Capítulo undécimo — Sin aviso previo #3
Fue un beso corto. Corto y cauto, como el primer paso en un hielo nuevo: probando si aguanta. Aguantó. Aguantó él, aguanté yo, aguantó el descansillo entero con su moqueta gastada.
Luego otro que no fue corto. Este ya no probaba nada: sabía exactamente lo que hacía.
Él olía a ducha de vestuario y a frío de la calle.
Tenía las manos quietas en mi espalda, sin atreverse del todo, y yo le subí una hasta la nuca y le acerqué más, porque si íbamos a romper seis normas en una noche, al menos las íbamos a romper bien.
Las cosas bien hechas: esa era mi única religión, y la apliqué.
En un momento dado, la bombilla se apagó del todo.
Ni nos movimos. A oscuras, en el rellano, se oía la casa entera: la nevera abajo con su motor viejo, el radiador tibiando, los dos respirando como después de un tercer periodo.
La bombilla volvió sola, como las averías de esta casa, y nos encontró igual: frente contra frente, riendo sin ruido, como dos niños en una biblioteca.
—Esto —dijo él, en voz baja— no estaba en el plan.
—¿Tú tienes plan?
—No —dijo—. Tú tienes plan. Yo tengo una pizarra que me gusta mirar.
—La pizarra se ha quedado pequeña —dije.
—Lo sé —dijo—. Lo supe el lunes. Cuando la verdad del treinta y uno.
Me quedé quieta. Él lo notó. Los porteros notan todo.
—No pregunto —dijo—. Espero. Es mi trabajo.
—Es mi trabajo también —dije—. Maldita sea. Somos el mismo oficio con distinta ropa.
Luego un rato que no sé medir porque seguí sin mirar el reloj, y porque hay cosas que no se miden: se archivan directamente en la estantería de las cosas que no se devuelven.
Cuando nos separamos, él tenía los ojos cerrados y yo tenía las manos en su pecho, sobre el escudo del chándal, y la casa entera parecía contener la respiración con nosotros.
—La regla tres —dijo, contra mi frente.
—La escribí yo —dije—. Sé lo que rompo.
—¿Y la siete?
—La siete no hace falta escribirla —dije.
Él rio, bajito, con la boca todavía cerca. Y después me besó una vez más, despacio, con solemnidad de notario, y subió los escalones que le quedaban, tercero, séptimo, y se detuvo en la puerta del desván.
—Buenas noches, Dani —dijo.
—Buenas noches, portero —dije.
Cerró la puerta. Yo me quedé en el descansillo, y luego me senté en el escalón más alto de mi tramo, y apoyé la frente contra su puerta, contra la madera fría, y estuve ahí un rato que tampoco medí.
Al otro lado, muy bajo, casi un suspiro, dijo algo en finés. Una frase corta. Suave como una exhalación. No la entendí. No pregunté qué significaba.
Hay entregas que no necesitan albarán.
Cuando volví a mi cuarto, el móvil brillaba en la mesilla. Un mensaje de Yessi, de hacía veinte minutos:
«Mañana hablamos. Sin excusas.»
Miré el mensaje. Miré la puerta. Miré el mensaje otra vez.
El radar de Yessi no fallaba nunca. «De los que pasan cosas», había dicho a las seis y cuarto. Habían pasado. Todas.
No contesté. Apagué el móvil, me metí en la cama, y me quedé mirando el techo con la boca todavía tibia y la certeza absoluta de que la pizarra de la nevera se había quedado pequeña.
Ya no cabíamos en las casillas. Ya éramos una ruta fuera del mapa, sin ETA, sin desvíos señalizados, y —por primera vez en mi vida— sin ganas de que nadie nos diera el itinerario.
Repasé la noche como se repasa un parte de incidencias, buscando el fallo, el momento en que pude haberlo evitado.
El descansillo. Su paso. Mi nombre en su boca.
No encontré el fallo. Encontré otra cosa: llevaba dos meses escribiendo normas para no sentir esto, y había bastado un miércoles de marzo para que todas las normas se murieran de viejas en una noche.
La una, la dos, la cuatro, caídas antes.
La cinco, esa noche. La tres en respiración asistida.
Y la seis técnicamente viva, aunque ninguno de los dos durmió del todo.
La siete, la que nunca escribimos, en pie como una columna.
Las normas que no se escriben. Lourdes lo había dicho: esas no se rompen, te rompen. O te construyen. A las dos de la mañana, con los labios tibios, yo no sabía cuál de las dos cosas estaba pasando, y tampoco me importaba tanto como debería.
La regla tres estaba en la nevera, subrayada dos veces. La cinco, muerta en un descansillo. La seis, en coma: cada uno a su cama, sí, pero ninguno durmió pensando en la propia. Y la siete, la que no hacía falta escribir, flotaba por toda la casa como un olor a café recién hecho.
Dormí tres horas. Fueron las tres horas más baratas de mi vida. Las pagaría otra vez.
A las cinco y media sonó la alarma. Turno de mañana. Me levanté como una zombie, bajé a la cocina, y en la pizarra, debajo de mi frase de la noche anterior —«Hoy no he mirado el reloj ni una vez»— había una línea nueva, de su caligrafía de planos:
«Yo tampoco.»
Me hice el café con la sonrisa más idiota de la historia de Valdemoro, y salí a la calle con la bufanda en la mochila y el secreto en el bolsillo, y el jueves amaneció como amanecen los días después de que todo cambie: exactamente igual por fuera, exactamente distinto por dentro.