Capítulo decimocuarto — Mi equipo #2
El vestuario estalló. La tensión se rompió como se rompen las cosas buenas: de golpe y para siempre.
Raúl se reía con el vendaje colgando. Kuba se tapó la cara con las manos, y por encima de los dedos se le veía la sonrisa más grande del mes.
Y Aitor, en su sitio, no reía. Asentía. Despacio.
Con la cara de un hombre que también amó en secreto una vez, delante de todos, y salió bien.
Y entonces Aitor se levantó.
Aitor no se levanta para hablar. Aitor habla sentado. Se levantó, se quitó el casco de las manos —lo tenía en las manos, listo para el hielo— y miró al vestuario entero.
—¿Conocéis las Normas del vestuario? —dijo—. Las diez normas. Las escribí yo el primer año, en una servilleta, con el equipo en la ruina. La tercera dice: «Lo del vestuario se queda en el vestuario.»
Todos asintieron. La tercera era sagrada. La tercera era la que protegía a todo el mundo.
—Pues hoy la rompemos —dijo Aitor—. Oficialmente.
Lo de Niko no se queda en el vestuario. Lo de Niko es de todos.
Todo el mundo sabe ahora lo que ha dejado este chico por jugar esta noche.
Que se sepa fuera también. Que lo sepa la grada, que lo sepa el barrio, que lo sepa la montaña entera.
—Nos miró uno a uno—. Esta noche no jugamos por el club.
Ni por la copa. Jugamos por el portero que eligió esta portería.
El vestuario rugió. Rugió como no había rugido nunca, puños en los armarios, botas en el suelo, y Brett me agarró del cuello y me zarandeó gritando «¡FINLANDÉS LOCO!
» con la cara mojada, y Raúl me dio un abrazo de oso con la rodilla vendada y todo, y en el medio del ruido yo pensé la cuarta frase finlandesa, la última: «Hädässä ystävä tunnetaan.
» En la necesidad se conoce a los amigos.
Cuando el ruido bajó, Raúl dijo, desde su esquina, con su voz de abuelo:
—El hielo no perdona. Pero hoy devuelve.
Todos asintieron. Yo también. No entendí del todo la frase hasta seis horas después.
Kuba vino el último. Me miró a los ojos, me dio dos golpecitos en el pecho con el puño cerrado, y dijo una sola palabra en checo que no entendí y no necesité entender.
Después, cuando el vestuario volvió a sus rutinas, Kuba se sentó a mi lado un minuto. En voz baja, para los dos:
—Elige a las personas —dijo—. Te lo dije en la montaña. No sabía que eras tan rápido aprendiendo.
—Tú sabías —dije—. ¿Verdad?
—Sospechaba —dijo Kuba—. La pizarra. Los puntos. Un táper lavado tres veces no es higiene, portero. Es una declaración. —Se rio—. Ella es buena. De las buenas de verdad, de las que no se fabrican. Cuídala. Y dile que Kuba lo sabe y que Kuba no dice nada. Aunque ya no haga falta no decir nada.
—Esta noche se lo digo todo —dije—. Todo. Lo que falta por decir.
—Todo —repitió Kuba, y algo pasó por su cara, una nube rápida, y sonrió otra vez—. Eso. Todo. Las cuentas claras, portero. Es lo único que les debes a las personas que quieres.
Se levantó y se fue a sus palos. Me quedé con la nube rápida en la memoria, sin saber leerla todavía. Las nubes de Kuba siempre significaban algo. Aquella la entendí doce horas después, y no era para mí.
Y después, mientras nos vestíamos, pasó la cosa que todavía me cuesta contar.
Los del segundo equipo —los suplentes, los que no jugaban esa noche— cogieron mis cosas de la esquina.
Mi banquillo, mi toalla, mis canilleras, mi casco.
Y las llevaron al centro del vestuario. A la taquilla del centro, la de los capitanes y los veteranos, la que estaba libre desde que Pol se operó en enero.
Nadie me preguntó. Nadie me avisó. Lo hicieron delante de mí, en silencio, como se hacen las ceremonias de verdad.
Yo había visto esa taquilla todos los días durante dos meses.
El centro del vestuario. Los armarios de Aitor, de Raúl, de Kuba.
El centro no era geografía: era un tribunal.
Nadie se sienta en el centro por méritos propios.
Te sientan los demás. La esquina era para los de paso. El centro era para los de la casa.
Iván fue el que llevó mi casco. El otro portero. El hombre cuyo puesto yo ocupaba. Llevó mi casco al centro como quien entrega algo en una iglesia, lo colgó en su gancho, y al pasar me dijo, bajito:
—La portería es tuya. El banquillo es de los dos. Que no se te suba.
Los porteros. El sindicato de dos. Me entró todo a la vez por donde no se defiende.
Yo miré mis cosas en el centro del vestuario y no pude vestirme. Me senté en el banquillo nuevo, en el centro, con el equipo entero haciendo como que no miraba, y lloré. Un poco. Lo justo para que nadie pueda probármelo.
Los porteros no lloramos. Esa noche, algunos lloramos.
Vicho entró a las diez. Miró el vestuario, olió el ambiente, vio mis cosas en el centro, y no preguntó nada. Dijo la charla más corta de la temporada:
—Ellos tienen la montaña. Nosotros tenemos la casa. Esta noche, la casa se llena por primera vez. Mil doscientas personas. Que cuando salgan de aquí, sepan dónde han estado.
Después, en la puerta del hielo, me agarró del brazo. Vicho agarra fuerte. Es su manera de hablar bajito.
—Lo de la chica —dijo—. Lo de Roque. —Me clavó el dedo en el pecho—.
Lo de la grada y la escoba era broma. Casi.
Cuida a esa chica, que es capitana y es gente seria.
Y si Lourdes me pregunta, yo no sé nada de nada.
Nunca supe nada de nada. Mi vestuario es un misterio para mí.
—Me soltó—. Ahora ve y para hasta las piedras, finlandés.
Salimos a entrenar. Media hora. El hielo era el mejor hielo que pisé en mi vida. Sebas, desde la esquina, asintió una vez. Nuestra conversación diaria.
A la una, comida y descanso. En el pasillo, Sara me paró. Sara casi nunca me paraba: yo era el jugador que no daba titulares.
—Niko —dijo—. Lo de esta mañana. ¿Puedo contarlo? Esta noche, si ganamos. Es la historia del año.
—Es del equipo —dije—. Pregunta al equipo.
—Ya lo hice —dijo—. Aitor dice que es tuya. —Sonrió—. Mil doscientas entradas, Niko. Agotadas. En tres años persiguiendo este número. Esta noche se llena. Y va a ser por todos, pero un poco también por ti. Que lo sepas.
Se fue. Me quedé en el pasillo con el corazón haciendo paradas.
A la una y media volví a casa a comer. Ella estaba en la cocina, de guardia ante los fogones: pasta para los dos, con la solemnidad de las comidas de día de partido.
Comimos en la mesa, en la zona neutral, y durante un rato fue como todas las comidas de las últimas semanas: dos personas, dos platos, la pizarra vigilando.
—Esta noche —dijo ella, de repente, con el tenedor quieto—. Hay una cosa que tengo que decirte. Después. No ahora. Después del partido.
Miró la casilla del treinta y uno. La puerta dibujada. «Después, la verdad.»
—Lo sé —dije—. Está en la pizarra.
—No es mala —dijo—. No es buena. Es una cuenta. Te la debo desde hace una semana y la entrego esta noche, pase lo que pase en el partido.