La última luciérnaga
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PRIMERA PARTE
Noviembre de 2023
A falta de nuevas pistas, el Mirador de la Costa Blanca llevaba años siendo su único objetivo.
Brianna conocía a todos los ancianos de la residencia de tanto merodear por los alrededores y confiaba en varios auxiliares con los que había entablado cierta relación, que siempre la avisaban si surgía alguna novedad.
Todo habían sido menudencias, hasta hoy. La muerte, una muerte, había roto por fin su aburrida rutina. Se propuso vigilar el entierro desde cierta distancia y estar atenta ante la más mínima anormalidad.
En el cementerio, no tardó en localizar a una persona oculta tras unas gafas y una mascarilla, aunque ya habían pasado varios años desde la pandemia.
Su actitud hizo que saltaran todas las alarmas.
La mujer, a la que no le quitaba los ojos de encima, observaba el sepelio medio escondida, desde la zona de los panteones.
Llevaba una gorra con visera, un pantalón negro y una chaqueta del mismo color.
Al acabar la ceremonia la siguió por el borde del camposanto hasta la salida.
Era media mañana y hacía dieciséis grados que no llegaban a calentar del todo.
El aire olía a flores cortadas y el cielo estaba despejado, pero el azul parecía cubierto por una capa fina, como si alguien lo hubiera empolvado.
A consecuencia, en el horizonte solo se intuía la línea del mar.
Fuera del recinto, los pinos dibujaban un perfil irregular y los ecos de la ciudad sonaban lejos.
Fotografió a la mujer mientras entraba en un Ford Puma gris antracita.
Brianna pasó rápido junto al vehículo, con todo el disimulo que pudo, y la miró de soslayo a través de la ventanilla.
Se había quitado las gafas de sol. A juzgar por los ojos enrojecidos, había llorado.
Aceleró el paso hasta su furgoneta y se incorporó a la carretera para no perderla de vista.
Condujo por Villajoyosa unos diez minutos.
Una ruta descendente que las iba acercando a la costa.
El Ford se detuvo y entró en el aparcamiento de unos apartamentos turísticos de la ciudad, donde lo vio perderse.
El complejo estaba ubicado en una zona residencial tranquila con mucho hueco.
Estacionó enfrente. Anotó la matrícula y frases sueltas en una libreta: «A la mujer desconocida le ha afectado el entierro», «Se ha mantenido apartada y oculta todo el tiempo», «No vive en la zona», «Mediana edad».
Amplió las fotografías que le había hecho con el móvil.
¿Y si era ella? Perseguir durante tantos años a un fantasma desgastaba, así como pasar tiempo cerca de María.
Brianna necesitaba cerrar ese capítulo. Descansar.
Se merecía alejarse de aquella búsqueda incansable y enloquecedora, pero sobre todo de María.
Largarse de vacaciones con Nacho. Eso sería maravilloso, pero ninguno de los dos tenía donde caerse muerto.
Ojalá saliera todo como esperaba y cobrara un buen pellizco. Solo así podría María quedarse tranquila y dejar a Brianna en paz.
Mientras aguardaba, por si había nuevos movimientos, abrió la aplicación de WhatsApp y a punto estuvo de enviar un mensaje a María, pero lo descartó.
No quería adelantar acontecimientos. Lo único que hacían las falsas esperanzas era hundir a la gente en la miseria, además de mermar la reputación de quien las alimentaba.
Se cercioraría antes de decir nada. Se pegaría a la sospechosa como una sombra para averiguar si de verdad se trataba de ella. Y después actuaría.
*