Capítulo décimo — El número 16
El domingo fue día de vídeo. Vídeo de la final. La Cerdanya.
Yo conocía a La Cerdanya como se conocen las tormentas: de lejos y con respeto. El equipo de la montaña. El rival histórico. El que le ganó a los Árticos siete a uno en su primer año, en un partido del que nadie habla pero todos se acuerdan. Aitor lo lleva escrito en algún sitio. Kuba también.
Vicho puso el vídeo y la sala se quedó en silencio. Y en la primera jugada, el delantero que recibía el disco llevaba el dieciséis.
Nadie dijo nada. No hacía falta.
Óscar Beltrán. Tata. Yo nunca lo vi jugar en este equipo, pero conocía su nombre desde la primera semana.
Los nombres de los que se fueron mal se quedan en las paredes de los vestuarios.
Tata era el jugador del pueblo: de una tienda de barrio, con un palo viejo, el que subió con el equipo desde segunda, el que lloró la noche del ascenso.
Y en septiembre, con el contrato en la mano, el club le dio de baja para hacer sitio a Pol.
Lo firmó Balaguer. Lo lloró la grada. Y en enero, Tata fichó por La Cerdanya. Por ellos. Por el enemigo.
Ahora volvía. En la final. Con el dieciséis.
Después del vídeo, Kuba me contó más, en el banco, mientras los demás se vestían. Kuba cuenta la historia del club como quien cuenta la familia: sin prisa y con todos los nombres.
—Tata y yo entramos el mismo año —dijo—.
Segunda división. Él de la tienda de su padre, yo de Praga.
Los dos sin un euro. Compartíamos piso, un piso que olía a tubería.
El día del ascenso lloramos como niños. Los dos.
Luego, en septiembre, lo citaron un martes en la oficina.
Salió en veinte minutos. No dijo nada. Se sentó en su taquilla y se quitó los patines muy despacio, como si los patines le fueran a doler. Esa imagen no se me va.
—El club hizo números —dije.
—El club hizo números —dijo Kuba—. Pol venía con apellido y con contrato de patrocinio. Tata venía con una tienda. Los números eligieron. Los números siempre eligen igual. No lo juzgo, portero. Lo describo. Son cosas distintas.
—Y ahora vuelve —dije.
—Y ahora vuelve con la camiseta del enemigo a ganarnos la final en casa —dijo Kuba—. Si esto lo escribe alguien, nadie se lo cree.
—Bien —dijo Vicho, parando el vídeo—. Ya lo habéis visto.
Es bueno. Es muy bueno y encima nos conoce.
Nos conoce mejor que nadie: nuestros saques, nuestras señas, nuestras costumbres.
Así que esta semana se cambian todas las señas.
Todas. El que use una seña vieja en la final, le pongo yo mismo de tercer portero.
La sala se rio flojo. Era un chiste para no llorar.
Aitor habló después. Se levantó delante de la pantalla, con el dieciséis congelado detrás, y dijo lo que todos tenían que oír:
—Nadie le debe nada a ese partido de septiembre. Ni él a nosotros, ni nosotros a él. El lunes juega contra nosotros y hay que ganarle. Después, si hay que darle la mano, se le da la mano. Pero durante, es el dieciséis de ellos. Nada más.
Kuba, a mi lado, no aplaudió con los demás. Kuba y Tata fueron compañeros cinco años. Se llevaban dos taquillas. Yo vi a Kuba mirar la pantalla congelada y supe que él veía otra cosa: a su amigo, con otra camiseta, en su casa.
El domingo por la tarde no hicimos nada. Era la consigna: nada. Vicho prohibió el hielo hasta el lunes. «Las piernas se guardan», dijo. «Y las cabezas, más.»
Yo caminé. Es lo que hago cuando no puedo patinar.
Caminé desde Valdemoro hasta el polígono y de vuelta, por el camino largo, el que bordea las naves.
Ella estaba en casa; la oí en la cocina al salir y al volver.
No hablamos. Domingo, día sin reglas escritas, y los dos las respetamos igual. Hay pactos que no necesitan folio.
En el camino pensé en la final. En las cinco fechas posibles.
Veintiséis, veintiocho, veintinueve, treinta, treinta y uno.
Seis días. Cinco partidos. La temporada entera comprimida en una semana como una maleta hecha a golpes.
Pensé en Jussi y en el primero de abril, que esperaba al final de esa semana como una aduana.
Todavía no le había dicho a nadie lo de la concentración.
No era un secreto. Era una fecha lejana.
Las fechas lejanas no pesan. Eso creía yo entonces.
El lunes, el partido.
El lunes amaneció raro en la ciudad. Se notaba en la calle.
En el bar del desayuno, el dueño me puso el café y dijo «esta noche», en tono de fiesta nacional.
En el cercanías, dos chavales con la camiseta de Aitor discutían la alineación.
En la pista, a las nueve de la mañana, ya había gente haciendo fotos del cartel de la puerta.
El entrenamiento del día de partido es corto.
Media hora. Lo justo para recordar las piernas.
Después, comida, siesta, y la vuelta a la pista a las cinco.
Yo no dormí la siesta. Nunca duermo la siesta de los partidos grandes.
Me tumbé en la cama del desván y repasé la lista: su delantero joven, rápido por el palo corto.
Su capitán, tiro seco desde la frontal. Y el dieciséis, que no era rápido ni fuerte y era lo peor de todo: era listo.
Mil cincuenta personas. El club colgó el cartel de «entradas agotadas para las localidades de pie» al mediodía, y Eugenia lo celebró en el grupo como una victoria. Mil cincuenta de mil doscientas. Quedaban ciento cincuenta sillas. Sara lo sabía. Todos lo sabíamos.
En el túnel, antes de salir, los dos equipos esperamos en fila. La Cerdanya estaba a tres metros. Y Tata, en medio de ellos, nos miró uno a uno. A Aitor, un abrazo corto. A Raúl, un choque de puños largo. A Kuba, un apretón de manos que duró tres segundos más que los demás.
A mí no me conocía. Se detuvo delante de mí, me miró con la curiosidad de los veteranos, y me dio una palmada en las canilleras con el palo.
—Portero nuevo —dijo—. Casa vieja.
—Sí —dije.
—Cuídala —dijo—. El hielo de aquí es traicionero en los terceros.
Y se fue con los suyos. Me quedé con la frase. El hielo traicionero en los terceros. Información de dueño anterior. Los que se van dejan siempre una llave escondida.
El calentamiento fue distinto. Se notaba en el aire. Los tiros sonaban más secos. La grada, ya rugiendo a las siete y media, hacía ese murmullo gordo de los días grandes. En el círculo central, antes del primer saque, Aitor nos juntó a los cinco de la primera unidad y dijo una frase sola:
—Esta noche no se juega. Se responde.
Respondemos, pensé. A qué. A quién. A tres años de polígono, a un siete a uno de hace dos inviernos, a todas las veces que este equipo fue un chiste de salón. Los capitanes saben cargar los partidos de significado. Es su trabajo. El mío era más simple: que no entrara nada.
El partido fue un nudo desde el primer minuto.
La salida fue de las que se recuerdan. La grada había preparado algo: al salir nosotros, el fondo norte entero levantó cartulinas blancas, y el pabellón quedó cubierto de blanco como un campo de nieve.
No decía nada. No hacía falta. Mil cincuenta personas haciendo de hielo.
Eugenia lloraba haciendo fotos. Yo me detuve un segundo en la puerta del banquillo para mirarlo.
Los porteros no deberían mirar la grada.
Lo hice igual. Hay cosas que hay que tener guardadas para los días malos.
La Cerdanya no jugaba como los Titanes. Los Titanes eran velocidad. La Cerdanya era conocimiento. Cada pase nuestro lo esperaban. Cada seña nueva la leían a la segunda vez. Tata no jugaba todos los minutos, pero cuando jugaba, el hielo se organizaba alrededor de él como si la pista lo reconociera.
La pista lo reconocía. Yo lo sentía desde la portería. El hielo de Sebas, que me conocía a mí, también lo conocía a él. Más. Once años más.
El primer periodo fue un combate de ajedrez a cien por hora. Pocos tiros, mucho cuerpo. Su portero, un veterano de ceño permanente, paró lo poco que llegó. Yo paré lo mío. Al final del periodo, cero a cero, y la grada apretando los dientes con ganas.
Marcamos primero. Aitor, en una superioridad, con un tiro seco que la grada llevaba dos partidos esperando. Uno a cero, y el pabellón rugió con la confianza de los inocentes.
En el segundo periodo, empataron. Y el gol fue de él.
La jugada fue fea de las nuestras: pérdida en la salida, dos contra uno, y Tata cerrando por el segundo palo como había cerrado mil veces en esa portería. El pase llegó perfecto. El remate, también. Uno a uno.
Lo vi desde dentro, como se ven las cosas cuando eres portero.
El pase cruzado era imparable. Eso lo sabe todo el mundo menos los que opinan en las gradas.
Yo llegué a estirarme, llegué a medio camino, y el disco ya estaba dentro.
Tata no lo celebró. Eso fue lo primero que noté.
El disco dentro, el marcador cambiando, y él quieto, con el puño medio cerrado, mirando al hielo con cara de cobrarle una deuda.
Y entonces pasó la cosa más rara que he visto en un campo de hockey.
La Grada Norte se quedó en silencio. Total. Los tambores pararon a mitad de golpe. Mil cincuenta personas calladas durante dos segundos, tres, mirando al dieciséis celebrar con puño cerrado, sin sonreír, mirando al hielo, sin mirar a la grada.
Yo he jugado en muchas pistas. He oído silencios de derrota, silencios de miedo, silencios de odio. Este no era ninguno. Era un silencio de familia. El silencio de una casa que ve entrar a alguien por la puerta y no sabe si abrazarlo o cerrar.
Y después, desde algún sitio del fondo, empezó un aplauso.
No una ovación. Un aplauso suelto, tímido, de unas manos. Después más. Después un sector entero. Aplausos dispersos, avergonzados, hermosos: la grada aplaudiendo el gol en contra de un hombre que no podía dejar de querer.
Tata levantó la cabeza. Miró la grada por primera vez. No levantó el palo. No sonrió. Se tocó el pecho, una vez, donde llevaba el escudo de los otros, y se fue al banquillo con la cara de un hombre que está pagando una factura entera de una vez.