Capítulo decimocuarto — Mi equipo #3
Los porteros leemos los tiros. Las personas son más difíciles. Miré su cara y no leí nada que diera miedo: leí el alivio previo de alguien a punto de dejar una carga. Los albaranes firmados. La mercancía por fin en el muelle.
—Vale —dije—. Después del partido.
—Después del partido —repitió, y sonrió, y me sirvió más pasta, y la conversación volvió a los sitios normales: la siesta que yo no iba a dormir, la bufanda que ella llevaba en la mochila, la madre que llamaba a las siete desde Málaga y olía a kilómetros.
A las cuatro subí al desván. No dormí. Miré el techo, la veta que parecía un palo, y pensé en la noche que venía.
Mil doscientas personas. La Cerdanya. Tata.
La última página de una temporada entera.
Pensé en la frase de Kuba, la de no elegir los sitios sino las personas.
Los sitios no se acuerdan de ti. Las personas sí.
Yo había elegido personas: un vestuario que llevó mi casco al centro, un viejo que me dejó regar su final, una mujer que me esperaba en andenes.
A las cuatro y media llamé a mi madre. A Espoo. Sonó cinco veces, como siempre, porque ella deja el teléfono en cualquier sitio y lo busca con calma, con esa calma de las personas que no esperan noticias urgentes desde hace años.
—Äiti —dije—. Soy yo.
—Niko. ¿Estás bien? ¿Comes?
—Como. Escucha. Esta noche juego la final. El quinto partido. La casa llena. —Respiré—. No voy a la concentración. Me quedo aquí.
Silencio. Mi madre procesa despacio, como yo. Somos de la misma fábrica.
—¿Estás contento? —preguntó al final.
—Sí —dije, y me salió sin pensar, que es como salen las verdades.
—Entonces está bien —dijo—. Tu abuelo decía que las puertas que se cierran solas son de corriente. Las que cierras tú son las tuyas. Juega bien, Niko. Lo veré por el ordenador de tu hermano. Si me enseña a abrirlo otra vez.
Colgamos. Me quedé con el teléfono en la mano y una cosa tibia en el pecho. Mi madre no iba a los aeropuertos. Mi madre no viajaba. Pero mi madre, con dos frases, acababa de firmar mi decisión con su calma de siempre, y eso pesaba más que todas las convocatorias del mundo.
Las personas sí se acuerdan. Yo también me iba a acordar. De todo. Para siempre.
A las cinco, en el desván, antes de volver a la pista, saqué el teléfono. Abrí el chat con Dani —nuestro chat, el que usábamos para lo urgente: «hay un paquete para ti», «se ha quedado la luz del pasillo»— y escribí el mensaje más importante de mi vida en su idioma, no en el mío:
«Llegada estimada: esta noche. No cambies de andén.»
Lo envié. Tres puntos bailando. Y su respuesta, diez segundos después, en el mismo idioma, el de los horarios:
«Andén fijo. Salidas garantizadas.»
Me reí solo en el desván. Los dos hablando en horarios como dos dispositivos de la misma red.
Guardé el teléfono. Miré la medalla dada la vuelta en la pared. Por primera vez en dos meses, me acerqué y la giré. El oro hacia fuera. La cinta azul y blanca hacia la pared.
El oro estaba bien donde estaba. Era mi pasado, no mi techo. Los techos se levantan con otras cosas: con porterías firmadas a mano, con vestuarios que te llevan tus cosas al centro, con mujeres que dibujan puertas en las casillas donde antes había preguntas.
Bajé. Ella estaba en la cocina, con la mochila lista para ir a la pista con Yessi. Nos miramos. No nos besamos: la regla tres, la última que quedaba, la respetamos hasta la puerta. Pero en la puerta, al salir, ella me dijo, mirando el partido imaginario:
—Esta noche, cuando mires a la grada, yo estaré detrás de tu portería. En la segunda parte. Fondo norte.
—Lo sé —dije.
—¿Cómo lo sabes?
—Llevo un mes mirando esa grada —dije—. Te encontraba siempre.
Se ruborizó. Se despidió con la mano. Yo salí detrás, con la bolsa y la casa entera en los pies.
El camino a la pista, a las seis, era una romería.
Nunca vi nada igual. La calle de la nave llena de gente caminando hacia el mismo sitio: familias con niños pintados, abuelos con bufandas viejas, grupos de chavales cantando ya.
Los bares de la zona con las mesas fuera, llenas, y la gente brindando a la salida del equipo.
Alguien me reconoció a pesar de la capucha.
«¡El portero!» Y en dos segundos había veinte personas aplaudiendo en la acera, y yo caminando entre los aplausos con las orejas como dos semáforos.
En la puerta de la pista, Eugenia hablaba con la cámara a una chica con un cartel. El cartel decía: «Yo también me quedo.» No entendí. Después sí: la historia de la mañana ya era del barrio. Sara trabajaba rápido. El barrio, más rápido.
En el túnel, antes del calentamiento, JR me esperaba. JR, con su traje de los días grandes y toda una vida de pistas a la espalda. Me tendió la mano. Se la estreché. No la soltó enseguida.
—Esta mañana me han contado —dijo—. Lo de Finlandia. —Apretó—. Te escribí una vez que la portería era tuya. Hoy has demostrado que merecías la frase. Y ahora, a por ellos, chico. Que la casa está llena y hace cuarenta años que este barrio espera.
La noche iba a ser larga. La noche iba a ser la nuestra.
El hielo no perdona. Pero hoy devuelve.