No fui cuidadosa, lo siento.
—No te disculpes. La prioridad era salvarle la vida. Has hecho un buen trabajo. —Se levantó—. Acompáñame. Los de la científica no tardarán nada. Después podrás irte. Supongo que estarás deseando descansar y desconectar.
—Iba a decorar la casa, pero me temo que tendré que dejarlo para otro día.
A él se le volvió a escapar otra sonrisa que ella cazó por el rabillo del ojo. Cómo le favorecía relajarse un poco. ¿Lo sabría él?
Se detuvieron delante de un despacho.
—Traigo a Aia Oiasso —anunció el oficial, abriendo la puerta—. No la entretengáis mucho, que menuda tarde lleva. —Apoyó la mano en su hombro—. Tengo que dejarte. La subcomisaria me espera para que la ponga al día. Cuídate y, si recuerdas algo, llámame, ¿vale?
Claro, le habría respondido, pero no lo hizo. El gesto afectuoso de su hermano la hizo enmudecer.
*