La última línea (Los del hielo 4) Capítulo duodécimo — Cero a dos #3
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Capítulo duodécimo — Cero a dos #3

Último tren a casa. El viernes era el cuarto partido, fuera. Vuelta de madrugada. Ella esperaba. Lo decía así, en su idioma, en la pizarra donde se escribían las obligaciones, y era una promesa con horario y sin horario a la vez: espero. No importa la hora. No importa el resultado. Yo espero.

Me quedé mirando la línea el tiempo que tarda un tren en salir de la estación.

Subí al desván. Y allí estaba la otra cosa, la que me partió en dos con más limpieza que cualquier tiro.

Mi pasaporte estaba encima de la mesa. Abierto.

Yo lo había dejado así el jueves por la mañana, revisando la fecha de caducidad sin saber muy bien por qué —sí lo sabía, claro que lo sabía, lo sabía desde el mensaje de Jussi—.

Y en el borde de la cama, dormida con la ropa puesta y la manta a medio echar, estaba Dani.

Se había quedado dormida esperando. En mi desván. En la frontera que ya no era frontera. Con la almohada sin tocar y una mano sobre la colcha, abierta, como se quedan las manos de las personas que esperaban despiertas.

Me quedé en la puerta sin entrar.

El pasaporte abierto. Ella dormida. Las dos cosas en la misma habitación, a dos metros una de la otra: el papel que me llevaba y la persona que me quedaba. Si alguna vez un ángulo difícil existió fuera del hielo, era ese.

No la desperté. Le puse la manta encima, despacio, con las dos manos, como se cubre algo frágil. Ella se movió medio segundo, dijo algo dormido que no se entendía, y siguió durmiendo con la cara tranquila de la gente que sí sabe a dónde va.

Yo me senté en la silla, junto a la ventana, y no dormí.

Hacia las siete, se despertó. Se despertó de golpe, como se despiertan las personas de los horarios: con alarma interna, con la espalda recta, mirando el techo desconocido un segundo hasta que el GPS se actualizó. Me vio en la silla, vestido, con los ojos abiertos.

—¿Qué hora es? —dijo.

—Las siete —dije.

Se incorporó. Se miró la ropa. Me miró a mí. Se ruborizó en cadena: primero por haberse dormido, después por dónde, después por quién la miraba.

—Te esperaba despierta —dijo—. Fracaso técnico.

—Dormiste bien —dije—. Te vi.

—Eso suena fatal, portero.

—Dormías bien —repetí—. Me dio envidia.

Se rio, con la voz rota de la mañana. Se quedó sentada en la cama, mi cama, con la manta en las rodillas, y el desván entero se quedó suspendido alrededor de ella como una jugada parada. Afuera amanecía. El primer tren de la mañana pasó por detrás del polígono con su trueno doméstico.

—Cero a dos —dijo ella, sin preguntar. Ya lo sabía. Lo sabía todo el barrio.

—Cero a dos —dije.

—Esta noche se gana —dijo, con certeza de parte firmado—. Y mañana, en casa, se cierra.

Miré la pizarra mental. Viernes, fuera. Sábado, en casa. Y en la casilla del treinta y uno, la verdad con fecha. Y en Helsinki, Jussi. Todo el calendario apretándome como una alineación rival.

—Dani —dije.

—Sí.

No salió nada más. La frase estaba allí, completa, con su pasaporte y su primero de abril y sus ochocientos kilómetros, y no salió. Ella me miró esperando, y después sonrió despacio, y se levantó, y me puso la mano en el hombro al pasar.

—Luego —dijo—. Ahora, café. Y tú a dormir, que pareces un mueble de IKEA mal montado.

Bajó. La oí hacer café. La oí cantar bajito, sin melodía conocida, en la cocina de su madre.

Y yo me tumbé en la cama que olía a ella, y dormí cuatro horas seguidas, las mejores del mes, con el pasaporte en el cajón y la verdad en la nevera y la selección a ochocientos kilómetros esperando su turno como un delantero en el banquillo.

Miré el pasaporte. Miré a Dani. Miré la medalla dada la vuelta en la pared. Afuera, el polígono empezaba a encender sus luces naranjas, y los primeros camiones del día hacían cola en la carretera, puntuales, con sus ETA escritas por alguna mano con letra rápida en alguna pantalla.

Pensé en cómo había llegado hasta esa silla.

Un año antes vivía en una residencia de jugadores en Espoo, con un mueble cama y un contrato de meses.

Dos meses antes, en un hotel de carretera en Helsinki, esperando una llamada que no llegaba.

Y ahora estaba en un desván de Valdemoro, con una pizarra abajo que me escribía verdades, un equipo que peleaba una final, y una chica dormida en mi cama que contaba los peldaños de la escalera como otros cuentan ovejas.

La vida da esos vuelcos. Nadie te avisa.

No hay señal de tráfico que diga: en ochocientos kilómetros, su casa.

El que tiene suerte, que la esconda.

Yo tenía toda la suerte del mundo repartida en dos ciudades, y la escondí hasta que esconderla se convirtió en la única mentira que me quedaba.

Esta noche, en La Cerdanya. O se ganaba o se acababa. Y después, Jussi. Y después, el treinta y uno, la verdad con fecha azul en la nevera.

Cerré el pasaporte. Lo guardé en el cajón, despacio, sin ruido. Algunas decisiones se toman yendo al aeropuerto. Otras se toman cerrando un cajón mientras alguien duerme en tu cama.

Todavía no sabía cuál era la mía. O sí lo sabía, y todavía no me atrevía a leerla en voz alta.