Capítulo noveno — La cuenta #3
Y en mitad de la felicidad, con la gente cantando alrededor y Yessi bailando con un desconocido, tomé la decisión.
La tomé como tomo todas: con fecha.
Después de la final. El treinta y uno, si llegaba el quinto partido; antes, si no.
Después de la final, le contaba todo. La renovación, Kuba, el fisio.
Todo. Antes no: antes estaba la final, y un portero de veinte años no debía enterarse de que su contrato era un cuchillo mientras defendía la portería de su vida.
No era custodiar el secreto. Era programar la entrega. Fecha, hora, ventanilla.
Ya sé cómo suena. Lo he ensayado muchas veces desde entonces, en la ducha, en el turno, en los atascos.
Suena a justificación. Pero aquella noche, en la explanada, con el barrio cantando, no sonaba a justificación: sonaba a ruta.
Había una entrega delicada y había un calendario, y mi trabajo —mi oficio, mi única religión— consistía en no sacar la mercancía frágil antes de que el muelle estuviera listo.
Lo que ningún protocolo cubre es qué hacer cuando la mercancía frágil eres tú misma.
Eso me dije. Y sonaba tan limpio que casi me lo creí.
Llegué a casa a las doce. Él llegaba tarde: celebración del equipo, la que se había ganado Raúl a base de veinte años de oficio. La casa estaba a oscuras. Encendí la luz amarilla y me planté delante de la pizarra.
La casilla del viernes, con su interrogante. La casilla del sábado, con «la final se juega en casa. Yo voy.» La taza de té. La cazuela. Los tres puntos.
Cogí el rotulador azul. En la casilla del treinta y uno —la última de la hoja, la de la posible final, la que el club ya había marcado con un círculo rojo en el calendario oficial— escribí, con mi letra pequeña y rápida:
«Final. Después, la verdad.»
Lo leí. Temblé un poco. No por la frase: por su tipografía. Era la primera vez que escribía en la pizarra algo que no era un horario. Era una cita. Una cita con una conversación. La había programado como se programa un envío peligroso: con fecha límite y advertencia de mercancía frágil.
Después hice otra cosa. Cogí los imanes de la nevera —el flamenco, el de la farmacia, el de la feria de abril, el imán feo de una empresa de mudanzas que llevaba ahí desde siempre— y tapé, uno a uno, todos los dibujos de lápiz que él había puesto en mi pizarra.
La taza de té, bajo el flamenco. La cazuela, bajo la farmacia. Los tres puntos, bajo el de mudanzas.
No los borré. Los cubrí. Hay una diferencia enorme, y yo la conocía, y la conocí mientras lo hacía: borrar era renunciar, cubrir era custodiar.
Yo no renunciaba a nada. Yo lo guardaba bajo llave hasta después de la final, porque si Kuba venía algún día a casa, si Yessi se fijaba demasiado, si mi madre volvía antes de tiempo, si el mundo miraba por la ventana equivocada, aquellos dibujos eran la prueba del delito.
Y porque si los miraba yo, todas las mañanas, con el café en la mano, iba a acabar escribiendo la verdad en la casilla equivocada.
Cubrí también el interrogante. Ese, bajo el flamenco grande, el de la suerte.
Me quedé mirando la pizarra nueva. Los imanes hacían su trabajo: la semana parecía la de una persona ordenada, con sus turnos y sus partidos y su lista de la compra.
Debajo, custodiada, estaba la otra semana, la de lápiz, la nuestra.
Dos planos de la misma casa. Me pregunté cuánto tiempo podía una vivir en dos planos a la vez sin perderse en el descansillo.
Respuesta: hasta el treinta y uno. Tenía fecha. Todo lo que tiene fecha se puede soportar. Esa es la primera ley de la logística y la última de las cobardes.
Apagué la luz. Subí. Y en la cama, antes de dormirme, me permití pensar la frase entera por primera vez, sin logística y sin protocolo: después de la final, le digo todo, y después de decirle todo, que pase lo que tenga que pasar.
Dormí ocho horas seguidas. La conciencia con fecha de entrega duerme mejor. Esa es otra cosa que nadie te dice.
A la mañana siguiente, domingo, la casa olía a café de los dos.
Él ya estaba despierto cuando bajé, leyendo en la mesa con la taza humeante.
Nos miramos. Señas, ya por costumbre, ya por cariño.
Sus ojos bajaron a la pizarra un segundo —a los imanes, a los dibujos tapados, al interrogante desaparecido bajo el flamenco de la suerte— y volvieron a mí sin preguntar nada.
Los porteros no preguntan. Esperan.
Yo tampoco pregunté. Me hice el café, me senté en la otra punta de la mesa, y desayunamos en silencio como dos socios de una empresa que no consta en ningún registro.
En la casilla del treinta y uno, mi frase esperaba con su tinta azul: «Final. Después, la verdad.»
Él no la había visto todavía. Cuando la viera —y la vería, porque leía la pizarra como un periódico— sabría que algo se movía. No sabría qué. Una verdad a plazo, escrita por la misma mano que escribía los turnos de la basura.
Que se hiciera a la idea. Yo también estaba haciéndome a la idea. Las verdades, como los camiones grandes, hay que anunciarlas con tiempo para que el muelle se prepare.