Mediados de los setenta
Podía sentarme delante de la Singer y pespuntear una línea recta sin necesidad de abrir los ojos.
En 1975, con catorce años, empecé a trabajar en el taller de costura de mi madre, Prudencia.
A ella le habían enseñado a coser las monjas en el convento, donde acudía puntual todas las tardes, y desde muy pequeña ya demostró tener talento en el oficio.
Yo también aprendí muy rápido a coser botones, estrechar vestidos, cortar bajos y cambiar cremalleras.
En definitiva, a arreglar con gran habilidad cualquier prenda que llegara a mis manos.
Mis padres me pusieron de nombre María del Carmen y en mi honor, el de su querida hija única, llamaron al negocio familiar Taller de Costura Carmencita.
Una decisión que implicaba un compromiso que a mí me abrumaba.
Yo no quería tener ningún taller ni pasarme el resto de mi vida entre telas y delante de una máquina de coser.
Mis dedos habían heredado el talento de mi madre, pero no la pasión.
La mía también era artística, aunque me avergonzaba exteriorizarla.
El taller estaba junto a una zapatería y una tienda de ultramarinos, en una de las calles estrechas del casco antiguo.
Allí, los transeúntes dejaban atrás las fachadas coloridas y empezaban a fijarse en los escaparates pequeños y discretos.
El nuestro siempre lucía rollos de telas de calidad y maniquíes ataviados con conjuntos elegantes.
Las conversaciones de los vecinos y los compradores se colaban por la puerta en nuestro día a día, y el aire al otro lado de los cristales olía a fruta y a café recién molido.
En el negocio trabajábamos, además de mi madre y yo, un par de vecinas.
Eran dos mujeres alegres y, pese a que el ambiente era bueno, yo nunca acabé de encajar.
Quizá por la diferencia de inquietudes… o de edad.
Yo era una cría y ellas ya habían alcanzado la treintena.
Ahora recuerdo con nostalgia que, entre puntada y puntada, a mi madre le encantaba contar la anécdota que le cambió la vida.
Cuando ocurrió, ella tan solo era una niña.
Un hombre adinerado llevó al convento varias cajas llenas de ropa.
Pertenecía a su mujer, que acababa de fallecer, y quería que la repartieran entre los más necesitados.
En su mayoría eran faldas, chaquetas, abrigos y vestidos.
A las religiosas las prendas les parecieron tan ostentosas que optaron por dejarlas en el sótano hasta decidir qué hacer con ellas.
¿Adónde iba a ir una muerta de hambre con semejante vestimenta?
Imaginarlas con aquellas prendas se les antojaba obsceno, o eso decían.
Mi madre supuso que uno de los motivos era aquel, pero presentía que no era el único.
A lo largo de los meses había observado que la madre superiora se encerraba en el sótano y se pasaba horas allí.
Al salir, pretextaba haber estado haciendo el recuento de una caja de enseres recién donados, pero el rubor de sus mejillas y el intercambio de miradas del resto de las monjas hacían pensar a mi madre que la abadesa mentía.
A Prudencia le obsesionaba no saber qué hacía la madre superiora en el sótano y, por ese motivo, un día fingió que le dolía la barriga para ir al cuarto de baño las veces que quisiera.
En una de esas ausencias salió del convento y lo rodeó para dar con el ventanuco del sótano.
Prudencia se arrodilló y se quedó quieta frente al cristal varios minutos.
Estaba petrificada y tenía los ojos como platos.
Ver a la monja desprovista del hábito religioso y descubrir el cabello corto y cano que ocultaba bajo la toca la impresionó.
También el hecho de que se estuviera probando vestidos y presumiendo delante de un espejo, pero lo que de verdad la obnubiló fueron las prendas.
Eran hermosas y únicas. Mi madre jamás había visto piezas así.
Los cortes, las telas… Todo era perfecto en ellas.
Eran verdaderas obras de arte. Moda. Alta costura.
Fue la primera vez que sintió amor a primera vista.
Aquella noche no durmió. Pasó las horas ideando un plan para acceder a las prendas. Necesitaba tocarlas, descubrir el misterio que las envolvía.
Y lo consiguió.
Mi madre era una buena alumna y delante de las monjas apenas hablaba. Ver, oír y callar, como le había aconsejado mi abuela que hiciera. Cosía y no decía ni mu. Por eso ninguna de las religiosas sospechó que, cada vez que acababa la jornada de labor, no se iba del convento con las manos vacías.
Prudencia, la niña tímida, la discípula aventajada que había aprendido a coser entre mujeres silenciosas y entregadas, todas las tardes, al acabar la jornada, se llevaba a casa una prenda que en su dormitorio analizaba al milímetro.
Acariciaba los tejidos con mimo, como quien toca la piel de un recién nacido: satén, encaje, muselina, terciopelo, tul.
Ella ni siquiera sabía que se llamaban así.
Descosía las prendas y las volvía a unir antes de devolverlas al día siguiente al sótano del convento.
Abrigos ajustadísimos a la altura de la cintura, vestidos cheongsam, de sirena, de escote corazón.
Faldas acampanadas, también abiertas y largas hasta la pantorrilla.
Chaquetas entalladas, estolas, pantalones anchos…
Un curso intensivo en el que apenas había tiempo para descansar.
Mi madre interiorizó cada corte y se convirtió en una de las mejores modistas de la provincia de Alicante.
Al Taller de Costura Carmencita, en Villajoyosa, acabaron viniendo muchas mujeres, españolas y extranjeras, de toda Valencia y alrededores.
Y si eso pasó fue gracias a esos ingeniosos y temporales hurtos por parte de mi madre.
«A hacer y deshacer llaman aprender». El dicho se ajustaba a la perfección a mi madre y con esa frase remataba la vieja historia cada vez que la contaba.
Por aquel entonces me aburría que la repitiera un día sí y otro también, y me repateaba que las otras dos empleadas rieran de buena gana.
Pero hoy la añoro tanto que daría lo que fuera por oírsela contar.
Los recuerdos son tan vívidos que es como si la tuviera aquí al lado, con su voz cantarina, el dedal encajado en el dedo corazón y la cinta métrica colgándole del cuello.
Quién me iba a decir a mí, inocente, soñadora y rodeada por un entorno tan naif, que un futuro turbio y oscuro me esperaba a la vuelta de la esquina.