La última luciérnaga Donostia-San Sebastián
4%

Donostia-San Sebastián

Viernes, 1 de diciembre de 2023

16:00

Entró en el pub de estilo irlandés a las cuatro en punto, pidió una infusión de frutos rojos y se sentó en la mesa que estaba más lejos de la única ventana del local.

Aia Oiasso había elegido ese establecimiento para hablar con él porque era grande y tenía una iluminación tenue.

Dos cualidades que reunían la intimidad que necesitaba en aquel momento.

Rodeó la taza con las manos para templarse y, cuando entró en calor, se quitó la gabardina y la bufanda. El mes de diciembre acababa de comenzar y con él había llegado un frío persistente y húmedo al que le estaba costando acostumbrarse.

No tardó en verlo traspasar el umbral de la puerta.

Adrián era moreno, alto, fuerte y guapo; eso último no podía negarlo.

Se lo parecía a ella y a varias compañeras de trabajo, a las que traía locas.

Él sonrió al localizarla y la saludó levantando la mano.

Se detuvo en la barra antes de reunirse con ella.

Iba en chándal y llevaba la mochila al hombro. Vendría directo de hacer ejercicio. Teniendo en cuenta que el sexo era su primera afición, el gimnasio sería la segunda. Después, comer y beber, dormir, bromear…

—¿Qué tal, Aia? —Dejó un café que le acababan de servir encima de la mesa y le plantó dos besos—.

La verdad es que me apetecía mucho verte.

Me ha gustado que me escribieras. —Con un movimiento rápido se deshizo de la mochila y de la chaqueta, que dejó sobre una silla vacía.

A continuación, ocupó otra con su corpachón.

—Todo bien. ¿Tú qué tal?

—Pues de lujo, y ahora más —dijo, coqueteando con descaro—. ¿Cuándo fue la última vez que nos vimos?

Adrián era así. Directo, seductor y seguro de sí mismo.

—Ya hace unas semanas —contestó ella.

Aia sabía que eran seis, ni más ni menos. Mes y medio desde que coincidieron en la fiesta por jubilación de un compañero y acabaron en su casa, en su cama. ¿No recordaba cuánto tiempo había pasado? ¡Vaya con la memoria del semental! ¿Con cuántas mujeres habría estado desde entonces?

La noche en cuestión le dio igual que lo precediera esa fama de donjuán que, si con cuarenta y cinco años no se había quitado, lo perseguiría de por vida.

Los dos estaban solteros y, charlando durante la cena, surgió la química. Así de sencillo. Atracción y sexo. Nada más.

—Tendría que haberte llamado antes, joder —se disculpó mientras le acariciaba el brazo.

Aia no quería que malinterpretara el encuentro y tampoco alargarlo, porque a las cinco había quedado con sus padres. Decidió ir al grano.

—Verás, Adrián. Tengo que contarte algo importante.

Él se tensó y bebió un sorbo de café.

—Sí, claro, soy todo oídos.

—Estoy embarazada.

—Vaya, enhorabuena —atinó a decir.

Lo miró a los ojos y atisbó cierta confusión. Debía ser más clara.

—De ti.

—No, mujer, eso es imposible. —Él se revolvió en la silla.

—No sé si voy a seguir adelante —explicó, ignorando su ridícula reacción—, pero he creído que debías saberlo.

—Aia, usamos preservativo —susurró, apoyando los codos en la mesa y acercándose a ella—, ¿o es que no lo recuerdas?

—Sí, claro que sí. Y no creas que yo no estoy sorprendida. Es que es de traca… ¿Comprobaste si estaba roto o algo?

Él se quedó noqueado. Levantó la taza como para beber otro trago, pero cambió de idea y la dejó donde estaba.

—¿Acaso es una broma?

—No —contestó, seria.

—Es que es imposible que sea mío.

—¿Me crees capaz de quedar aquí contigo y soltarte esto sin estar segura?

—Un polvo con condón, joder, piénsalo.

—No tengo que pensar nada. Nos acostamos y ahora estoy embarazada. Fin de la historia. —Ni siquiera había probado la infusión. La agarró. Todavía despedía calor—. Y no te estoy pidiendo nada; solo quería que lo supieras.

—¿Con cuántos tíos te has acostado?

—Oye, mira, vete a la mierda —lo cortó, levantándose.

—No te enfades, pero es que no es mío. ¿Entiendes eso?

—El que no lo entiende eres tú. Estoy embarazada de ti y me estás haciendo sentir muy mal.

Él tragó saliva.

—Perdona, ¿vale? Es que… ponte en mi lugar… —Se frotó la nuca con ímpetu.

—Te repito que no te estoy pidiendo nada.

—Dices que no sabes si seguir adelante. ¿Qué significa eso?

—Que ya veré lo que hago —explicó, poniéndose la gabardina color caqui.

—Si es mío, tengo derecho a decidir también, digo yo…

—Puedes decidir involucrarte en la crianza o no.

—Esto es de locos —murmuró, enfadado.

Aia pensó en lo poco que le favorecía esa emoción. Había perdido de golpe todo su atractivo.

—Mira, Adrián, he de irme.

—Espera. —La retuvo atrapándola de la muñeca—. ¿Y si prefiero que no sigas adelante?

—¿Me estás pidiendo que aborte? ¿En serio?

—Sí, me gustaría que abortaras.

—Eso no está en tu mano, Adrián —aclaró al tiempo que se soltaba de un tirón.

—¿Y eso por qué? No me parece nada justo.

Aia no tenía ninguna gana de embarcarse en una discusión. Cogió la bufanda.

—Olvida lo que te he dicho. Para ti es tan sencillo como eso.

—¿Y por qué no lo haces sencillo para los dos?

Aia lo fulminó con sus ojos verdes.

—Que te vaya bien.

Quiso rematar la frase con la palabra «gilipollas», pero prefirió alejarse de allí cuanto antes.

*