Capítulo undécimo — Sin aviso previo
El martes me desperté con la frase de la pizarra en la cabeza: «Los que vuelven también.»
La había escrito el lunes por la noche, de pie, con el lápiz en la mano y el corazón en la garganta, respondiendo a su crónica. «Esta casa quiere a los que se van», había escrito él. Y yo, sin pensarlo —o pensándolo desde febrero— puse debajo: «Los que vuelven también.»
Cuatro palabras. Las leí a la mañana siguiente con el café en la mano y me dieron un vértigo bueno. En el idioma de la pizarra, aquello era casi una declaración. En el idioma de la pizarra, llevábamos semanas declarándonos a escondidas de nosotros mismos.
El martes fue turno de mañana. Pasé el día entero en una niebla operativa: tráilers, albaranes, incidencias, y debajo de todo, el gusano del miércoles. Segundo partido de la final. Uno a cero abajo. Ginés me sorprendió mirando la pantalla sin verla a las once.
—Roque. El de Cuenca lleva diez minutos esperando ventana.
—Ya va —dije.
—Estás en la luna —dijo, no sin cariño—. La luna de los partidos. Mi mujer se pone igual con el futbolín de su cuadrilla.
No era el partido. O no era solo el partido.
Era que el lunes, después de su derrota, yo había dormido mal de puro pensar en cómo estaría él, y eso ya no era preocupación de casera, ni de vecina de pista, ni de capitana ajena.
Era otra cosa con nombre propio que yo seguía sin querer nombrar, porque las cosas sin nombrar no necesitan casilla.
El lunes por la noche, cuando él escribió su crónica en la pizarra, yo estaba despierta en mi cuarto.
Oí la nevera. Oí el lápiz. Oí la pausa larga.
Y después subí y encontré sus tres frases y me quedé mirándolas como se mira una carta que no sabías que esperabas.
«Esta casa quiere a los que se van.» Lo escribía un chico al que nadie había ido a buscar nunca a ningún aeropuerto.
Lo escribía en mi nevera, entre la lista de la compra y los turnos de la basura, con lápiz prestado y letra de planos.
Yo no sé consolar. No se me da. En los vestuarios, cuando una llora, yo traigo toallas y agua y dejo que las que saben abracen.
Pero aquella noche, de pie en la cocina, quise subir dos tramos de escalera y no hacer nada de lo que se me da mal: solo estar.
No subí. Escribí cuatro palabras en su lugar, porque las palabras en la pizarra eran el único abrazo que las reglas todavía permitían.
«Los que vuelven también.»
Lo que no he contado todavía es que el martes por la noche, al volver del turno, encontré debajo de mis cuatro palabras una raya. Solo una raya. Un subrayado. Él había subrayado mi frase como yo subrayaba las cosas importantes de los partes.
Estábamos enfermos. Los dos. Enfermos de una enfermedad de lápiz que no constaba en ningún manual médico.
El miércoles amaneció con la ciudad revuelta.
En el polígono, los carreteros hablaban del partido en la radio del muelle.
«Anoche debió doler», decía uno. «Hoy se gana», decía otro, con la certeza del espectador.
El club había colgado a mediodía el aviso: mil ciento cincuenta entradas vendidas.
Mil ciento cincuenta. Récord otra vez. Quedaban cincuenta sillas.
A la una, en la pausa, bajé al bar de la esquina del polígono y la tele estaba puesta en el resumen del lunes.
El gol de Tata, en bucle. Los del bar lo comentaban con la pasión de los conversos tardíos: «Es que ese tío era de aquí, ¿no?
¿Y por qué se fue?» «Porque el club hizo números, que es lo que hacen los clubs.
» «Pues vaya números.» Pedí el bocadillo de siempre y no dije nada.
Yo sabía de números. Sabía que los números se hacen y se pagan, y que a veces quien los paga no está en la sala.
En la pantalla del bar salió la foto del aplauso de la grada a Tata.
El cámara había pillado el momento exacto: mil personas de pie, aplaudiendo al goleador enemigo.
El presentador dijo que era la imagen de la temporada.
Pensé en su crónica de la pizarra: «Esta casa quiere a los que se van.
» Y en mi respuesta: «Los que vuelven también.
» Los dos escribíamos crónicas del mismo partido desde dos pisos de la misma casa. Los periodistas cobraban por menos.
Yessi me recogió a las seis y cuarto. Venía callada, lo cual en ella es un síntoma médico.
—¿Qué pasa? —dije.
—Nada —dijo—. Que hoy es un día de esos. Lo noto.
—¿De los que se gana?
—De los que pasan cosas —dijo, y arrancó, y yo me quedé con la frase dando vueltas, porque Yessi tiene un radar para los días que no falla nunca.
La Pista Norte era una olla a presión. Mil ciento cincuenta personas, las cincuenta sillas restantes con carteles de «vendidas», la Grada Norte desplegando otra vez las cartulinas blancas, y un ruido de fondo que no bajó en toda la noche.
El abuelo de la bufanda vieja estaba en su sitio, con un cartel nuevo: «El miércoles es nuestro. »
—¿De dónde saca los carteles? —pregunté.
—Los hace su nieta —dijo Yessi—. Va a mi gimnasio. Dice que el abuelo no duerme desde el sábado.
El partido empezó como tenía que empezar: con miedo convertido en furia. Los Árticos salieron a por todo, y La Cerdanya respondió con su oficio, y durante dos periodos el partido fue un pulso de esos que dejan los brazos temblando.
El primer periodo fue una declaración de intenciones mutua.
Los nuestros salieron con dos cambios de sistema que no se habían visto en toda la temporada —las señas nuevas, la vida nueva— y La Cerdanya tardó diez minutos en descifrarlos.
Diez minutos de ventaja psicológica, decía el abuelo detrás de nosotras.
Tata no empezó de inicio: salió a los ocho minutos, y la grada lo recibió con un ruido raro, mitad respeto, mitad advertencia.
Yo lo miré con ojos nuevos después del lunes: se movía poco y mandaba mucho, de esos jugadores que juegan el partido en la cabeza dos segundos antes que los demás en las piernas.
Mi padre habría dicho de él: «Ese corre con el mapa abierto. »
Marcamos primero. Minuto nueve: jugada ensayada, la nueva, la que no conocía Tata, y el segundo defensa entrando al espacio como un cuchillo. Uno a cero. El pabellón explotó y no se desinfló.
El segundo periodo fue de ellos. Nos apagaron la salida, nos atascaron el medio, y el partido se puso feo, de esos que se ganan con la espalda.
Él paró seis tiros en veinte minutos, todos los que tuvo que parar, y uno que no tenía que haber llegado: un tiro lejano que tocó en un patín y cambió de dirección en el aire, y que él sacó con la punta del guante por puro instinto de supervivencia.
Empataron en el segundo periodo, en una jugada de pizarra de ellos, de las que Tata entrenaba en verano. Uno a uno. Y ahí empezó el tercer periodo más largo de mi vida.
En el descanso, el pabellón hervía en voz baja.
Yessi fue a por bebidas y yo me quedé mirando el hielo vacío, a Sebas regando con su parsimonia de siempre, ajeno a las mil ciento cincuenta personas que lo miraban trabajar como si de su manguera dependiera el destino.
Dependía. Todo dependía de todo aquella noche: del hielo, de las piernas, de un chico de veinte años en la portería y de un barrio entero conteniendo la respiración.
La Cerdanya olió la sangre. Apretó con todo: su delantero joven, el de los diecinueve años, se echó el equipo a la espalda, y en el minuto doce del tercero tuvo tres ocasiones seguidas que deberían haber sido gol.
La primera: tiro desde la frontal, seco, a la escuadra. Él lo sacó con la bloqueadora, desviado a la esquina.
La segunda, treinta segundos después: el rebote de ese tiro, recogido por su capitán, vaselina corta con la portería medio abierta. Él se tiró hacia atrás, una pirueta que no está en ningún manual, y sacó el disco con el palo cuando ya cantaba el gol la esquina de la montaña.
Y la tercera, otros treinta segundos después: el mismo chico, solo, uno contra cero, recorte, portería vacía.
Todo el pabellón de pie, todo el aire parado.
El chico recortó una vez. Él no se movió.
Recortó otra vez. Él esperó. Y cuando el chico tiró, desesperado ya, él sacó la pierna derecha con la frialdad de quien apaga una luz.
Hay una cosa que solo se ve desde cerca de la portería: el portero no celebra.
Todo el pabellón en pie, la esquina de la montaña con las manos en la cabeza, el banco entero golpeando el cristal, y él recolocándose las canilleras con la tranquilidad de quien ha hecho una compra.
Salvar tres goles en un minuto era su turno.
Era, simplemente, lo que tocaba. A mí, que vivo de los turnos, aquello me atravesó: reconocí el gesto.
Era mi gesto. El de «esto es mi trabajo y lo hago».
Solo que el suyo lo hacía delante de mil ciento cincuenta personas y con un minuto de margen entre la gloria y el desastre.
Tres paradas. Un minuto. Yo no sé de hockey más que lo que me enseñó mi padre y los años, pero sé reconocer cuándo alguien está haciendo historia delante de tus ojos.
La grada se vino abajo. «¡Portero, portero!» No era un cántico ya: era un rugido religioso. Mil ciento cincuenta personas de pie, incluida yo, incluida Yessi, incluido el abuelo llorando con su cartel, incluida Sara en el banquillo de prensa con la carpeta olvidada en el suelo.
Y a mí me pasó una cosa que no me había pasado nunca en un campo: se me saltaron las lágrimas.
No de emoción deportiva. De otra cosa. De ver a ese chico de veinte años, solo en su portería, aguantando el embate de un equipo entero con la cara de siempre, y saber —saber, no sospechar— que dentro de dos días podía estar en un avión a cualquier parte, que había una verdad con fecha en mi nevera, que la regla tres estaba subrayada dos veces y yo llevaba semanas queriéndome colgar de su cuello delante de mil ciento cincuenta personas.