La última línea (Los del hielo 4) Capítulo decimotercero — El correo
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Capítulo decimotercero — El correo

El viernes fue el día en que el hombre que iba a ser sacrificado salvó la vida de todos.

Antes de eso fue un día de perros. El turno de las seis con tres horas de sueño y el corazón en modo avión.

Ginés me dejó tranquila toda la mañana, que en él es el equivalente a una cuna.

A mediodía, la noticia ya estaba en todas partes: algún periodista había publicado que Kuba Novotný no renovaba, que la llegada de Halme y la vuelta de Pol cerraban las plazas.

En el grupo de las Auroras, las chicas lo comentaban con la melancolía de las que entienden de oficio corto: «Qué pena, el checo, con lo bueno que es.

» «Así es esto.» Yo leía los mensajes con la cara contra la pantalla y las palabras de Balaguer en la cabeza: la plaza vale más que el sentimiento.

La plaza valía más que el sentimiento. Y el sentimiento, esa misma noche, iba a jugar su penúltimo partido.

Lo cuento así, de golpe, porque así me pasó.

El cuarto partido era en La Cerdanya, a las cinco, y los Árticos no televisaban siempre los partidos fuera, así que Yessi y yo lo seguimos en mi salón, con el portátil en la mesita y una señal que se congelaba en los momentos importantes, como es tradición.

Mi madre llamó a las cinco. Parte diario.

Le dije que veía el partido. Me dijo: «¿Con quién?

» Le dije: «Con Yessi.» Hubo una pausa de medio segundo, ese medio segundo en el que Marisa Roque procesa más información que un ordenador, y dijo: «Ah.

Bueno. Que ganen.» Colgó. El archivo de mi madre se actualizaba sin mí.

El partido fue una tortura de las malas durante cincuenta minutos.

Cero a cero. La Cerdanya con el cuchillo entre los dientes, los nuestros defendiendo como si la portería fuera la última casa del mundo.

Y en la portería, él. Dieciocho paradas en dos periodos.

La señal se congeló dos veces en ocasiones claras y las dos veces, cuando volvió, el disco seguía fuera.

Ver los partidos por el portátil es una penitencia.

La imagen llega tarde, el sonido llega peor, y la grada de La Cerdanya sonaba por los altavoces del salón como una tormenta dentro de una lata.

Yessi había traído provisiones de guerra: pipas, cervezas, patatas de las tres clases.

A los diez minutos ya no quedaban patatas.

Los nervios de Yessi se comen. Los míos se quedan mirando.

—Tu madre sabe que vemos el partido aquí —dijo Yessi, en el primer descanso.

—Mi madre sabe todo —dije—. Es su talento.

—¿Le has contado lo del inquilino? —Hizo un gesto vago que abarcaba el desván, el descansillo, el mes de marzo.

—No hay nada que contar —dije, por costumbre.

Yessi me miró con la cara de quien sostiene un espejo.

—Dani. Llevas tres semanas distinta. Escribes en la nevera como una poeta. El miércoles lloraste dos minutos por una parada. Y ahora mismo llevas veinte minutos sin mirar el móvil, que para ti es como estar en coma.

—Es el play-off —dije.

—Es el portero —dijo ella.

No contesté. El segundo periodo empezó y me salvó la campana, y Yessi guardó el tema en su archivo de «aplazados», que es grande y tiene muchas carpetas.

—Este chico no es de este planeta —dijo Yessi, con las pipas paradas a medio camino—. Te lo digo yo, que lo he visto entrenar con el segundo equipo de las nuestras y ni así.

—Shh —dije.

—¿«Shh»? —dijo Yessi—. ¿Me haces «shh» a mí en tu salón?

No contesté. Ella no insistió. El pacto del jueves —«mañana hablamos, sin excusas»— estaba en suspenso por culpa del calendario: el jueves fue día de viaje para ellos, y Yessi, que tiene su código, decidió que no se interroga a nadie en vísperas de cuarto partido.

El interrogatorio quedó aplazado. Yo sabía que solo era eso: aplazado.

En el tercer periodo, a los once minutos, pasó.

Contraataque de los nuestros, dos contra dos, y el disco llegó a la banda derecha, donde un defensa checo de treinta y cuatro años subía de refilón, como suben los veteranos, sin hacer ruido.

El pase le llegó limpio. Kuba Novotný —el hombre al que su club no iba a renovar, el hombre que se quedaba sin plaza para que otro la tuviera— controló, miró, y soltó un tiro raso desde la frontal que entró pegado al palo, con la precisión de un hombre que ha marcado goles en tres países durante doce años.

Lo vi en la repetición cuatro veces. La señal, por una vez, aguantó.

El control era de escuela: disco muerto, cabeza arriba, un tiempo entero para pensar, que en el hockey es una eternidad.

El portero de La Cerdanya esperaba el pase al centro, porque todo el mundo esperaba el pase al centro.

Kuba tiró. Raso, pegado al palo, el tiro de un hombre que ya no tiene que demostrar nada y por eso marca esos goles.

Uno a cero.

Yessi y yo saltamos del sofá como dos resortes.

El grito que pegué se debió de oír en el polígono.

Y después, con el grito todavía en el aire, me fijé en la celebración: Kuba, de rodillas en el hielo, con medio equipo encima, y la cara.

La cara de Kuba no era la cara de un gol.

Era la cara de una carta. De una carta de despedida escrita con un palo.

Me senté despacio. Yessi me miró.

—¿Qué pasa? ¿No es bueno? Esto es buenísimo.

—Es buenísimo —dije, y me puse a llorar.

Lloré de verdad, sin poder parar, mientras la retransmisión mostraba la repetición del gol y los comentaristas decían «el veterano checo, que puede estar jugando sus últimos partidos con el club».

Todo el mundo lo sabía ya. La noticia había salido durante la semana, en algún sitio: que Kuba acababa contrato, que la renovación de Halme complicaba las plazas.

Todo el mundo lo sabía y nadie sabía lo que yo sabía: la cifra exacta, el pasillo, la puerta abierta un palmo, y el fisio de las Auroras en la misma ecuación.

—Dani —dijo Yessi, y se sentó a mi lado, y me cogió la mano—. Dani, mírame. ¿Qué sabes tú que no sabemos?

El partido siguió. Los últimos nueve minutos fueron un asedio: La Cerdanya con seis, los nuestros con la muralla, y él parando todo, todo, hasta la bocina. Uno a cero. Dos a dos en la final. El sábado, en casa, el quinto partido. Todo o nada.

Los nueve minutos del asedio los pasé de pie detrás del sofá, aferrada al respaldo como a una valla.

La Cerdanya sacó al portero a falta de tres.

Seis contra cinco. El disco dando vueltas por nuestra zona como una avispa.

Yessi rezaba en voz alta, un rosario de tacos de extremo.

Y él, en la portería, se convirtió en un edificio: tres paradas seguidas, la última con el guante alto, otra vez el guante, y la bocina sonó con el disco todavía en su mano.

El comentarista dijo la cifra: treinta y dos paradas. Portería a cero. En la pista de La Cerdanya, con la final entera en contra.

—Portería a cero —repitió Yessi, abatida en el sofá—. Dani, ese chaval ha hecho una portería a cero en la montaña.

—Lo sé —dije.

—Estás temblando —dijo.

—Lo sé —dije.

Y lo estaba. Porque la portería a cero era hermosa y terrible: era el mejor partido de su vida justo la semana en que su otra vida llamaba desde Helsinki con billetes de vuelta. La vida no tiene editor. Lo repito porque aquella noche era la única conclusión disponible.

Yessi se fue a medianoche, con el interrogatorio pendiente y un abrazo que duró más que de costumbre. «El sábado es el sábado», dijo. «Pero el domingo tú y yo hablamos. Y no del hockey.»

Me quedé sola en el salón, con la tele apagada y el gol de Kuba dándome vueltas.

El hombre que iba a ser sacrificado había salvado la vida de todos.

El que se iba había metido al equipo en el quinto partido con su propio tiro.

Si alguien escribía eso en un guion, lo tachaban de exagerado.

La vida no tiene editor. La vida te pone el gol del despedido en la eliminatoria y te deja a ti, en el sofá, con la verdad que prometiste soltar «después de la final» y un calendario que se acababa en treinta y seis horas.

Hice la ronda de la casa. Apagué luces. Miré la pizarra: la casilla del sábado, con la final, y la frase azul, y el interrogante de él que seguía ahí desde hacía una semana, resistiendo en el margen como una pregunta educada.

Pensé en todo lo que tenía que decir y en todas las razones para no decirlo, y las dos columnas sumaban lo mismo.

Eso, en logística, es un empate técnico: no avanzas.

Ya no podía esperar al treinta y uno. Lo supe ahí, en el sofá, con la certeza de un parte de incidencias.

Esperar era convertirme en la que custodia secretos ajenos «por el bien de otros».

Kuba se merecía saberlo de alguien que lo quería, no de una reunión de junio.

Y él —el portero, el mío, el del descansillo — se merecía saber que su portería costaba más de lo que le habían dicho, antes de firmar tres años.

Me preparé el discurso en la ducha. Lo ensayé tres veces, con el agua cayendo: «Tienes que saber una cosa antes de firmar.

La semana pasada oí una conversación. Tu renovación tiene un precio y el precio lo pagan otros.

» Sonaba bien. Sonaba a torre de control: información precisa, sin adornos, sin melodrama.

Lo que no ensayé fue la respuesta posible.

La respuesta posible era él haciendo las maletas con la misma tranquilidad con la que paraba tiros, y esa imagen no cabía en ningún ensayo.

A las dos menos cuarto oí la llave. El equipo volvía de la montaña: autobús de madrugada, llegada tarde.

Los pasos. La puerta que se cierra con cuidado.

Y esta vez, en vez de esperar, cogí dos cervezas de la nevera —las de Balaguer, las del patrocinador, ironía completa— y subí la escalera hasta el desván.

Tercer peldaño. Séptimo peldaño. Llamé con los nudillos, suave.

—Adelante —dijo su voz, cansada.

Abrí la puerta.