La última línea (Los del hielo 4) Capítulo duodécimo — Cero a dos
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Capítulo duodécimo — Cero a dos

El autobús a La Cerdanya salió el jueves a las ocho de la mañana. Cinco horas de carretera hacia la montaña. El grupo se llamaba «El Autobús» y aquel día, por primera vez en la temporada, el grupo estaba callado.

La mañana había empezado distinta. A las seis y media bajé a la cocina y ella estaba allí, ya vestida para el turno, con el café hecho y las ojeras de las tres horas de sueño.

Nos miramos. Veinticuatro horas antes, en ese descansillo, el mundo había cambiado de vía.

Ahora había que desayunar en esa cocina haciendo como que no pasaba nada, con el autobús esperando y la regla tres técnicamente viva.

—Buen viaje —dijo ella, voz de pizarra.

—Buen turno —dije yo, voz de portero.

Y a la salida, en la puerta, cuando ya no nos veía ni la ventana, me detuvo con dos dedos en la manga y me besó una vez, rápido, con la calle todavía dormida. Después me empujó suave hacia fuera y dijo:

—Trae el disco de vuelta.

—¿Qué disco?

—Cualquiera —dijo—. Uno que hayas parado.

Cerró la puerta. Yo me quedé en la calle con la bolsa y la cara tonta, y caminé hasta el cercanías pensando que las personas con horarios eran mi especie favorita de personas.

Brett lo intentó. Hay que reconocérselo.

«Día de expedición. El que no traiga ropa de abrigo, que se compre una oveja.»

Nadie contestó.

«Encuesta: ¿nieve sí o nieve no? Yo voto no. Soy canadiense y odio la nieve. Sí, ya sé lo que vais a decir.»

Dos emojis. Nada más. Después, silencio de pantalla. El silencio en «El Autobús» era un fenómeno nuevo. Más tarde supe que Eugenia le dijo a Sara aquel día: «El grupo está raro.» Y Sara: «El grupo está jugando una final.»

En la fila nueve, con la ventana, miré la meseta convertirse en montaña. Nevaba. En marzo. La nieve contra el cristal me hizo sentir en casa, y sentirme en casa me puso de mal humor. Las cosas que te recuerdan a casa son las peores cuando estás a punto de jugar contra una.

Raúl venía leyendo. Aitor, durmiendo con la boca cerrada, que es un talento de los capitanes. Kuba, a mi lado, miraba la nieve también.

—Mi abuelo decía que la nieve en marzo es la que más duele —dijo—. La del invierno es trabajo. La de marzo es burla.

—En Finlandia nieva en abril —dije.

—En Finlandia todo es diferente —dijo Kuba—. Por eso os fuisteis todos. Los que pudieron.

La pista de La Cerdanya está al pie de la montaña, pegada a un pueblo que huele a leña. Es vieja, baja, con el techo de chapa y la grada encima del hielo. Cuando ruge, y contra nosotros siempre ruge, suena como una lavadora con zapatos dentro.

Llegamos a la una. Comida en el hotel, siesta de una hora, y a la pista a las cinco.

La nieve había parado, pero el frío entraba por las paredes de la nave como si las paredes fueran un trámite.

En el calentamiento comprobé lo de los rebotes: el hielo lento, el disco que no corría.

Los tiros lejanos llegaban con una etiqueta: léame despacio.

Me gusta el hielo lento. El hielo lento es de porteros.

La grada se llenó pronto. Todo el valle, parecía.

Gente con bufandas granates, niños con cencerros —cencerros, como las vacas, una costumbre de la montaña que te vuelve loco los primeros diez minutos— y los sesenta de la Grada Norte en la esquina, desplegando las banderas con el cuidado de los que saben que son pocos y orgullosos.

En el túnel, Tata esperaba otra vez. Esta vez no hubo palmada en las canilleras. Esta vez me miró estudiándome, y dijo:

—El hielo aquí es lento. Los rebotes se mueren. Ajusta.

—Lo sé —dije.

—No lo sabes todavía —dijo, y se fue. Los dueños anteriores siempre creen que tienes que aprender todo de cero. A veces tienen razón. Esa noche la tuvo.

El partido.

No hay mucho que contar, y contarlo duele.

Cero a dos. La peor noche de la temporada.

No por mí. Los dos goles fueron tiros que no se paran: uno con pantalla triple y desvío, otro en un cinco contra tres.

Paré veintinueve. Los números dirán que jugué bien.

Los números mienten a veces por buena educación.

El problema fue el equipo. Todo el equipo.

Estábamos congelados, y no de frío. Los pases salían cortos.

Los saques se perdían limpios. La Cerdanya no nos ganó: nos dejó jugar mal solos, que es la manera más elegante de ganar que existe.

Tata dirigía desde el medio con la tranquilidad del que conoce todas las habitaciones de la casa.

Nuestras señas nuevas, las de la semana, las descifró en un periodo.

En el segundo ya las leía como el periódico.

El primer gol llegó a los once minutos. Una superioridad de ellos, el disco moviéndose de lado a lado, tres cuerpos delante de mí, y el tiro saliendo de entre las piernas de Raúl, tocando en un patín, cambiando de altura.

Imparable. Esa es la palabra que usan los comentaristas y la odio, pero esa noche era la palabra correcta. Uno a cero.

Entre periodo y periodo, Vicho dibujó en la pizarra y gritó lo de siempre.

Aitor dijo «tranquilos» con la cara de no estar tranquilo.

Kuba se sentó a mi lado y me secó el hielo de las canilleras con la toalla, un gesto de segundo portero que no le correspondía y que hizo sin pensar. Los veteranos cuidan sin mirar a quién.

El segundo periodo fue el peor. Perdimos todos los duelos.

Cada disco dividido era de ellos. Brett corría mucho y tocaba poco.

Aitor ganaba saques y los perdía tres segundos después.

Y delante de mí, la defensa se juntaba demasiado, dejando los lados abiertos como puertas.

El cinco contra tres del final del periodo fue una sentencia: dos minutos con dos menos, seis tiros, paré cinco.

El sexto entró por la escuadra contraria, un tiro perfecto, de los que se enmarcan.

Cero a dos. Y la sensación de que el marcador era incluso amable.

En el banquillo, entre periodo y periodo, Vicho gritó todo lo que tenía. No funcionó. Hay noches en que los gritos rebotan en los jugadores como en paredes de piedra.

Yo, en la portería, hice mi trabajo y odié mi trabajo. Veintinueve paradas y una sensación de inutilidad absoluta. El portero puede pararlo todo menos el ánimo. El ánimo entra por otros huecos.

En la grada, sesenta personas de la Grada Norte cantaron los sesenta minutos.

Sesenta. Habían salido de Madrid a las cuatro de la mañana en un autobús viejo y dos furgonetas, con los tambores y las banderas, y cantaron el cero a uno y el cero a dos y el tiempo de descuento como si el marcador fuera un detalle técnico.

Cuando faltaban dos minutos, con todo perdido, cantaron «hielo en las venas» tan alto que la grada local dejó de cantar para escucharlos.

En el tercer periodo, con el cero a dos ya cerrado en todo menos en el reloj, pasó algo que no olvidaré.

Nuestro banquillo estaba muerto. Los cinco en el hielo, muertos.

Y desde la esquina, los sesenta empezaron el cántico despacio, casi hablado, como se empieza un fuego.

Hielo en las venas. Diez voces. Veinte. Sesenta.

Y el equipo, en el hielo, empezó a jugar mejor.

No a ganar: a jugar mejor. A recuperar los duelos, a salir con cabeza, a parecerse a sí mismo otra vez.

No marcó. No había tiempo. Pero los últimos cinco minutos fueron nuestros, y fueron nuestros porque sesenta personas decidieron que el partido no se acababa hasta que se acababa.

Los miré desde la portería. Sesenta personas de pie en la esquina, con la nieve esperándoles fuera y cinco horas de vuelta por delante. Yo había jugado delante de muchas gradas. Nunca delante de una que cantara más fuerte perdiendo.

Al final, al silbato, hice una cosa que no hago nunca.

Me quité el casco y levanté el palo hacia la esquina, alto, tres segundos.

Los sesenta rugieron. Rugieron perdiendo cero a dos en una pista de la montaña a las once de la noche.

Yo no lo entendí entonces del todo. Lo entiendo ahora: no me aplaudían a mí.

Se aplaudían a ellos. La lealtad se premia a sí misma.

Silbato final. Cero a dos. Uno a dos en la final. El viernes, en la montaña, o se ganaba o se acababa.

En el vestuario, nadie habló. Nadie. Ni Vicho. El silencio de Vicho era peor que sus gritos: se paseó dos minutos delante de la pizarra, la miró, y dijo «al autobús», y se acabó.

Aitor se quedó el último, sentado en su taquilla con los patines puestos, mirando la punta de los palos. Cuando el vestuario se vació, me hizo una seña. Me senté a su lado.

—No ha sido culpa tuya —dijo.

—Lo sé —dije.

—No lo sabes —dijo Aitor—. Los porteros nunca lo sabéis. Sois todos iguales. Os creéis el tejado. Si llueve dentro, culpa vuestra.

No contesté. Tenía razón, pero las razones no quitan la lluvia.

—El viernes ganamos —dijo Aitor—. No es optimismo. Es información. Este equipo juega mal una noche al mes. Ya la hemos gastado. Ellos han jugado su mejor partido. Nosotros todavía no. Las cuentas salen.

—¿Cómo lo sabes?

—Trece años de esto —dijo—. Y tengo un padre que sabe leer los partidos por la radio. Llámalo ciencia familiar. —Se levantó—. Duerme en el autobús. Esa es otra ciencia. Los porteros que duermen en los autobuses ganan más series.

Se fue. Me quedé solo en el vestuario feo, con las luces zumbando, y pensé que los capitanes también tenían su manera de regar el hielo.

Me quité el equipo con la rabia quieta de las noches malas.

Los porteros tenemos un problema con las noches así: los demás pueden repartir la culpa entre veinte.

Nosotros la recibimos en la taquilla, solos, con el casco en las manos.

Los dos goles no eran míos. Lo sabía. Lo sabía y me daba igual: la cuenta decía dos, y la cuenta era mía.

Kuba se sentó a mi lado. Se quitó los patines despacio, como siempre, y no dijo nada hasta que el vestuario se vació.

—¿Te he contado alguna vez cómo me fui de Praga? —dijo.

—No —dije.