Capítulo décimo — El número 16 #3
Se fue a la ducha. Yo me quedé con la frase dándome vueltas.
El que cava el hoyo para otro cae en él.
La había dicho por ellos. Pero las frases viejas son traicioneras: dicen una cosa y apuntan a otra.
Pensé en Balaguer cavando números. En el club cavando plazas.
En Kuba, al final del hoyo, recogiendo discos.
Salí de la pista a las doce. El cercanías iba lleno de gente del partido, todos analizando, todos con soluciones. Nadie me reconoció con la capucha puesta. Fui en silencio, mirando la ciudad por la ventana, pensando en el aplauso de la grada.
Delante de mí, dos hombres de mediana edad discutían la jugada del empate.
Uno decía que el gol de Tata no debió contar «por respeto».
El otro se enfadó de verdad: «¿Respeto? ¡Si es que ese gol es nuestro!
¡Ese gol lo marcó uno de los nuestros, hombre!
» No se pusieron de acuerdo. Bajaron en su parada dándose palmaditas.
Así es el amor de los barrios: discute, pero te acompaña al andén.
La casa quiere a los que se van. Lo pensé con envidia. Lo admito. Yo llevaba toda la vida yéndome de sitios y nadie me había aplaudido nunca al hacerlo.
En Espoo, cuando me fui, nadie aplaudió.
Ni siquiera notaron la maleta. Un portero más del circuito, una plaza que se liberaba, un nombre tachado en una lista.
Aquí, un hombre marcó un gol en contra de su casa y la casa le aplaudió.
Yo no sabía todavía qué tenía que hacer para merecer una despedida así.
O una quedada así. No sabía ni cómo se llamaba eso que quería.
En casa, la luz amarilla encendida. La cocina vacía. Y en la pizarra, una novedad.
El imán de la empresa de mudanzas se había caído. Estaba en el suelo, boca abajo. Y debajo, a la vista otra vez, los tres puntos de lápiz de la casilla del miércoles.
Miré la pizarra entera. Los otros imanes seguían en su sitio: el flamenco sobre la taza de té, la farmacia sobre la cazuela.
Ella los había puesto ahí el sábado por la noche.
Yo lo vi el domingo por la mañana y entendí lo que significaba: custodia.
No borrado. Custodia. Los objetos que se cubren con cuidado son los que más se quieren.
Y en la casilla del treinta y uno, con rotulador azul, su letra: «Final. Después, la verdad.»
La verdad. Programada. Con fecha y hora, como todo lo suyo.
No sabía qué verdad era. La pizarra no decía más. Pero la frase estaba escrita en azul, y el azul era el color de las cosas que no se pueden tocar, y yo pasé todo el lunes sabiendo que había una verdad con mi nombre esperando al final de la semana, sin poder adelantarla, sin poder pararla.
Cogí el lápiz. Junto a los tres puntos descubiertos, en el margen de la casilla, escribí mi crónica del día, pequeña, para que la encontrara por la mañana:
«Tata marcó. La grada aplaudió. Esta casa quiere a los que se van.»
Lo dejé ahí. Sin firma. No hacía falta.
Subí al desván. La medalla seguía dada la vuelta. Me tumbé sin quitarme la chaqueta y pensé en la última línea de mi propia frase. Esta casa quiere a los que se van.
¿Y a los que se quedan? ¿Qué hace esta casa con los que se quedan?
Saqué el pasaporte del cajón. Costumbre nueva.
La carta de JR seguía dentro, doblada en cuatro, con la tinta azul de su puño y letra.
«Aquí la portería es tuya.» La leí otra vez, aunque me la sabía.
La carpeta de la renovación estaba en la mesilla, sin abrir desde el jueves.
Tres años. La próxima década. Todo lo que un portero de veinte años puede pedirle a la vida, en una carpeta de cartón, y yo ahí tumbado sin poder firmar nada hasta que el hielo dijera lo suyo.
Y en la casilla del treinta y uno de la pizarra, abajo, esperaba una frase de rotulador azul.
«Final. Después, la verdad.» Pensé en todas las verdades que podían caber en una frase así.
Las buenas. Las malas. Las que tenían que ver conmigo y las que no.
Ella escribía las cosas importantes en azul, el color de lo intocable.
Una verdad en azul, con fecha. Era su manera de prometer sin prometer.
La entendía. Era la misma manera en que yo lavaba un táper tres veces.
El miércoles, segundo partido. Uno a cero abajo. Mi lado, otra vez el último gol. La prórroga, el palo corto, los dos centímetros de siempre.
Dormí poco. El hielo traicionero en los terceros, había dicho Tata. Información de dueño anterior.
El miércoles regaba Sebas a las seis. Yo estaría allí a las seis y media. El hielo tenía que aprender mi nombre otra vez, otra vez, todas las veces que hiciera falta.
Antes de apagar la luz, oí pasos abajo. Los suyos. La pausa junto a la pizarra. Y después, un ruido pequeño, nuevo: el ruido de un imán que se pone en su sitio. Tapaba otra vez los tres puntos. O los dejaba al aire. No lo supe hasta la mañana siguiente.
Por la mañana, los tres puntos seguían al aire. Y el imán de la empresa de mudanzas estaba colgado de la esquina de la pizarra, fuera de servicio, como una señal retirada.
Debajo de mi frase, con su letra rápida, una respuesta de cuatro palabras:
«Los que vuelven también.»
Me tomé el café de pie, mirando esas cuatro palabras, y el café supo mejor que ningún café de mi vida.