Capítulo decimosexto — Fuera de temporada #2
Vino un martes por la mañana, sin avisar, con una bolsa de deporte y su manera de entrar en la pista como si todavía tuviera las llaves.
En cierto modo las tenía: Sebas le abrió sin preguntar, con una palmada y un «hombre, el de la tienda».
Patinaron juntos un rato, Tata y yo, en el hielo vacío.
Me enseñó dos cosas de los rebotes en esa portería que no estaban en ningún manual: cómo el hielo de junio, con el calor, se vuelve perezoso a la derecha del poste, y cómo la grada alta tapa la luz de las cinco en los entrenamientos de verano.
Después, en el vestuario, dejó la bolsa encima del banco y sacó un disco.
El disco del quinto partido. El del partido de su vida, en la casa de su vida, que había terminado en la red con su asistencia —no, con la mía.
Él lo había pedido a los encargados. Se lo dieron.
Los clubs también saben hacer las cosas bien a veces.
—Para ti —dijo—. Tú lo ganaste. Yo solo vine a comprobar que la casa seguía en pie.
Lo puso encima de mi taquilla. La del centro. Miró la taquilla, miró el vestuario, y dijo:
—La próxima casa llena, que sea la nuestra también.
Se lo quedó mirando un segundo, y añadió, para los dos:
—Dile a tu chica que la grada del fondo norte sigue teniendo buenos sitios. Algunos los reservé yo once años.
Tata se fue como vino: sin ruido, con una palmada en el marco de la puerta. El disco se quedó en mi taquilla. Sigue ahí. Va a seguir ahí mientras yo siga.
Antes de irse, en la puerta de la pista, Tata se detuvo a mirar la grada vacía un rato largo. Yo estaba recogiendo los discos del entrenamiento —la costumbre de Kuba, heredada ya, como todas las buenas costumbres— y lo vi de pie, solo, mirando el fondo norte como se mira un cuadro.
Once años en esa casa. Salió por la puerta de atrás en septiembre con una nota y volvió por la puerta delantera en la final con todo el barrio aplaudiéndole los goles en contra.
Hay personas a las que el hockey les debe mucho y nunca se lo paga entero.
Tata era de esas. Pero aquella mañana, de pie en la puerta, no tenía cara de deudor.
Tenía cara de hombre que ha comprobado que la casa sigue en pie y se va tranquilo a la suya.
—La Cerdanya juega aquí en noviembre —dijo, despidiéndose—. Traed a toda la gente otra vez. Que os quiero ver esta grada llena aunque sea para ganaros.
—Estará llena —dije.
—Lo sé —dijo—. Por eso vendré.
El dieciséis de junio, el anuncio. El diecisiete, las fotos oficiales con la camiseta nueva. El dieciocho, lunes, la vuelta de la señora Marisa.
Marisa Roque volvió de Málaga un lunes de junio a las once de la mañana, con la maleta pequeña, el termo grande y una bolsa de aceitunas para Dani.
Yo estaba en la cocina, en calzoncillos y camiseta, haciendo el café de las once.
Los zapatos de Dani estaban junto a los míos en la entrada del desván, porque desde abril el descansillo era solo un sitio donde se dejaban los zapatos juntos.
La oí entrar. Oí la maleta. Oí la pausa junto a la escalera, mirando los zapatos. Y después oí su voz, tranquila, dirigida al techo, sin subir:
—Ya era hora de que alguien usara la calefacción.
Bajé. Me planté delante de ella en la cocina, en plan «puedo explicarlo», aunque no podía explicar nada. Marisa Roque me miró de arriba abajo: el chándal, los pies descalzos, la taza en la mano. Su cara no dijo nada durante tres segundos enteros. Después dijo:
—El café se hace con la cafetera pequeña. La grande es para los días de familia.
—Sí, señora —dije.
—Y baja a desayunar cuando estés vestido —dijo—. Mi hija duerme hasta tarde desde los quince. Es de las mías. No intentes cambiarlo.
Eso fue todo. Ese fue el interrogatorio.
Marisa Roque había hecho el parte completo desde Málaga en abril, con una llamada de Yessi y cuatro preguntas a su hija, y llevaba dos meses sabiéndolo todo.
Solo esperaba que alguien tuviera la decencia de no mentirle en su propia cocina.
Yo no le mentí. Me gané la cafetera pequeña.
A la semana siguiente, en el desván, Dani subió con un marco.
Lo había comprado en un bazar de la avenida, uno de esos marcos de madera clara con cristal.
Y dentro del marco puso el folio. El folio de las normas de convivencia, versión dos, con las seis reglas, los anexos de la leche y el fuego, las dos firmas, y el subrayado doble de la tercera con mi inicial.
—No lo rompemos —dijo—. Lo jubilamos.
Colgamos el marco en la pared del desván, al lado de la medalla que ya miraba hacia fuera. Y antes de cerrar el cristal, Dani cogió un lápiz y escribió debajo de las seis, con su letra rápida, la séptima:
«Quedarse.»
—La regla siete —dijo—. Por fin escrita.
—Hacía falta escribirla —dije.
—Hacía falta escribirla —dijo ella—. Las que no se escriben son las peligrosas. Me lo enseñó una entrenadora muy lista.
Quedarse. Una palabra en un marco. Todas las demás reglas rotas, y la única que nunca se rompió era la que no habíamos firmado. Hay gente que aprende eso en cursos. Nosotros lo aprendimos en una cocina.
«El Autobús», el grupo, volvió a la vida en junio. Brett, por supuesto.
«Actualización de verano: el portero firma tres años. El club me obliga a felicitarle. Yo me obligo a cambiarle el nombre.»
«Propuesta: dejar de llamarle el finlandés. Motivos: 1) ya sabemos todos de dónde es. 2) el chico se ha quedado. 3) tengo sensibilidad artística.»
«Votación. Opción A: el portero. Opción B: el del pase. Opción C: el de la casa.»
Ganó la C por goleada. Veintiséis votos. Uno en contra: Brett, que votó la B por llevar la contraria, que es su manera de querer.
«Decidido. El de la casa. Bienvenido a la casa, Niko. Llevas dentro desde febrero, pero ahora ya es oficial.»
Leí los mensajes en la cama, con Dani dormida en mi hombro y el ventilador de techo moviendo el calor de junio. El de la casa. Pensé en todos los nombres que había tenido: el nuevo, el finlandés, el portero, el del táper. Ninguno me había gustado. Este sí. Este me lo quedaba.
A finales de junio, Pol volvió a entrenar.
La primera sesión fue rara y bonita: Pol en el hielo casi seis meses después, con el hombro nuevo y la sonrisa vieja, bromeando con Brett antes de quitarse el casco. Aitor le pasó el primer disco. La grada —veinte personas, los de siempre, los que van a ver entrenar en verano— aplaudió.
Pol había visto la final desde el palco, con el brazo colgando.
Después me contó que la asistencia del quinto partido la gritó tanto que el hombro le dolió tres días.
«La primera asistencia de portero que veo en mi vida», me dijo, «y va y me la das con mi taquilla todavía caliente.
» En junio ya nos entendíamos. Pol hablaba rápido y pensaba más rápido.
Marta, su médica y su todo, venía a los entrenamientos de verano con la carpeta y la cara de no perdonarle una repetición de más.
Entre los dos vigilaban su hombro como se vigila un banco.
Iván y yo lo miramos desde la otra portería.
La nueva era de porteros: los dos, todo el año.
Uno A y uno B, decía la prensa. Nosotros decíamos: el sindicato.
Iván había renovado en mayo, con la misma tranquilidad con la que hacía todo, y en el contrato había una cláusula que pidió él: horas de cantera con Kuba.
El maestro checo y los dos porteros de la casa.
Los próximos diez años tenían maquinaria.
Raúl también tuvo verano de firmas. En abril firmó su año doble, jugador y mentor, el que se había ganado la noche del veinticuatro de marzo.
En julio, antes del primer entrenamiento de la pretemporada, la rodilla decidió por todos: solo habría mentor.
Lo contó en el grupo con una foto de la cantera y sin drama, como contaba todo.