La última línea (Los del hielo 4) Capítulo duodécimo — Cero a dos #2
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Capítulo duodécimo — Cero a dos #2

—Tenía veintiuno. Ya era mayor para las promesas.

Un año malo, un entrenador nuevo, y de pronto yo era «prescindible».

Esa palabra. La odié tanto que decidí no odiarla más: decidí irme tan lejos que la palabra no me encontrara.

—Se rio sin gracia—. Cogí un tren a Francia con una maleta y trescientos euros.

En la frontera, el revisor me preguntó adónde iba.

Le dije: a jugar al hockey. Me miró como se mira a los locos.

Y tenía razón. Era una locura. Pero era mi locura.

—¿Y echaste de menos Praga?

—Todos los días durante dos años —dijo—. Después dejé de contar los días. Esa es la verdad, portero. Las casas se echan de menos hasta que encuentras otra. El truco está en no morir en el tránsito.

—¿Y si encuentras dos? —pregunté.

Kuba me miró. El vestuario feo zumbaba con sus luces viejas, y del otro lado de la pared se oía al autobús arrancando el motor.

—¿Dos casas?

—Dos sitios donde te quieren —dije—. Que tiran para lados distintos.

Kuba se quedó quieto un rato. Después dijo, despacio, eligiendo:

—Entonces no elijas el sitio. Elige a las personas. Los sitios no se acuerdan de ti. Las personas sí.

Se levantó, se echó la bolsa al hombro, y se detuvo en la puerta.

—Esta noche ha sido mala. El viernes es el partido más grande de la historia de este club. Y tú eres el mejor portero que he visto en doce años. Hazme un favor: no lleves esta noche al viernes. Esta noche déjala aquí, en este vestuario feo. Que se la quede la montaña.

El autobús de vuelta salió a medianoche. Cinco horas. Nevando.

Hay una cosa buena en los autobuses de noche: son el único sitio donde un equipo es pequeño otra vez.

Veinticinco personas en filas de dos, con las luces apagadas y los respaldos bajados, no son un equipo de hockey: son una clase de niños en una excursión larga.

Los capitanes duermen. Los veteranos leen.

Los jóvenes miran el teléfono con el brillo al mínimo para no despertar a nadie.

Los pueblos pasan por la ventana con sus cuatro farolas y su nombre en una señal que nadie lee.

Yo no dormía. Miré el techo del autobús, las luces de la autopista entrando a ráfagas, y pensé en el tercer periodo.

En los últimos cinco minutos. En los sesenta.

Hay derrotas que te quitan y derrotas que te dejan algo.

Aquella nos dejaba una certeza: el equipo había tocado fondo en el segundo periodo y había salido solo, empujado por sesenta gargantas.

Eso no se entrena. Eso se tiene o no se tiene.

«El Autobús», el grupo, seguía en silencio. A las dos de la mañana, Eugenia mandó una cosa. No un meme. No una encuesta. Una foto de la libreta de Sebas, la página abierta, con su letra de hielero viejo:

«29 de marzo. Hoy no regué. El hielo también sabe cuándo hay que callarse.»

Sebas no había venido. Sebas nunca viajaba; decía que el hielo no viaja. Pero Eugenia le había pedido una página para el grupo, y el viejo había escrito eso. Hoy no regué. El hielo también sabe cuándo hay que callarse.

Leí la página tres veces. Sesenta personas habían cantado perdiendo. Un viejo no había regado. El equipo entero callado en un autobús con la nieve. Todo el mundo procesando la derrota a su manera, y las maneras eran todas distintas y todas correctas.

Yo guardé la foto de la página. En la misma carpeta donde no mira nadie.

Brett, dos filas atrás, dormía con la boca abierta. Raúl leía con la luz del asiento, su libro de siempre. Aitor miraba por la ventana como yo, en la otra fila, y en un momento dado nuestras miradas se cruzaron en el cristal, reflejadas, y Aitor asintió una vez. Una vez es mucho, de Aitor.

A las cuatro de la mañana, Jussi me escribió desde Helsinki. Los coordinadores también miran los calendarios.

«Buen partido ayer. Difícil allí. El viernes, suerte. La semana que viene, hablamos del viaje. Hyvää yötä.»

La semana que viene. Hablamos del viaje. Primero de abril. La concentración.

Miré el mensaje hasta que la pantalla se apagó. El viernes era el cuarto partido. Si ganábamos, el quinto era el sábado. El sábado treinta y uno de marzo. Y la concentración empezaba el domingo primero de abril, a ochocientos kilómetros de mi portería.

Hice la cuenta como se hacen las cuentas malas: despacio, dos veces, con la esperanza de equivocarse.

Doce horas entre el final del quinto partido y el vuelo de la mañana que Jussi tenía en mente.

Doce horas, si había quinto partido. Y si no lo había —si perdíamos el viernes— la temporada se acababa aquí y la selección me esperaba con los brazos abiertos y la conciencia tranquila: al fin y al cabo, ¿quién puede reprocharte nada si tu equipo ya no juega?

Esa fue la idea más fea que tuve en toda la noche.

La tuve un segundo, la miré, y la tiré a la papelera de la cabeza, donde se tiran las cosas que no se deben ni pensar.

Prefería mil veces el quinto partido. Prefería el infierno de una final en casa con todo en contra antes que la salida limpia que me ofrecía el calendario.

Las fechas lejanas no pesan. Eso pensaba yo el domingo. El jueves, en un autobús con nieve, la fecha lejana pesaba como un camión.

En Finlandia decimos: «Kell' onni on, se onnen kätkeköön.

» El que tiene suerte, que la esconda. No la gastes hablando de ella.

No la invoques antes de tiempo. Yo tenía suerte: una portería, un equipo, una casa con luz amarilla.

Y otra suerte esperando en Helsinki: una selección, un título que defender.

Dos suertes. Y las dos, de pronto, en la misma semana, tirando cada una para su lado.

El que tiene suerte, que la esconda. La escondí. No dije nada a nadie. Ni a Kuba. Ni a Aitor. Ni en la pizarra, donde una mano con letra rápida escribía verdades con fecha.

Llegamos a Madrid a las cinco. El cercanías no empezaba hasta las seis y cuarto.

Esperé en la estación vacía, con la bolsa y el frío, mirando los carteles de los trenes que todavía no existían.

La estación de madrugada es el sitio más triste del mundo, o el más honesto.

Todas las pantallas en negro. Todas las llegadas por anunciar.

En la estación había tres personas: un limpiador con su carro, una mujer dormida sobre una mochila, y yo.

El limpiador pasó a mi lado y me dijo «buenas noches», a las cinco de la mañana, con la voz baja de los que trabajan de noche y saben que las palabras también hacen ruido.

Le devolví el saludo. Pensé en las personas que trabajan de noche: los limpiadores, los panaderos, los carreteros, ella.

Ella también trabajaba de noche, a su manera: los horarios no duermen nunca, y ella los cuidaba mientras los demás soñábamos.

El primer cercanías llegó a las seis y cuarto, vacío, oliendo a calefacción y a nadie. Me senté junto a la ventana y miré Madrid despertar por la otra acera: los bares abriendo, los taxis, los primeros. Las ciudades se parecen a los equipos: las mejores horas son las que nadie ve.

En casa, a las seis y media, la luz amarilla estaba encendida. Y había algo distinto en el aire de la cocina, algo que no supe nombrar hasta que vi la pizarra.

En la casilla del treinta, la del viernes, debajo de «partido, diecisiete horas», había una línea nueva de su letra:

«Último tren a casa. Yo espero.»