Marzo de 1979
En el taller de costura no faltaban las revistas de moda, pero tampoco las del corazón.
Mi madre invertía cada mes un dinero en ellas para no perderse las tendencias del momento.
Yo llevaba años guardando en mi habitación aquellas en las que salían mis divas favoritas: Brigitte Bardot, Raquel Welch, pero, sobre todo, mi querida Pepa Flores.
Incluso había comprado a escondidas la polémica Interviú en la que aparecía desnuda en portada.
Admiraba la carrera de Marisol. Me había influido tanto que, desde niña, había querido ser actriz.
Cuando dejó atrás el pseudónimo infantil me sentí más en sintonía con ella que nunca.
De Marisol a Pepa Flores. Una mujer fuerte y transgresora.
Quería ser como ella y deshacerme del «-cita».
Me imaginaba posando en la portada de una revista. Con los ojos maquillados en tonos oscuros y enmarcados por unas pestañas postizas. Con un peinado más sofisticado. La melena castaña muy voluminosa y un flequillo largo, sensual.
«Ha nacido una nueva estrella. Se llama Carmen la Vila».
Ese sería mi nombre artístico, en homenaje a mi pueblo, ya que muchos naturales de Villajoyosa lo llamábamos la Vila.
Estaba a punto de alcanzar la mayoría de edad y había trabajado mucho durante los últimos cuatro años.
Mi madre me tenía asignado un sueldo, el mismo que a mis compañeras del taller, aunque, a diferencia de ellas, yo no lo percibía en mano.
Mi madre me daba lo justo para sobrevivir, que era muy poco porque la falta de tiempo me impedía salir, y el resto me lo ingresaba en la caja de ahorros.
Decía que era la única manera de no malgastarlo y que en un futuro me podría hacer falta.
Había echado cuentas y disponía de un buen puñado de billetes que me ayudarían a ponerme en el camino de mi sueño. Quería instalarme en Madrid y apuntarme a una escuela de interpretación.
Llevábamos en plena transición a la democracia desde 1975, cuando murió Franco. El tiempo había corrido lento y confuso, pero hacía medio año se había firmado la esperada Constitución española y por fin tocábamos la libertad con la punta de los dedos.
El futuro del que mi madre me habló había llegado.
Una jornada de esas interminables, en las que ambas nos quedábamos hasta las tantas para acabar los encargos, de esas en las que veía apagarse el día y caer la noche a través del escaparate, tomé aire y le confesé mis intenciones.
No sé si movida por el cansancio extremo que dominaban mi mente y mi cuerpo o por encontrar a mi madre más alegre de lo habitual.
Aun así, no había terminado de pronunciar la última palabra cuando supe que había sido una mala idea. Sus ojos la delataban.
—¿De qué me estás hablando? ¿A qué viene eso de querer ser actriz?
Mi madre me miraba por encima de las gafas, que tenía apoyadas en la punta de la nariz. Se le había arrugado el entrecejo como una pieza de lino después de manipularla durante horas.
—Llevo años soñándolo. —Tragué saliva—. ¿Por qué no intentarlo?
—Porque tu sitio está aquí —sentenció, apuntándome con la aguja que sostenía entre los dedos índice y pulgar.
—He trabajado muy duro, mamá. Tengo ahorros suficientes para…
—De ninguna manera, Carmen, ese dinero no es para derrocharlo así como así, y menos en un sueño tan bobo. —Chasqueó la lengua—. ¿Actriz? ¿Qué demonios tienes en la cabeza? ¿Pájaros?
Era la primera vez que mi madre me llamaba Carmen a secas, pero el resto de la frase era tan fea que no sentí ningún tipo de ilusión. Bajé el rostro. Entre las manos tenía un pichi de estampado geométrico. Lo estrujé sin darme cuenta.
—Y como se entere tu padre…, te come —prosiguió ella—. ¡Actriz! ¡Y a Madrid nada menos! Estás loca.
Su rabieta, su incomprensión, su falta de empatía o lo que fuera iba cargada de un desprecio que me hacía daño más allá del orgullo. En lo más profundo.
—Ese dinero es mío —musité con lágrimas en los ojos. Quise decirle que me pertenecía al igual que mis sueños. Que no tenía pájaros en la cabeza, que no estaba loca.
—No, claro que no es tuyo. Parte de él se va en tu manutención. El techo bajo el que duermes y lo que comes no se pagan solos. ¡Vaya con la señorita!
Nunca había visto tan encendida a mi madre. Me costaba mirarla. No la reconocía.
—Solo te pido parte de esos ahorros para empezar —me atreví a decir con voz temblorosa—. Después ya me buscaré la vida.
—¡He dicho que no y sanseacabó! Y ya puedes quitarte esas ideas de la cabeza. —Se levantó y me arrebató el pichi de las manos—. ¡Lo estás dejando como un guiñapo!
Me puse de pie y me tambaleé. Estaba como atontada y tenía las axilas empapadas en sudor. Elevé el rostro y me enfrenté a los ojos de mi madre. Estaban crispados. ¿Por qué?
—Qué suerte que nadie se interpusiera en tu camino, mamá. Si no, no serías una prestigiosa modista y nada de esto se habría hecho realidad. —Señalé las máquinas de coser, los burros atestados de prendas, los rollos de tela…
Por el movimiento de las mandíbulas intuí que mi madre apretaba los dientes.
—¿Esto? —escupió con rabia—. Esto es tuyo. Hasta le puse tu nombre.
Me sentí más prisionera que nunca. Una jaula de oro a medida. A la medida de ella.
—Jamás te pedí que lo hicieras. Sabes que a mí nunca me ha apasionado la costura.
—¡Qué tontería! Tienes un don, como yo. Acéptalo.
—¡Me da igual lo que tenga o no! —grité con impotencia—. ¡A mí no me gusta!
—¡Cuántas matarían por tenerlo! ¡Eres una desagradecida!
—No, no lo soy. —Lo dije sin elevar el tono. Detestaba que las dos estuviéramos voceando. Además, quería que se tranquilizara y se pusiera en mi lugar, que me entendiera.
—Vete a casa —ordenó, seria.
Negué en silencio.
—¡He dicho que te vayas a casa ahora mismo!
—No, voy a planchar el pichi. Después me iré. —Quise quitárselo, pero no pude, porque lo agarraba con fuerza. No me rendí y forcejeamos como dos leonas intentando llevarse la misma presa.
¡Ras!
Al oír el sonido detuvimos la pelea. Nuestros colmillos afilados habían desgarrado el pichi.
—¡Mira lo que has hecho! —Soltó la prenda y me dio un sonoro bofetón.
El pichi se quedó colgando de mis dedos, pendiendo de dos hilos, como si yo también me hubiese roto. A continuación, me lo arrebató y lo lanzó sobre una de las máquinas de coser.
—¡Y ahora te vas!
Le di la espalda y me llevé las dos manos a la mejilla. Era la primera vez que mi madre me pegaba.
—Y dile a tu padre que no me espere para cenar. Que por tu culpa tengo tarea.
Me dirigí hacia la puerta como una sonámbula. Antes de cerrar, oí que mi madre se echaba a llorar.
Aquella noche, además de romperse el pichi, se resquebrajó el equilibrio de mi hogar.
Mi madre regresó del taller muy tarde. Yo la oí llegar, porque no era capaz de conciliar el sueño.
El bofetón me seguía escociendo en el corazón, y su rechazo hacia mis sueños, en el alma.
La escuché susurrarle a mi padre palabras que no entendí, cuando por fin dejó de llorar.
Era obvio que se lo estaba contando todo.
Me pregunté qué versión sería. Fuera cual fuese, él siempre se pondría de su lado.
Si ella no aceptaba que quisiera ser actriz, mucho menos él.
Tenía cuarenta y ocho años, nueve más que ella.
Aunque parecía aún mayor porque era una persona anticuada.
Por la mañana me levanté temprano, desayuné sola y fui la primera en entrar en el taller.
El pichi lucía nuevo colgado de una percha.
Olí el tejido geométrico, como queriendo averiguar el número de lágrimas que mi madre había vertido sobre él.
Lo dejé en su sitio antes de que me vieran ella o cualquiera de mis compañeras.
Me puse en la mesa de cortado, de espaldas a la puerta, y comencé a dibujar el patrón de una gabardina que una clienta nos había encargado.
Mi madre llegó enseguida, me dio los buenos días y yo le correspondí.
No intercambiamos ninguna palabra más durante la jornada.
Mis compañeras entraron minutos después y por suerte sustituyeron el silencio malsano por anécdotas y risas.
Mi madre se unió a la cháchara. Supuse que fingía normalidad.
Yo no me esforcé. Me quedé en mi mundo. Muda y sorda. Triste.
A la hora de la comida coincidimos mi padre, mi madre y yo, y nos hablamos lo justo y necesario.
«Pásame el pan», «¿Queda más paella?», «Hay natillas en el frigorífico».
Mi padre estaba enfadado. Lo conocía de sobra para saberlo, pero no me dijo nada.
Presentí que mi madre, después de contarle lo de mi ridícula fantasía de ser actriz, le habría pedido que no me regañara.
Que ya se me iría pasando. Correr un tupido velo y dejar tras él los sueños, el rifirrafe y el bofetón. Ya volvería todo a su sitio.
Pero eso nunca ocurrió.
A última hora de la tarde, al salir del taller, me escaqueé de Víctor poniendo como excusa un dolor de cabeza y fui a buscar a Estrella. Le dije que necesitaba estar con ella, pero que mi novio no me podía ver por el pueblo.
Entrelazamos los brazos y fuimos dando un paseo hasta la torre de la Malladeta, ubicada en la entrada sur del pueblo.
La primavera estaba a punto de comenzar y hacía buena temperatura.
Yo agradecía cada minuto que pasaba en la calle, fuera del taller.
La torre se erguía sobre una colina. Era una edificación preciosa y señorial que parecía una atalaya de vigía costera, pero nada más lejos.
La Malladeta la mandó construir un afamado psiquiatra y político a finales del siglo xix para utilizarla como estudio privado.
Como estaba abandonada, subimos las escaleras para entrar por la puerta. Nos sentamos en el suelo, una muy pegada a la otra; apoyé la cabeza en su hombro y comencé a llorar. A través de los ventanucos se oía mi querido Mediterráneo. Cuando me tranquilicé le conté a Estrella lo sucedido.
—No me lo van a poner fácil. Soy su única hija y me quieren aquí, con ellos.
La luz del ocaso empezó a intensificarse como un incendio descontrolado y se reflejó en nuestros ojos brillantes.
Las dos éramos altas y delgadas. Ambas teníamos la melena larga, la raya al medio y los ojos marrones.
Aunque su cabello era pelirrojo y el mío castaño, yo siempre decía que era mi hermana. La hermana que nunca tuve.
—Dales tiempo; a lo mejor solo necesitan eso. —Me metió un mechón detrás de la oreja.