Capítulo decimoquinto — Mil doscientas
A las doce y cuarto del mediodía, el club colgó el cartel.
La mañana había sido una mañana rara, de esas que no pertenecen a ningún turno.
Me desperté a las ocho sin alarma, con la casa en silencio y el cuerpo sabiendo solo que era el día.
Él ya se había ido a la pista: su nota en la pizarra —«A la pista.
Vuelvo a comer.»— junto a mi puerta dibujada.
Hice el café. Miré la casilla. «Final. Después, la verdad.
» La verdad tenía fecha y era hoy, y por primera vez desde que la escribí, no me dio miedo: me dio prisa.
A las diez bajé a comprar pan y el barrio ya era un pavo real.
Las tiendas con bufandas en los escaparates.
La frutería con un cartel: «Hoy cerramos a las seis.
Hay cosas más importantes.» En la panadería, la dueña me regaló el pan.
«Por el partido», dijo. Aquel sábado, pan y hockey compartían contabilidad.
Yo estaba en casa, con la pasta de la víspera recalentada y la alarma de las siestas puesta, cuando el grupo de las Auroras explotó. Bea mandó la captura primero: la web del club, la página de entradas, y el aviso en rojo:
«ENTRADAS AGOTADAS.»
Debajo, el comentario de Eugenia, que llevaba dos años preparando ese momento y para el que no tuvo más palabras que un número:
«1200.»
Mil doscientas. Todas. Las de asiento, las de pie, las cincuenta que quedaban el miércoles, las ciento cincuenta del lunes.
Agotadas a mediodía del sábado, ocho horas antes del partido.
Por primera vez en la historia del club, la Pista Norte iba a estar llena.
Llena entera, hasta el techo, sin una silla libre.
Me quedé con el móvil en la mano, mirando ese número como se miran los milagros de oficina.
Yo llevaba semanas contando sillas vacías con el ojo de muelle: trescientas, doscientas cincuenta, doscientas, cincuenta.
Y ahora cero. La cuenta de Sara, la de los dos años, la del «nos faltan ciento noventa y siete» del año pasado, cerrada. Liquidada. ETA cumplida.
Yessi me escribió en privado: «He llorado con el cartel de una web. Necesito que se me pase o no puedo conducir.»
Le contesté: «Coge pipas. Hoy hace historia y se come historia.»
A las seis salimos hacia la pista. El barrio era un río.
Nunca vi nada parecido: la calle entera caminando en la misma dirección, bufandas azules y blancas, niños en hombros, abuelos con bastón y bandera, los bares con las puertas abiertas y la radio a todo volumen.
En la esquina de la nave, un grupo de la Grada Norte repartía cartulinas blancas otra vez, la nevada del lunes, edición final.
En la entrada, la organización se salía de madre: colas serpenteantes, Eugenia corriendo con el walkie, voluntarios con chalecos improvisados. Y en el banquillo de prensa, ya visible desde fuera por la ventana, Sara.
Sara estaba de pie, con la carpeta en la mano, mirando la grada llenarse. No escribía. No hablaba por teléfono. Miraba. Y aunque estaba lejos, se le veía la cara: se le veía que llevaba dos años esperando aquella vista, y que ahora que la tenía delante no sabía dónde archivarla.
—Pobre Sara —dijo Yessi, siguiendo mi mirada—. Va a tener que cambiar de obsesión.
—Las obsesiones buenas no se cambian —dije—. Se cobran.
Entramos al pabellón y el ruido nos abrazó como un horno.
Mil doscientas personas. No cabía un alfiler.
La Grada Norte ocupaba el fondo entero con los tambores y las banderas y el cartel del abuelo —«El sábado es nuestro»— y por todas partes, en cada fila, las cartulinas blancas esperando en las manos.
El aire olía a cerveza, a palomitas, a nieve de la semana y a eso que huelen los sitios cuando toda la gente que tiene que estar en ellos está dentro.
Hice lo que hago siempre: la cuenta. Y por primera vez en dos años de contar gradas, la cuenta dio exactamente el número de las sillas.
Ni una libre. Los sectores altos, llenos.
Las esquinas, llenas. El fondo sur, que los días flojos era un mapa de huecos, era una pared de gente.
Miré hacia arriba, al techo de la nave, a las bufandas colgadas y el polvo de todos los partidos, y pensé en lo que había dicho Sebas una vez: que el polvo no se quitaba ni con agua bendita.
Aquella noche el polvo tenía motivos para quedarse.
Vi a Pol Ferrer en el palco, de traje, con el hombro vendado, saludando a la gente de pie.
El que había sido el fichaje imposible, el del hombro roto y la temporada sacrificada, aplaudiendo a sus compañeros con una mano y media.
A su lado, una mujer seria con cara de fisio —Marta, la médica del club, la que le salvó el hombro y la vida— le sujetaba el vaso.
Hasta los que no jugaban estaban en la foto.
Aquella noche, todos estaban en la foto.
Conseguimos sitio en el fondo norte, tercera fila de pie, detrás de la portería que él defendería en la segunda parte.
Yessi había hecho méritos para ese sitio con la diplomacia de una extremo.
«Es que mi amiga necesita ver la portería», le dijo a un grupo de la Grada Norte.
«Para animar.» Las personas de la Grada Norte entienden de necesidades.
A las ocho menos diez, salieron los equipos.
No sé escribir lo que fue eso. Lo intento: mil doscientas personas levantando cartulinas blancas a la vez, y el pabellón entero convertido en hielo, y el ruido no era ruido sino presión, una presión que te entraba por el pecho y te empujaba hacia el hielo como si la grada entera fuera un viento a favor.
Los tambores. Los cencerros de los doscientos de la montaña, allá arriba, en la esquina, valientes.
Y el cántico, el de siempre, el de todas las noches de aquel marzo, gritado por mil doscientas gargantas a la vez: hielo en las venas.
Se me puso la piel de gallina de los pies a la coronilla. Yessi me agarró del brazo. El abuelo, dos filas más abajo, ya lloraba y el partido no había empezado.
El partido.
El primer periodo fue el mejor periodo de hockey que vi en mi vida, y el peor para mi corazón.
Los dos equipos salieron sin red: La Cerdanya a matar la historia, nosotros a escribirla.
A los cuatro minutos, gol de ellos. Su delantero joven, el de los diecinueve años, otra vez por el palo corto, el mismo sitio, la misma crueldad.
Cero a uno. Silencio corto. Y los sesenta —no: los mil doscientos— respondiendo con el cántico antes de que el silencio terminara de nacer.
Hay que decir cómo se juega un primer periodo de quinto partido: con las piernas de ayer y el corazón de hoy.
Los dos equipos llevaban cinco partidos en seis días.
Se notaba en todo: en los cambios cortos, en los patines que pesaban, en los palos que llegaban un palmo más tarde.
Y aun así, o precisamente por eso, cada entrada era a vida o muerte.
La Cerdanya mordía en la salida. Nosotros salíamos con el disco pegado al palo y el alma en la garganta.
Él paró cinco tiros en los primeros quince minutos, y los cinco fueron de los que te hacen mirar a la persona de al lado para confirmar que los has visto.
A los nueve, empate. Aitor, claro. Robo en el medio y galopada de capitán, de esas que se enseñan en las escuelas dentro de veinte años, definiendo con la muñeca seca. Uno a uno. El techo casi se cae. Las cartulinas volvieron a subir y esta vez la nevada duró un minuto.
El resto del periodo fue un pulso sin goles y con todo lo demás.
Dos palos, uno en cada portería. Una superioridad para cada equipo, muertas las dos.
Y la sensación física, en la grada, de estar viendo dos ejércitos que se conocen demasiado bien: cada truco respondido, cada seña leída.
Tata dirigía los ataques desde el medio con la calma de los once años.
Delante de él, Raúl le cerraba los caminos con la memoria de los mismos once años.
Dos hombres que habían compartido vestuario jugándose la copa en ajedrez, mientras alrededor todo corría.
En el segundo periodo, ellos volvieron a marcar. Una superioridad, el disco peleado en la boca del gol, y el capitán de La Cerdanya empujándolo a la red entre tres cuerpos. Uno a dos. Y otra vez el pabellón respondiendo antes de tiempo, cantando con el marcador en contra, negándose a morir.
Y en ese segundo periodo pasó lo de Tata.
Tata jugaba sus minutos, y en un contraataque a los quince minutos, se plantó solo delante de él.
De Niko. El pasado contra el futuro, el dueño anterior contra el inquilino nuevo, en la portería de los dos.
Tata hizo su recorte, el de siempre, el que llevaba once años haciendo en ese hielo.
Y Niko no se movió. Esperó. Leyó. Y cuando Tata soltó la muñeca, el guante ya estaba ahí.
El pabellón se vino abajo con una mezcla imposible: la explosión de la parada y, debajo, en los bajos del ruido, una ola de aplausos para el rematador. Para Tata. La casa queriendo a los que se van, otra vez, incluso en la noche en que los que se iban podían llevarse la copa.
Tata se detuvo un segundo delante de la portería. Le dijo algo a Niko. Niko le respondió con la barbilla. Los dos se midieron una última vez, y en la repetición de la pantalla se veía clarísimo: se sonreían.
El tercer periodo empezó con el uno a dos y con el miedo.
El miedo duró cinco minutos. A los cinco, en una jugada de estrategia, Vicho hizo el cambio que el barrio contará siempre: sacó a Kuba.
Kuba llevaba semanas siendo noticia por lo que no iba a ser.
Y salió al hielo en el tercer periodo del quinto partido de la final, y la grada entera se puso de pie para recibirlo.
De pie. Mil doscientas personas aplaudiendo a un defensa checo de treinta y cuatro años que saltaba al hielo con piernas de veinte años.
Él levantó el palo una vez, seco, y se puso a trabajar.