Capítulo undécimo — Sin aviso previo #2
Lloré los últimos dos minutos del partido. De pie, gritando y llorando, con Yessi agarrándome del brazo sin decir nada, sin mirarme siquiera, aguantándome como se aguanta a alguien en un andén.
A falta de un minuto, en un contragolpe, Brett marcó el dos a uno. El delirio. Silbato final. Uno a uno en la final. El jueves, a la montaña, con todo abierto.
El gol de Brett fue de esos que nacen en la grada: robo en el medio, la grada empujando antes de que pasara nada, y Brett haciendo lo único que sabe hacer mejor que nadie, estar donde el disco va a estar.
Dos a uno con cincuenta segundos. La Cerdanya sacó al portero.
Los últimos cincuenta segundos fueron de atragantamiento colectivo, seis contra cinco, disco dando vueltas por nuestra zona, y él parando el último tiro con el pecho ya sobre la bocina.
La bocina. El pabellón. La gente abrazándose con desconocidos como si fuera Nochevieja. El abuelo me abrazó a mí y a Yessi a la vez, las dos a la vez, con su bufanda vieja oliendo a años, y nos gritó: «¡En casa se gana la final, niñas! ¡Aquí, el sábado!»
Sara pasó por la grada bajando hacia prensa y le vi la cara.
Tenía la cara de una mujer que lleva dos años persiguiendo un número y ya ve el número venir.
Mil ciento cincuenta. Quedaban cincuenta sillas y tres partidos posibles.
La cuenta se iba a cerrar. Todo el mundo lo sabía ya. Era cuestión de días.
No recuerdo la salida del pabellón. Recuerdo el ruido, los abrazos de desconocidos, al abuelo gritándole a la noche. Recuerdo a Yessi conduciendo en silencio, dejándome en la puerta, y diciendo solo:
—Mañana te escribo. Descansa. O no.
En el coche, antes de eso, hubo un momento. En un semáforo largo, Yessi dijo, mirando al frente:
—Has llorado.
—Ha llorado medio pabellón.
—Medio pabellón lloraba por el partido —dijo—. Tú llorabas por la persona.
El semáforo se puso verde. Ella arrancó. Yo no negué nada. Hay negaciones que ya no pasan el control de calidad, y con Yessi al volante menos.
—No te voy a preguntar esta noche —dijo—. Porque estás llena de partido y te vas a acostar con cara de idiota feliz y no quiero estropearlo. Pero mañana sí. Mañana me lo cuentas todo, capitana. Todo. Desde el principio.
—¿Y si no hay nada que contar?
—Dani —dijo, con paciencia de hermana mayor—. Llevas dos meses escribiendo una novela en una nevera. Tu madre me la ha descrito por teléfono sin saber que me la estaba describiendo.
Me quedé helada. Mi madre. Mi madre y Yessi hablaban por teléfono, claro que hablaban, hablaban desde siempre, y yo no había contado con esa línea de comunicación en mi sistema de defensa.
—Mañana —dijo Yessi, aparcando—. Sin excusas.
En casa, la luz amarilla. La cocina vacía. Me hice un té con las manos temblando todavía, y me planté delante de la pizarra. La casilla del miércoles: «partido, veinte horas. Yo voy.» Debajo, mi mano escribió sola, sin pasar por ningún comité:
«Hoy no he mirado el reloj ni una vez.»
Era verdad. Yo, la de las ETA, la de las ventanas horarias, la de los partes a las cinco y media en punto, no había mirado el reloj en toda la noche.
Ni en el partido, ni en el coche, ni ahora.
El tiempo se había ido a otra parte y no lo había echado de menos.
Para una persona como yo, eso era más grave que cualquier beso.
Subí a mi piso. Me duché. Me acosté. No dormí, claro.
A la una menos cuarto, la llave. Los pasos. La casa tragándose el ruido de siempre. La nevera que se abre y se cierra. Y después, en vez de la escalera hacia arriba, los pasos se detuvieron en el descansillo.
Mi descansillo. La frontera. La regla cinco.
Oí que no subía. Que se quedaba ahí, quieto, en el rellano entre su mundo y el mío. Y supe —con la certeza de los partes firmados— que estaba esperando a que yo saliera.
Me levanté. Me puse la sudadera. Me miré al espejo medio segundo —despeinada, ojeras, la camiseta vieja de las Auroras— y decidí que me daba igual, y esa fue otra señal de alarma que ignoré deliberadamente.
Abrí la puerta.
Él estaba en el descansillo, con el chándal del equipo y la mochila al hombro, y la luz de la escalera le cortaba la cara en dos. No dijo nada. Yo no dije nada. Nos miramos el tiempo que hace falta para que dos personas dejen de fingir que están fingiendo.
—Buen partido —dije, al final, porque alguien tenía que romper el hielo y siempre era yo.
—Buen público —dijo él.
Y sonrió. No la media sonrisa de medio segundo. La otra. La que se le escapaba a veces, la de verdad.
—Te oí —dijo—. En el tercero. Se te oía a ti sola por encima de todos.
—Mentira —dije.
—Verdad —dijo—. Los porteros oímos todo. Es el trabajo.
Nos quedamos en silencio otra vez. El descansillo es un sitio absurdo para lo que estaba pasando: un metro cuadrado de moqueta gastada, una bombilla que parpadeaba, el felpudo mentiroso de mi madre abajo.
Yo pensaba: que alguien haga algo. Pensaba: la regla cinco.
Pensaba: la regla tres, subrayada, con su inicial.
Pensaba: la verdad del treinta y uno, que todavía no sabía.
Pensaba todo eso en fila, como tráilers en espera, y ninguno entraba al muelle.
Él se apoyó en la pared, dejando la mochila en el suelo, despacio, como quien se quita un peso que ha llevado mucho rato. Y dijo, mirando el felpudo:
—Hoy, en el tercero, cuando el chico venía solo. El uno contra cero.
—Sí.
—No pensé en el partido —dijo—. Pensé: si lo paro, ella se queda contenta.
Eso pensé. No la eliminatoria. No la copa.
Ella se queda contenta. —Levantó la vista—.
Los porteros no debemos pensar esas cosas.
El entrenador de porteros decía: en el hielo, solo el disco.
Yo tuve el disco y otra cosa. Por eso casi entra.
—Casi no cuenta —dije—. En mi trabajo, casi llegar a tiempo es llegar tarde. En el tuyo, casi entrar es una parada.
Se rio bajito. La bombilla parpadeó.
—Estoy cansado de las reglas, Dani —dijo, y era la frase más larga que le había oído sin guion, y llevaba mi nombre dentro.
—Yo las escribí —dije—. Estoy cansada de las mías desde antes que tú.
—¿Entonces?
—Entonces nada —dije—. Que esto no lo vea nadie. Que el mundo siga igual por fuera. Que hasta el treinta y uno no hablamos de nada de lo que pasa después. Esas son las únicas condiciones que me quedan. Son pocas y son malas, pero son las que hay.
Él asintió. Los dos sabíamos que había una tercera cosa debajo de esas condiciones, esperando en la casilla del treinta y uno, y los dos decidimos no mirarla aquella noche. Las noches grandes no deben cargar con las verdades programadas. Eso también es logística.
Él dio un paso. Un paso corto, medido, de portero: cerrando el ángulo. Yo no retrocedí. Eso era mi respuesta, y él la leyó como leía los tiros: antes de que saliera.
—Dani —dijo.
Fue la primera vez que me llamó por mi nombre. En dos meses, «tu madre», «la casa», «gracias», y de pronto «Dani», dicho con su acento limpio, con la i larga, como si el nombre fuera una palabra finlandesa que hubiera traído de casa.
No hubo aviso previo. Eso es lo que quiero dejar escrito: no hubo «¿puedo?
», ni «escucha», ni ninguna de las señales de tráfico que yo habría puesto si la vida me hubiera dejado dirigir aquel cruce.
Él se inclinó, yo me levanté en las puntas de los pies, y nos besamos en el descansillo, a un metro de la regla cinco, a dos de la regla seis, con la bombilla parpadeando como una cámara de fotos estropeada.