Capítulo décimo — El número 16 #2
En el banco, a mi lado en la distancia, Kuba aplaudió también. Dos veces. Despacio.
Yo no aplaudí. Soy el portero. Los porteros no aplauden los goles en contra.
Pero entendí algo en esos segundos que no había entendido en dos meses: esta casa tenía una contabilidad anterior a mí.
Más antigua, más honda, más complicada. Yo llevaba dos meses creyendo que me ganaba un sitio.
Hay sitios que no se ganan: se heredan, se pierden, se devuelven.
En el banquillo, entre cambio y cambio, miré la grada.
La pancarta de «Esta casa es de todos» seguía ahí.
Debajo, la gente se había vuelto a sentar, y el partido seguía, y la grada volvía a ser la grada, pero algo había cambiado para siempre en mi manera de leer ese pabellón.
Ya no era mi escenario. Era una casa con cuadros de otros en las paredes.
Yo colgaba los míos sin hacer ruido, en los huecos que quedaban.
En el tercero, La Cerdanya marcó otra vez, y nosotros empatamos a falta de cuatro minutos con un gol de Brett que desató la locura. Dos a dos. Prórroga.
El segundo gol de ellos, el del dos a uno, fue de manual de ellos: paciencia, diez pases, y el disco entrando por la única rendija que dejé en toda la noche.
Me lo reproché un segundo. Un segundo es lo que un portero puede permitirse.
Después, el empate de Brett: un caos delante de su portería, tres palos, y Brett empujando el disco con la punta del patín, que es legal si no hay movimiento de patada, y el árbitro lo revisó dos minutos enteros mientras el pabellón hervía.
Gol. Dos a dos. La locura organizada de mil cincuenta personas saltando a la vez.
La prórroga duró seis minutos. Seis minutos de hockey de infarto, ocasiones en las dos porterías, y al final, en un contragolpe, su delantero joven —un chico de diecinueve años que corría sin pagar impuestos— me ganó por el palo corto. Mi palo. Mi lado.
La vi venir. Eso es lo peor. El dos contra dos, el pase al centro, el chico entrando solo por mi izquierda.
Me tiré con todo y llegué a nada. El disco pasó por debajo del brazo, rozando, con la crueldad de las cosas que entran sin permiso.
El ruido de la grada muriéndose. El ruido de sus doscientos aficionados celebrando en la esquina. El silbato.
Me quedé en el hielo un segundo, de rodillas.
Los porteros no deberían quedarse en el hielo nunca.
Me levanté. El palo de Aitor me tocó el hombro.
«Arriba», dijo. Una palabra. Arriba. Me levanté del todo y miré la grada: mil cincuenta personas quietas, con las manos en la cara, con la final torcida en el primer acto.
En la esquina, los doscientos de la montaña cantaban.
Cantaban bien. Hay que decirlo todo: cantaban bien y habían ganado bien.
Tres a dos. Cero a uno en la final.
El vestuario después fue un funeral corto. Vicho no gritó. Dijo «el miércoles», una sola palabra, y se encerró con los técnicos. Aitor se duchó en silencio. Brett no cantó. La primera derrota en casa en un mes, y en la final, y con Tata marcando: demasiadas cosas para una sola noche.
En el pasillo de la salida, los dos equipos se cruzaron otra vez.
Los saludos de costumbre, las manos, los cascos bajos.
Tata esperaba al final de la fila de los suyos.
Uno a uno fue saludando a sus antiguos compañeros.
A Aitor le dijo algo al oído, y Aitor asintió, serio.
A Raúl le aguantó la mano un segundo de más.
A Kuba le dio una palmada en el pecho, y Kuba se la devolvió, y ninguno sonrió, y era una sonrisa lo que faltaba entre los dos.
Cuando pasé yo, Tata me miró otra vez.
—El último no era tuyo —dijo—. El chico ese no perdona. Lo sé. Lo entrené yo cuando tenía doce años, en los campus de verano.
—Lo sé —dije, aunque no lo sabía.
—El miércoles —dijo Tata, y siguió su camino, y yo me quedé pensando en la gente que deja instrucciones en las casas que ya no son suyas.
Yo me quité el equipo despacio, como siempre. Tres goles. Los tres, buenos tiros. El último, mi lado. La cuenta crecía.
Iván se sentó un momento a mi otro lado. No dijo nada del partido. Me pasó la toalla limpia antes de que la pidiera, y se quedó allí, mirando al frente, compartiendo el silencio como se comparte una portería. Entre porteros, la compañía en las derrotas no se negocia. Es un sindicato de dos.
—El miércoles paras todo —dijo al levantarse—. Lo siento por su delantero, que tiene pinta de buen chico.
Brett pasó por delante con la toalla en la cabeza, sin cantar, y dijo la única frase seria que le oí en un mes:
—El que tenga miedo que no venga el miércoles. Yo voy. Yo siempre voy.
Y siguió andando, y alguien se rio, y el vestuario respiró un poco.
Kuba se sentó a mi lado. No dijo nada durante un rato. Después:
—Mi última final también empezó perdiendo.
Lo dijo mirando al frente, a la pared del vestuario, con las manos colgando entre las rodillas.
—¿Qué final? —dije.
—La de segunda —dijo—. Hace años. Perdimos el primero en casa. Ganamos los dos siguientes fuera. No digo que vaya a pasar lo mismo. Digo que las finales no se ganan el primer día. Se ganan el último.
Asentí. Y entonces me miró, y en su cara vi que había más.
—Y otra cosa, portero —dijo, bajito—. Lo del jueves, lo de JR y tu contrato. Ya hablamos en tu desván, pero te lo repito aquí, delante de estas paredes de papel. —Se limpió la cara con la toalla—. No andes con cuidado conmigo. Odio el cuidado. Es peor que la pena.
Tragué saliva. Mi primer impulso fue el de siempre: defenderme. Decir que yo no había pedido nada, que las plazas no las reparto yo, que los números son de otros. No dije nada de eso. Con Kuba no valían esas frases. Kuba las conocía todas. Las había oído en doce años de autobuses.
—Yo no quiero tu puesto —dije al final—. Quiero la portería. No es lo mismo.
—Lo sé —dijo Kuba—. Si no lo supiera, no estaría sentado aquí. Escúchame bien, porque solo lo digo una vez: tú no me quitas nada. El hockey me lo da todo y me lo quita todo, desde los seis años. Tú solo eres el que viene después. El que viene después no tiene la culpa de que haya un después.
Me dio una palmada en la rodilla y se fue a la ducha. Yo me quedé en el banco con la frase ordenándose en la cabeza. El que viene después no tiene la culpa de que haya un después. Doce años de español y Kuba componía esas frases. O las llevaba escritas dentro desde hacía mucho.
—En Finlandia tenemos una frase para noches así —le dije a la espalda, porque no tenía otra cosa—. «Joka toisen kuoppaa kaivaa, se itse siihen lankeaa.» El que cava el hoyo para otro, cae en él.
Kuba se giró. Se rio, bajito, sin alegría.
—Buena frase para La Cerdanya —dijo—. Se pasaron septiembre cavando. Mira dónde están: en la final. A veces el hoyo tarda en cobrar.