Verano de 1978
Añoraba las playas y calas que se sucedían como pequeños rincones de arena y cantos rodados, y la sombra de la muralla antigua, donde a veces nos refugiábamos del sol.
También las fachadas de colores, que contemplaba sin prisa: amarillas, naranjas, azules, verdes.
Eran hermosas y vibrantes, tal y como las mostraban las postales que vendían en las tienditas del paseo marítimo.
Mientras mi novio y la mayoría de mis amigos se pasaban el verano con una capa de sal de mar en la piel, yo dedicaba gran parte del día a coser.
El Taller de Costura Carmencita no dejaba de crecer y eso implicaba trabajar de la mañana al anochecer.
Detestaba la profesión que mis padres habían elegido para mí y aún más que siguieran llamándome con ese diminutivo tan cursi.
Yo me llamaba Carmen, sin ese «-cita» que me perseguía y se pegaba a mí con el único objetivo de no dejarme crecer.
Una niña modélica que seguiría los pasos de su madre.
Que jamás se alejaría de ella ni del negocio. Eso querían que fuera.
En el pasado, cuando ella aprendió a ser una de las mejores modistas de la provincia, perdió muchas horas de sueño descosiendo y volviendo a unir aquellas prendas de alta costura que el hombre viudo había dejado en el convento para los más necesitados.
Yo también dormía poco, pero por otros motivos.
En mi caso, la vida. Me acostaba tarde para aprovechar al máximo el tiempo con mi pandilla.
Para recuperar de alguna manera las horas que había perdido.
Echaba de menos quemarme bajo el sol, arrugarme en el agua del mar.
Cuánto habían cambiado mis queridos veranos.
La piel de mis amigos se iba bronceando con descaro. Algunos incluso se habían empezado a pelar. La mía, sin embargo, se mantenía impoluta, marchita, y empalidecía de tal modo que parecía una de esas guiris del norte de Europa que veraneaban en Villajoyosa.
—¿Qué te pasa hoy?
Víctor me retiró la melena castaña hacia un lado, me bajó el tirante de la camiseta y me besó el hombro desnudo. Estábamos sentados en la arena, frente al mar. Ya había anochecido y el ruido de las olas era lo único que se oía en la playa.
—Nada.
—A mí no me engañas, Carmencita. Llevas todo el día muy rara.
—Es cansancio —dije mientras devolvía el tirante a su sitio.
Miré el firmamento—. En el taller estamos desbordadas de trabajo y mi madre no me da tregua.
¿Cuántas horas he estado cosiendo hoy? ¿Diez?
¿Once? En verano se duplica la clientela a causa de las turistas. —Me froté los ojos—. Y es agotador.
—¿Lo has hablado con ella?
—Sí, pero qué más da.
Me quedé callada. Mi madre me decía que tenía que trabajar y que con quién iba a estar mejor que con ella, y mi padre no podía ni oír hablar del tema porque se encendía como una mecha.
Elevaba la voz y me llamaba egoísta. Desagradecida.
Ninguno de los dos lo entendía. Eran muy pesados.
Yo no quería desperdiciar mi vida cosiendo; quería ser actriz.
O, al menos, intentarlo. Pero esto último ni siquiera me atrevía a mencionarlo. Solo lo sabía mi amiga Estrella.
Víctor no me preguntó más. Volvió a bajarme el tirante y me recorrió el cuello con los labios.
—¿Nos vamos a casa? —dije, cortando su batería de besos.
—¿Ya?
Me habría gustado decirle que también estaba cansada de él, que era un pelma, como mis padres.
El trabajo apenas me dejaba tiempo libre y, en cuanto salía del taller, me quería solo para él.
Víctor empezaba a asfixiarme. Él disponía de todo el día para estar con sus amigos y por la noche se pegaba a mí como una lapa, como el «-cita» a mi nombre.
Yo echaba de menos a Estrella y al resto de la pandilla.
Víctor y el taller eran una especie de paralelismo.
Ambos me acaparaban. Durante los últimos tres años me había entregado a los dos en cuerpo y alma.
Llevaba desde los catorce haciéndolo. Suspiré y pensé en el tiempo que había pasado con él, en lo enamorada que había estado el primer año, en todo lo vivido.
El primer beso, perder juntos la virginidad…
Pese a que habíamos compartido un océano de intimidad, sentía que ahora me conocía tan poco que dolía.
Pero eso no podía reprochárselo porque, si él era una lapa, yo era una ostra que se negaba a abrirse.
No aguantaría otro año a su lado. Eso yo lo sabía. Pero ignoraba que, tras la ruptura, no volvería a verlo jamás.
Ni a él ni al resto de mis amigos.
*
17:00
Aia Oiasso deambuló con pasos de autómata un buen rato, aún impresionada por la reacción de Adrián. Había contado con que no quisiera saber nada, pero jamás con que la fuera a poner en duda. ¿De qué iba? ¿Y esa obsesión con que abortara?
El cabreo le hizo perder la noción del tiempo y del espacio, y cuando quiso darse cuenta ya eran las cinco de la tarde; había estado andando sin rumbo fijo.
Consultó el teléfono. No había ni rastro de Adrián, pero sí un mensaje de su padre en el que le decía que él ya estaba allí, que dónde se había metido.
Había quedado con él y con su madre en casa de esta última, que estaba en la Parte Vieja.
El matrimonio llevaba más de treinta años separado. Había optado por contarles lo del embarazo a los dos a la vez para evitar que hubiera resquemores. Eso de tener que elegir a quién decírselo primero podía levantar ampollas.
«Llegando. Ya estoy en lo Viejo», contestó.
Supuso que para su padre no tenía que ser nada fácil entrar en la casa de su ex.
Pobre hombre. Quién le mandaría ser tan puntual.
No escarmentaba por mucho tiempo que pasara.
Aia se adentró en una de las callejuelas: fachadas de piedra gastada, balcones de hierro, tienditas de suvenires y bares atestados de pintxos.
La gente caminaba sin prisa en todas las direcciones.
El corazón histórico de la ciudad, encajado entre el río Urumea, el mar y el monte Urgull, estaba compuesto de numerosas calles como aquella, estrechas, peatonalizadas y casi idénticas entre sí.
Un verdadero laberinto si eras forastero.
No era su caso. En apenas tres minutos distinguió cinco idiomas: euskera, castellano, francés, alemán e inglés.
Un inglés que, a juzgar por la apertura de la pronunciación, dedujo que era estadounidense.
Aceleró la marcha y en dos minutos llegó al portal.
Llamó al interfono y uno de los dos le abrió sin preguntar.
Aia tenía llaves de las casas de sus progenitores, pero se negaba a usarlas.
Su padre era más reservado y desde la separación no le había conocido ningún ligue, pero su madre había iniciado varias relaciones y ya llevaba cinco años con Jacinto, aunque no convivía con él.
Se limpió las suelas de las deportivas en el felpudo. La puerta estaba entornada.
—Perdonadme —dijo, cerrando tras de sí.
Su madre salió cojeando de la cocina y le dio dos besos.
—Tienes la cara helada, hija. —La estrechó con cariño.
—Hum, pero qué bien hueles, ama.
—Me he echado una muestra de perfume. ¿Te gusta?
—Me encanta. Por cierto, ¿qué tal el tobillo?
Se había hecho un esguince y por eso había pedido que la reunión fuera en su casa.
—Mucho mejor, gracias. ¿Y tú qué tal? ¿Va todo bien?
—Sí, tranquila. No tengo nada malo que deciros. No te preocupes. ¿Y el aita? ¿No se habrá largado? —Últimamente tenía menos paciencia y lo veía capaz de cualquier cosa.
—¡Estoy aquí! —voceó desde la sala.
—Vamos con él, anda. —Su madre la adelantó para que la siguiera—. Nos tienes en ascuas.
Él estaba sentado en el sofá. Ni siquiera se había quitado la parka. Cuando el exmatrimonio coincidía en el mismo espacio, se tensaba, y eso que se llevaban bien.
—Aita…, que solo han sido cinco minutos —se anticipó ella.
—Ya —murmuró.
—¡Yo también me alegro de verte! —bromeó Aia—. ¿Qué te cuentas?
Él se levantó y se dieron un abrazo.
—¿Qué me cuento yo? Eres tú la que quiere decirnos algo.
—Voy a subir la calefacción. —Su madre volvió a salir del salón y regresó con una bandeja repleta de dulces navideños que dejó sobre la mesa. Después se arrebujó en la chaqueta de punto y se sentó en el sofá, pero lo más alejada que pudo de su ex.
—No quiero entreteneros demasiado. —Aia tenía el cabello largo y suelto. Se lo recogió en una coleta—. Seré rápida.
—Ay, hija, qué misterio.
—Bueno, pues nada. —Se quitó la bufanda y se sentó en la mesa baja, junto a los dulces navideños.
—¿No te irás a vivir fuera o algo? —protestó su madre.
—No, no. Estoy muy bien aquí.
—Habla ya, Aia —dijo él, impaciente.
—Vale. Pues nada, que eso. Que… estoy embarazada.
Los dos le lanzaron una mirada concienzuda de arriba abajo y de abajo arriba. Ris ras, ris ras. Aia tenía cuarenta y tres años y llevaba cinco soltera. Entendía la sorpresa de sus padres.
—Pero… ¿sola? —quiso saber ella.
—Sola no, mujer —rezongó su padre—. Alguien habrá intervenido.
—¿Un equipo médico? ¿Es eso? No sabía que querías ser ama.
—Déjala que hable.
—No entraba en mis planes, pero un lío de una noche me ha dejado en esta situación. Llevo días pensando en si seguir adelante o no.
Los tres se quedaron callados.
—¿Y qué dice él? —preguntó su padre.
—No se lo ha tomado nada bien. Para él lo perfecto sería que abortara. Si sigo adelante, no creo que se involucre en la crianza. —Prefirió no decir que era un compañero de trabajo.
—Pero ¡¿qué fundamento es ese?! —protestó su madre con los ojos a punto de salirse de las órbitas—. ¿No estará casado o algo?
—No, ama, tranquila. Pero la noticia le ha caído como un jarro de agua fría. Que haga lo que quiera.
—¿De cuánto estás? —preguntó él, preocupado.
—De poco. Mes y medio. Pero cuanto antes tome una decisión, mejor. El lunes tengo cita con la matrona.
—¿Qué es lo que más te apetece? Piensa en ti. Solo en ti —le aconsejó su madre.
Aia se llevó las manos al vientre. Se le humedecieron los ojos.
—¿De qué tienes miedo? —La mujer se levantó y se le acercó cojeando. Le acarició la mejilla. Su hija era de esas personas alegres y positivas que siempre se encargaban de levantar el ánimo al resto. Acostumbraba a ser el alma de la fiesta, el hombro en el que los demás se apoyaban.
—De todo —reconoció—. La maternidad ya acojona de por sí; si a eso le sumas la edad y que, a priori, estoy sola en esto…
—De sola nada. Estamos tu madre y yo. ¿Verdad, Inesita?
—Sobra decirlo. Nos tienes para lo que necesites, cariño.