La última luciérnaga Verano de 1978 #2
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Verano de 1978 #2

—Jubilados. —Él les guiñó un ojo—. ¡Y sin nietos!

Su madre lo miró y rio como cuando lo amaba, y Aia se echó a llorar. No sabía si le emocionaba más contar con el apoyo de ambos o verlos otra vez en el mismo barco.

Los dos la abrazaron. Qué bonito sentirlos juntos otra vez. Qué bonito percibir tanto calor a su alrededor. Sollozó con ganas, como aquellas noches de borrachera que de adolescente sacaban su vena más sensible. Vaya torrente de lágrimas. Qué descontrol.

Pero de eso hacía décadas; ahora detestaba llorar en público. Era la tía happy. Aia, más feliz que una perdiz.

—Ten, anda. —Su madre le ofreció un pañuelo.

Tras enjugarse los ojos vio que ellos también estaban tocados. Vaya mierda. Eso sí que no.

—Venga, a comer algo —dijo para cambiar la energía.

Los tres picotearon polvorones, mazapanes y bombones de la bandeja hasta dejarla medio vacía. Los saborearon sin prisa mientras charlaban y rememoraban anécdotas de cuando era niña.

Una hora después, Inés los acompañó hasta el rellano y estrechó a su hija.

—¿Vas a decírselo a Martín? —le preguntó.

—Ya veré, ama. Sobre la marcha.

—Como quieras. Por cierto, el lunes voy contigo a la matrona.

—Dependerá de cómo tengas el tobillo.

—De aquí a entonces estará bien, no te preocupes. —Se acercó a su ex y le dio dos besos sin apenas rozarle las mejillas.

Padre e hija la dejaron en casa y bajaron a la calle. Avanzaron con los brazos entrelazados. Hacía siglos que no caminaban así.

—¿Estás bien? —quiso asegurarse.

—Ahora mucho mejor.

Él le besó la cabeza.

—He quedado con tus tíos en Amara para tomar un vino, pero si lo necesitas me quedo contigo.

—No, aita, vete tranquilo. Aprovecha ahora que puedes. Si sigo adelante, ya te joderé los planes cuando nazca el bebé.

—¿Y qué vas a hacer tú?

—Irme a casa. Mañana madrugo y quiero descansar un poco.

—Si decides no interrumpir el embarazo, tal vez deberías ir pensando en coger la baja.

—Madre del amor hermoso… Si solo estoy de mes y medio. ¿No lo oíste en casa de la ama? No exageremos.

—Seis semanas —la corrigió—. Ve acostumbrándote a la jerga gestacional. —Se soltó de ella para entrecomillar con los dedos en el aire.

—Seis semanas…

Se despidieron en el Boulevard y ella lo observó mientras se perdía por la calle Elkano.

Iba erguido y caminaba con agilidad. Lo veía empujando un carrito de bebé sin problema.

Tenía sesenta y cuatro años y energía para parar un tren.

En eso ella se parecía a él. Eran como dos cabras montesas.

Lo único que le preo­cu­pa­ba era la falta de paciencia que mostraba últimamente.

Desde que ya no ocupaba su puesto en Correos, estaba más refunfuñón que nunca.

Ella lo achacaba al cambio de rutinas. Seguro que en unos meses se acostumbraría a los nuevos ritmos y volvería a ser el hombre que era.

De camino a casa, Aia se topó con una multitud alrededor del río.

Formaban un rectángulo perfecto. Desde el puente de la Zurriola hasta el de Santa Catalina.

Contempló el cielo. Casi había caído la noche por completo.

De repente, lo recordó: a las seis y media iban a encender las luces de Navidad.

Este año el encendido oficial iría acompañado por fuegos artificiales, un concierto del Orfeón Donostiarra y un espectáculo acuático de flyboards: tablas aerodeslizantes sobre el río que llenarían el evento de acrobacias a manos del campeón del mundo de esa modalidad,

entre otros profesionales internacionales.

Miró el reloj. Faltaban minutos. Apresuró la marcha para no perdérselo y eligió verlo desde el paseo de Ramón María Lili.

A ella siempre le habían gustado estas fiestas y cada día más.

Al contrario que a la mayoría de su entorno más cercano.

Ella los llamaba «detestanavidades». Uf, se acercaban los eternos rifirrafes de «Navidad sí, Navidad no», que empezaban a asemejarse a verdaderos debates políticos.

A Aia no le importaba alzar la bandera del espumillón y defenderla como una jabata.

Solo de pensarlo, sintió las campanillas de los trineos en el estómago.

¿Qué tenía de malo engalanar la ciudad y las casas, esforzarse un poco más de lo habitual en cuidar de los tuyos, darse algún buen atracón de dulces y dedicarse a disfrutar?

Al menos compartía esa ilusión casi infantil e imperecedera con alguien, con su amiga Tessa.

Qué pena que viviera en Londres. Ese año le había prometido que intentaría por todos los medios pasar las fiestas en Donostia, con ella, pero aún no se lo había confirmado.

Aia cruzaba los dedos para tener un motivo más para celebrar esas Navidades por todo lo alto.

Corría un aire frío del norte. Al mezclarse con la gente sintió el abrazo cálido de la multitud.

Intentó avanzar para ver el río entre la muchedumbre.

Los niños estaban subidos a los hombros de sus padres.

Se masajeó las cervicales. Ella no las tenía para mucha jarana.

Suspiró. La edad seguía pesando en su dilema, que no había previsto pero que, llegado el caso, tampoco podía zanjar sin sopesarlo bien.

Que el padre de la criatura prefiriera que abortara la había desconcertado.

O quizá no el hecho en sí, sino cómo se lo había propuesto. Tan directo, tan frío.

Si no interrumpía el embarazo, ¿cómo reaccionarían los que la conocían?

Había perdido la cuenta del número de veces que le habían preguntado si iba a ser ama.

O aquella odiosa frase repetida hasta la saciedad de que se le iba a pasar el arroz…

Ahora tenía que estar preparada para «¿Con tus años?»

, «¿Y quién es el padre?», «¿Te has hecho una inseminación?» , «¿Y vas a poder sola?».

Para alejar todas esas tonterías de su mente, se concentró en las cajas repletas de adornos que guardaba en el armario del salón.

Visualizó su soldado cascanueces de medio metro.

Era su figura favorita. Madera lacada en rojo, blanco, verde y negro.

Siempre lo ponía en el recibidor para que la saludase nada más entrar en casa.

En cuanto acabase la exhibición decoraría el piso, vaya que si lo haría. Solía dejarlo para el puente de diciembre, pero este año merecía una excepción.

Varios gritos histéricos provocaron que mirara hacia el río, pero no había ni rastro de las flyboards.

Lo siguiente que sintió fue una avalancha humana que la hizo tropezar y perder el equilibrio.

Aia pensó en el embarazo y, para evitar caer de culo, se contorsionó como un gato y amortiguó el golpe con las manos.

Antes de que pudiera reaccionar, los pies de una niña se enredaron entre los suyos.

La chiquilla cayó sobre ella. Notó el peso ligero de su cuerpo, el olor a ropa limpia, el cabello rubio y fino zigzagueando en sus brazos. La madre la aupó de inmediato.

—¿Estás bien? —le preguntó la mujer.

La estridencia de varias voces alarmó a las tres. Aia se levantó de un salto y se giró en todas las direcciones. La gente seguía saliendo en estampida y, por suerte, no se estaban produciendo muchas caídas. La madre optó por alejarse con su hija en brazos.

—¡Ayuda! ¡Socorro! —dijo alguien.

Localizó de dónde venían los chillidos. Estaban cerca.

Avanzó hacia allí y vio a una mujer madura, de unos cincuenta y tantos años, tirada en el suelo.

Tenía una melena cobriza y ondulada, los ojos cerrados y el abrigo gris manchado a la altura del abdomen de un granate que no le gustó un pelo. Le tomó el pulso. Estaba viva.

—Tranquila, tranquila. Te vas a poner bien —susurró.

La mujer no reaccionó a ningún estímulo.

—¿Qué le ha pasado? —quiso saber.

De pronto el flujo carmesí empezó a teñir la acera y los gritos histéricos aumentaron.

Le desabrochó el abrigo y le subió el jersey para buscar la zona afectada.

Encontró dos heridas; una parecía más superficial, pero la otra sangraba profusamente.

Se quitó la bufanda y presionó con ella el tajo para tratar de controlar la hemorragia.

Marcó el número de emergencias y sujetó el teléfono entre la oreja y el hombro.

Rogó que descolgaran al primer tono. Aquella mujer necesitaba sin demora ir al hospital.

Por suerte, este tipo de eventos siempre estaban cubiertos por presencia sanitaria.

Supuso que habría una ambulancia cerca intentando llegar allí entre la marabunta.

Mientras hablaba con emergencias, echó un vistazo a su alrededor para captar todos los detalles posibles del entorno.

En el suelo no había ningún cuchillo ni objeto afilado. Tampoco bolso, mochila ni bolsa.

—¿Alguien la conoce?

Los curiosos que seguían cerca negaron con rotundidad. Varias personas le explicaron que se había caído, que creían que se había desmayado, pero que la mancha del abrigo enseguida los ha­bía puesto en alerta.

Las sirenas no tardaron en sonar. No sabía en qué parte se hallaba la ambulancia, pero sí que estaba muy cerca. Ojalá contar con esa ventaja contribuyera a salvarle la vida.

Una pareja de sanitarias ataviadas con chaleco amarillo corrió hacia ellas. La gente que no había salido despavorida se apartó para abrirles paso.

—Las heridas son de arma blanca —explicó Aia sin dejar de presionar con las manos—. Tiene una buena hemorragia.

—¿Quién es usted? —quiso saber una.

—Soy ertzaina. El suceso me ha pillado a pocos metros.

La otra se arrodilló a su lado.

—Permítame.

Aia Oiasso aflojó para que pudiera ver las lesiones.

—Necesita sangre y un quirófano con urgencia —dijo la sanitaria.

La agente se levantó para dejarles hacer su trabajo y aprovechó para hablar con los que seguían curioseando. Nadie parecía conocer a la víctima.

Llamó a la comisaría para informar ella misma de la gravedad de la situación y solo entonces descubrió que tenía en la mano un buen corte y una herida abrasiva. Probablemente se habría raspado al caer al asfalto.

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